
Por Juan Manuel de Prada
El aquelarre que le han montado a Julio Iglesias, como el que antes le montaron al difunto Adolfo Suárez, como el que en su día le montaron a Plácido Domingo (y en el más inmediato futuro estos aquelarres no harán sino multiplicarse), no son una mera expresión más de la llamada «cultura de la cancelación». El dogma roussoniano de la «inmaculada concepción del hombre», piedra angular del liberalismo, ha entablado coyunda en esta fase putrescente de la modernidad con cierta versión paródica de la «lucha de clases», resolviéndose en «inmaculada concepción de la mujer», quien por el mero hecho de serlo se convierte en alguien incapaz de mentir, incapaz de actuar aviesamente, incapaz de urdir mezquindades o vilezas; y cuyo testimonio no puede ser discutido. Tal consagración demente ha permitido a un ejército de mujeres aprovechateguis, despechadas, loquitas o malvadas desarrollar un victimismo emético que, sobre el pedestal de una superioridad moral demente, desbarata la vida de cualquier hombre a quien tengan ojeriza o aversión, reclamando (¡exigiendo!) apoyo social unánime y atención mediática reverencial. Así se produce el curioso fenómeno, propio de una sociedad degenerada en manicomio, en el que mujeres mindundis, cuya índole moral nos resulta desconocida, pueden de la noche a la mañana, mediante una denuncia sin pruebas, arruinar el prestigio de cualquier hombre ilustre, que ni siquiera podrá defenderse; porque lo que esa mindundi afirma, aunque sea descabellado o extraordinariamente chocante, se convierte ipso facto en dogma de fe.
Pero todavía hay algo más. Sin duda, el miedo a ser señalados como herejes que no reconocen la «inmaculada concepción de la mujer» explicaría que estas denuncias sin pruebas sean «acatadas», incluso que los jueces genuflexos les den cobertura legal. Pero no explica el regocijo y entusiasmo con que tales denuncias son celebradas por la sociedad, donde no hay sometimiento mohíno a un falso dogma, sino un frenesí casi orgiástico, un ardor de conversos que hallan un placer indescifrable en demoler el mito que ella misma ha encumbrado. En todos los crepúsculos de la Historia, un arrebato de automutilación se adueña de los pueblos acabados: prende en ellos la abulia (como en el célebre poema de Kavafis), o bien los acomete un apetito de autodestrucción, como a los alacranes que se clavan su propio aguijón y agonizan víctimas de su propio veneno. Y entonces necesitan derruir los mitos que antaño encumbraron, necesitan derramar su vómito sobre el ídolo repentinamente estigmatizado al que hasta ayer mismo adoraban. Son conductas de una sociedad en fase terminal que, después de ser sobornada con todos los cloroformos, descubre que sólo tiene dentro de sí un odio desnortado que halla su placer en injuriar y destruir.
Es, desde luego, un espectáculo repugnante; pero, a la vez, resulta hermoso contemplar la agonía entre retortijones de una época abyecta.

