
Por Juan Manuel de Prada
Al abandonar el tesoro de la filosofía perenne, la Iglesia católica se ha convertido en una frágil barca a merced de las ideologías. Y las jerarquías eclesiásticas se han puesto a hablar por boca de ganso, incurriendo en buenismos ruborizantes las más de las veces, otras veces repitiendo como loritos consignas sistémicas con un inane rebozo evangélico; y no faltan incluso, las ocasiones en que, con sus delicuescencias bienintencionadas, pueden hacer el caldo gordo a intereses malignos. Ha ocurrido así recientemente, cuando los obispos han celebrado que el doctor Sánchez y sus mariachis anuncien una regularización masiva de inmigrantes, siguiendo los dictados de la plutocracia, confundiéndolo con «un acto de justicia social». Y es que lo primero que uno pierde, al abandonar la filosofía perenne, es el discernimiento.
Acoger al forastero es, desde luego, un precepto que ningún discípulo de Cristo puede saltarse. Pero si nuestros obispos leyeran a santo Tomás sabrían que conviene distinguir entre preceptos afirmativos y negativos; y sabrían que, mientras los preceptos negativos obligan siempre y en cualquier circunstancia, los preceptos afirmativos obligan siempre, pero no en cualquier circunstancia. En efecto, no se puede invocar una situación de necesidad para matar al hijo que crece en nuestras entrañas, ni se puede alegar que estamos muy solos y necesitados de cariño para cortejar a la mujer del prójimo. En cambio, los preceptos positivos, aunque nos obligan siempre, nos exigen que valoremos prudencialmente la circunstancia. Reparemos, por ejemplo, en la obligación de dar limosna a los pobres. Sería perverso, por ejemplo, que un padre de familia descuidase la manutención de sus hijos por dar limosna; tan perverso como si ese mismo padre dejase de dar limosna por atender los caprichos de sus hijos. De lo que se deduce que, para atender ese precepto afirmativo, se debe hacer constantemente un juicio prudencial y responder a una nutrida batería de preguntas: ¿cuánto dinero necesito para atender las necesidades de mi familia?; ¿cuánto dinero puedo destinar a dar limosna?; ¿a quiénes, entre todos los pobres, debo dar limosna antes?; ¿debe ser esa limosna en numerario o en especie?, etcétera. Además, la obligación de dar limosna que pesa sobre un hombre rico no es la misma que pesa sobre un hombre pobre; y, en fin, son numerosísimas las circunstancias que nos exigen ese juicio prudencial.
No basta con dictaminar sumariamente, el estilo de nuestros obispos, que regularizar inmigrantes es «un acto de justicia social». Dios no nos dio una razón práctica para que la empleemos a modo de florero, sino para atender –volvemos a citar al Buey Mudo– «las cuestiones contingentes, que son propias de las acciones humanas: y, en consecuencia, aunque hay necesidad de principios generales, cuanto más descendemos a los detalles, más frecuentemente encontramos defectos» (‘Summa Theologiae’, I-II, q. 94, a. 4). No se puede despachar pánfilamente una regularización de cientos de miles de inmigrantes urdida por gobernantes probadamente malvados y fementidos como un «acto de justicia social»; hay que hacer un juicio prudencial y atender las circunstancias complejas (no sólo electorales, como hace cierta derecha pauloviana) en que tal regularización ha sido urdida; y hay que sopesar si tal regularización atiende realmente las necesidades de los pobres o las necesidades de un orden capitalista protervo que tiene hecho su ‘cálculo de vidas’ y promueve movimientos sísmicos en la población mundial para generar mano de obra barata. Tenemos mayor obligación hacia la familia que hacia los extranjeros, pues la virtud de la justicia exige que cumplamos primeramente con las responsabilidades hacia aquellos que dependen directamente de nosotros (‘Summa Theologiae’, II-II, q. 26, a. 7). El deterioro rampante por saturación de nuestros servicios públicos –sanidad, educación, infraestructuras, etcétera–, ¿de veras hace aconsejables regularizaciones masivas? Y, en un orden espiritual, ¿contribuye al bien común el zurriburri religioso que estas regularizaciones masivas acarrean?
Renunciar al juicio prudencial de la razón práctica, como si fuera un florero, es un grave fallo moral. Pues la prudencia es una virtud cardinal; y prescindir del juicio prudencial nos hace culpables de imprudencia. Por lo demás, no debemos olvidar que, según la teología católica, todas las obras de misericordia deben estar ordenadas a la salvación de las almas, del mismo modo que toda forma de caridad debe estar ordenada al amor a Dios. La Iglesia debe recordar que el forastero debe ser acogido; pero a cambio debe comprometerse a llevarle la Buena Nueva. De lo contrario, estaría contribuyendo a que el mundo se invada de «virtudes cristianas que se han vuelto locas», en acertada expresión de Chesterton. ¿Y cómo se vuelven locas las virtudes? Se vuelven locas cuando son desgajadas unas de otras. Así, por ejemplo, la caridad cristiana se convierte en una virtud loca cuando se separa de la verdad; o, dicho más gráficamente, cuando las obras de misericordia corporales se anteponen a las obras de misericordia espirituales. Una Iglesia que se conformase con atender las necesidades ‘corporales’ de los pobres acabaría siendo un instrumento al servicio de gobernantes inicuos que, a la vez que regularizan inmigrantes, envenenan sus almas.
Para entender gráficamente los efectos de esta caridad loca convendría que nuestros obispos viesen ‘Viridiana’, la película de Luis Buñuel, un «ateo por la gracia de Dios» con mejor teología que muchos obispos. En ‘Viridiana’, la protagonista renuncia a ser monja de clausura y, en su lugar, decide acoger en su casa a unos cuantos mendigos, a quienes brinda refugio y alimento (obras de misericordia corporales), descuidando la salvación de sus almas (obras de misericordia espirituales). Inevitablemente, los mendigos fingirán farisaicamente que la caridad loca y activista de la mentecata Viridiana los ha hecho buenecitos, pero en cuanto se les ofrece la oportunidad, agreden y roban a su benefactora; y, a la vez que perpetran diversos vandalismos, se burlan sacrílegamente de su fe. Pero yo bien sé que a nuestros queridos obispos no los mueve el mismo activismo desnortado que movía a la mentecata Viridiana; yo bien sé que, después de aplaudir el «acto de justicia social» del doctor Sánchez, se disponen a evangelizar a esos ochocientos mil inmigrantes regularizados con un ejército de curas recién salidos de nuestros abarrotados seminarios, para asegurar la salvación de sus almas.

