Otra falsa bandera – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

En uno de los pasajes más enigmáticos del Nuevo Testamento, San Pablo advierte a la comunidad cristiana de Tesalónica que el Anticristo no se desataría mientras no se removiese el obstáculo (‘katejon’) que lo retenía. Todos los padres de la Iglesia interpretarían aquellas palabras de idéntico modo, afirmando que el obstáculo al que se refería San Pablo era el Imperio Romano. Se trataba de una enseñanza desconcertante; pero, generación tras generación, los cristianos la acataron. Luego, con el paso de los siglos, el Imperio –con su lengua universal y su organización administrativa– contribuiría a la expansión de la fe.

Quiere esto decir que un mal presente nos puede proteger de un mal futuro infinitamente mayor. Esta enseñanza adquiere en las últimas décadas una vigencia renovada, si reparamos en lo que ha sucedido en muchos países musulmanes, regidos por gobernantes que el anglosionismo presentaba como dictadores execrables; pero que después se ha probado que eran el ‘katejon’ de la barbarie. Los dictadores fueron depuestos, a veces mediante guerras declaradas con excusas grotescas, a veces mediante falsas banderas como las famosas ‘primaveras árabes’, siempre con turbios propósitos plutónicos (por Plutón, dios de las riquezas y las regiones infernales). Y, eliminados aquellos dictadores, las naciones en cuestión se han sumido en la barbarie (¡una barbarie bajo protectorado anglosionista, oiga!); por supuesto, los cristianos que en ellas vivían han sido condenados al exterminio o a la diáspora.

En estos días el anglosionismo trata de cerrar el círculo –o más bien el hexagrama– derribando el régimen iraní de los ayatolás, con falsas banderas diseñadas para retrasados mentales. Así se explica, por ejemplo, que la fotografía –más vieja que la tos– de una petarda canadiense prendiendo fuego a la efigie de un ayatolá, con un paisaje nevado al fondo, se haya presentado en los medios de cretinización de masas como si fuera una foto recién tomada en Teherán. Desde luego, los ayatolás iraníes nos provocan el mismo entusiasmo que los emperadores romanos a los tesalonicenses; pero hay males presentes infinitamente más livianos que los males futuros que impiden o estorban. Irán es uno de los países musulmanes donde mayor proporción de mujeres cursan estudios universitarios; también es un país donde los cristianos armenios tienen representación en el parlamento y pueden celebrar pacíficamente su fe (como ocurría en Irak o Siria, antes de que fueran entregadas a la barbarie). En Teherán, hace apenas unos meses, se dedicó una estación de metro a la Virgen María, con relieves y murales en las paredes de una rara delicadeza, que desde luego serían impensables en los países gobernados por los jeques o yihadistas (tanto monta) bendecidos por el anglosionismo… tan impensables como en cualquiera de sus colonias occidentales, donde nos dedicamos a aplaudir como panolis anticrísticas operaciones de falsa bandera.

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