
TERRORISMO AÉREO DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
ANTE UN NUEVO ANIVERSARIO DE LA MASACRE DE DRESDE
Por Pablo J. Davoli (*)
I. Aclaración preliminar:
El presente artículo constituye una síntesis de otro, mucho más extenso (tiene 21 páginas), que escribí hace ya más de diez años, el cual se encuentra disponible en mi ‘website’: www.pablodavoli.com.ar. En aquella versión originaria, se indican las fuentes bibliográficas oportunamente consultadas para su confección.
II. Bombardeando gente:
En 1936, en Londres, se trazó un plan de terrorismo aéreo contra Alemania. Una vez iniciada la Segunda Guerra Mundial, Frederick A. Lindemann (Lord Cherwell) propuso al Primer Ministro británico Winston Churchill la adopción de la -así llamada- ‘splendid decision’, consistente en atacar por aire objetivos alemanes no militares. El 11 de Mayo de 1940, Churchill ordenó por primera vez el bombardeo de la población civil del III Reich. A su turno, el Gobierno estadounidense apoyó decididamente el “experimento”. Los bombardeos indiscriminados sobre centros urbanos, no obstante no haber servido para prácticamente nada al esfuerzo de guerra aliado, causaron la muerte de aproximadamente 1.000.000 de civiles inocentes.
Durante los primeros años de la terrible conflagración planetaria, los alemanes lograron mantener cuasi blindado su espacio aéreo, asegurando así la suerte de sus ciudades. Aún así, a lo largo de 1940, los aviones de la Royal Air Force descargaron 50.000 toneladas de bombas sobre la población alemana.
Hacia mediados de 1943, gracias a la valiosa información obtenida por espías belgas y realizando “lluvias” de tiras de papel estañado para confundir a los radares alemanes, las fuerzas aéreas aliadas lograron burlar un poco más fácilmente los sofisticados sistemas defensivos germanos. Así, aquéllas incrementaron sus ‘raids’ nocturnos, disminuyendo las pérdidas sufridas por sus flotas aéreas.
Así, por ejemplo, del 24 de Julio hasta el 3 de Agosto de dicho año, se produjeron siete bombardeos contra Hamburgo: cuatro nocturnos y tres diurnos. Se arrojaron 80.000 bombas explosivas, 80.000 incendiarias y 3.000 latas de fósforo (para avivar los fuegos). Según se informara, el resplandor de los incendios así provocados, podía ser observado a doscientos kilómetros de distancia. 250.000 viviendas quedaron destruidas y 1.000.000 de personas, sin hogar. Murieron 40.000 personas, de las cuales 5.000 eran niños. La totalidad de los explosivos lanzados en aquella ocasión sobre Hamburgo, poseía un poder destructivo equivalente al que desplegaría la bomba atómica lanzada por la Fuerza Aérea estadounidense sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, el 6 de Agosto de 1945.
Sin embargo, pese a tamaña destrucción, el “terrorismo aéreo” aliado no surtía los efectos psico-sociales esperados: el pueblo alemán no se quebraba anímicamente ni se fragmentaba en discordias. De hecho, sucedía todo lo contrario. Ante el bombardeo de Colonia del 4 de Julio de 1943, Rodolfo Nervo, diplomático mexicano, comentó asombrado: “hombres y mujeres revelan tal serenidad, una conformidad tan estoica frente a la catástrofe que se abatía sobre la patria, que me hacían preguntarme qué resorte interior, qué armadura moral sostenía a aquel pueblo…”.
III. La masacre de Dresde:
Uno de los casos más paradigmáticos del “experimento” de Churchill fue el feroz bombardeo perpetrado contra Dresde entre el 13 y el 15 de Febrero de 1945, es decir, aproximadamente doce semanas antes de la capitulación de la Alemania nacionalsocialista. Consistió en cuatro ataques aéreos sucesivos, llevados a cabo por la Royal Air Force y las United States Army Air Forces.
Durante los mismos, entraron en acción más de un millar de bombarderos pesados. Sobre la “Florencia del Elba” se tiraron 10.000 bombas explosivas y 650.000 dispositivos incendiarios. Casi 4.000 toneladas de explosivos de alto poder fueron arrojados sobre la atribulada Dresde. Así se desencadenó una terrible tormenta de fuego y gran parte de la ciudad quedó completamente arrasada. Según algunos testigos, las hogueras alcanzaron tanta fuerza, que sus llamas arrastraban a personas que se encontraban, incluso, a cien metros de distancia de las mismas.
Para completar el funesto ataque, de acuerdo con algunos testimonios recogidos en la época, los cazas que escoltaban a la flota bombardera, descendieron al nivel de los tejados y abrieron fuego de metralla sobre las multitudes que, intentando huir de bombas y hogueras, atestaban los parques y las rutas de las afueras de Dresde. Incluso un grupo de prisioneros de guerra británicos, que había sido puesto en libertad por los alemanes para evitar que resultaran incinerados en sus campos de internación, fue víctima de esta despiadada maniobra.
Cabe aquí señalar que Dresde daba cobijo a centenares de miles de civiles refugiados, quienes habían llegado recientemente a la bella capital sajona, huyendo de las tropas soviéticas. Según algunas estimaciones, se trataba de unos 800.000 refugiados, de los cuales, entre 300.000 y 500.000, eran mujeres y niños. Además, la localidad había sido declarada como “ciudad abierta”, “ciudad blanca” y/o “ciudad hospital”. Dresde no albergaba tropas; no poseía fábricas bélicas; no presentaba objetivos militares de ninguna especie… Ni siquiera contaba con artillería antiaérea, pues ésta había sido llevada al Frente del Oder.
Las estimaciones acerca del total de personas que perdieron la vida en la masacre de Dresde, varían mucho en sus resultados. Pero son muchas las fuentes que denuncian la muerte de más de cien mil personas, llegando a reportar -en no pocos casos- varios centenares de miles de decesos. Veamos algunos ejemplos:
– El periódico suizo “Flugwehr und Tecknik” informó que, con motivo de los tres primeros bombardeos, unas 100.000 personas habían perdido la vida.
– El 17 de Febrero de 1945, el periódico “Svenska Morgenbladet” indicaba como total estimativo más de 100.000 muertes. Suma, ésta, que, en su edición del 27 de Febrero del mismo año, el diario sueco había elevado a casi 200.000.
– El 24 de Febrero de 1945, en una reunión oficial que tuvo lugar en la Cancillería de Berlín, Martin Mutschman, “Gauleiter” de Sajonia, informó personalmente a Adolf Hitler que se habían producido entre 135.000 y 300.000 víctimas fatales.
– En 1948, el Comité Internacional de la Cruz Roja, en un informe, reportó 275.000 cadáveres identificados en la región de Dresde.
– En 1951, Axel Rodenberger, autor de “Der Tod von Dresden”, afirmaba que la masacre aérea se había cobrado la vida de entre 350.000 y 400.000 personas.
– En 1955, el escritor británico F. J. P. Veale, autor de “Advance to Barbarism”, aseveraba que habían muerto entre 300.000 y 500.000 seres humanos.
– En 1973, Hans Dollinger, autor de “Los últimos días de la Alemania Nazi y el Japón Imperial”, indicó un total 250.000 pérdidas humanas.
– En 1975, los periódicos alemanes “Süddeutsche Zeitung” y “Die Welt” hablaban -respectivamente- de 135.000 y de “250.000 o incluso 400.000” fallecidos.
IV. Críticas y reprobaciones internas:
El terrorismo aéreo fue implementado por los comandos del Reino Unido y EE.UU. sin que los alemanes hubieran adoptado ninguna medida análoga con anterioridad. La destrucción provocada por estos bombardeos fue verdaderamente inédita. La letalidad de tales ataques fue masiva y atroz. Sus víctimas principales fueron civiles inocentes e indefensos, y gran parte de las mismas eran niños. Aun así, la unidad y la moral de los alemanes nunca se quebró. Tampoco se dañaron de modo significativo los resortes materiales del esfuerzo bélico alemán (si bien la tragedia humanitaria provocada fue mayúscula). Todo ello, sumado a los enormes costos (humanos, materiales y financieros) que esta criminal estrategia implicó a sus propios perpetradores, suscitó severas críticas y reprobaciones dentro del bando aliado.
Así, por ejemplo, el comodoro inglés L. Mc Lean, autor de “La ofensiva de la aviación de bombardeo”, se quejaba amargamente: “El ciudadano medio desconoce la verdad de la ofensiva de la aviación de bombardeo. Los promotores del poder aéreo, con sus medios de publicidad, radio-locuciones y películas, se ocuparán de que nunca la conozca…”. Para el citado militar, la implementación del “terrorismo del aire” había divorciado al Estado Mayor Aéreo del Reino Unido de la tradición castrense británica, hasta el punto de abandonar “los últimos restos de humanidad y caballerosidad”.
Otro enemigo declarado de los ‘terror bombings’ (así los denominó Howard Cowan, corresponsal de guerra de “Associated Press”) fue el parlamentario británico Richard Stokes. Con posterioridad al conflicto bélico, J. M. Spaight, ex secretario del Ministerio del Aire del Reino Unido, admitió públicamente que los cuatro ‘raids’ consecutivos que destruyeron Dresde, habían carecido de justificación alguna.
V. Un funesto preludio:
El “terrorismo aéreo”, en general, y la masacre de Dresde, en particular, constituyeron una suerte de preludio de las atrocidades que algunos sectores de las fuerzas aliadas perpetrarían contra el pueblo alemán y sus aliados sobre el final de la guerra y en los años posteriores a la misma. En tal sentido, cabe aquí destacar:
– La nefasta Directiva N° 1.067 que la Joint Chiefs of Staffs dirigió al Comandante en Jefe de las Fuerzas de Ocupación norteamericanas, el general Dwight Eisenhower, quien más tarde llegaría a la presidencia de su país. Por causa de dicha directiva, la población civil alemana fue innecesariamente sometida a raciones de hambre. Además, la capacidad industrial alemana (que, a principios de 1945 y pese a los reveses de la guerra, superaba a la de 1939) fue desbaratada en un 75 %, en tres años. Como consecuencia de la Directiva JCS N° 1.067, fallecieron entre 9.000.000 y 13.000.000 de alemanes, según las investigaciones de James Bacque (“Other Losses: The shocking truth behind the Mass Deaths of Disarmed German Soldiers and Civilians Under Eisenhower’s Command” y “Crimes and Mercies: the fate of Geman civilians under allied ocupation 1944 – 1950”) y Alfred M. De Zayas (“Los angloamericanos y la expulsión de los alemanes. 1944 – 1947”).
– 16.000.000 de civiles fueron echados de sus propios hogares.
– La expulsión del grueso de los alemanes de Silesia (hoy, Polonia) y los Sudetes (hoy, República Checa) arrojó el triste saldo de más de 2.000.000 de muertos.
– Frente a la mirada complaciente de varios de los jerarcas militares y políticos de la Unión Soviética, gran parte de las tropas “rojas” perpetró la violación de más de 2.000.000 de mujeres alemanas. Execrable accionar, éste, que se repitió en otros países (por ejemplo, se estima que, en Hungría, un millón de mujeres fueron víctimas de violación por parte de soldados soviéticos).
Este espeluznante listado de crímenes abominables no es taxativo. Se limita a ofrecernos una muestra espantosamente elocuente de crueles atrocidades perpetradas masivamente por aquellos años. Atrocidades, éstas, que, en general y para mayor escándalo, han quedado impunes.
VI. A modo de colofón:
De acuerdo con las enseñanzas de San Agustín de Hipona, no puede lograrse la paz sin la justicia y no puede reinar la justicia sin reconocerse la verdad (incluyendo, lógicamente, a la verdad histórica).
Con este modestísimo trabajo, deseo ofrecer mi tributo a dicha verdad, junto con un conmovido, merecido y adeudado homenaje reivindicativo en favor de sus desgraciadas víctimas inocentes. Lo hago con la esperanza de que, reflexionando a la luz del dolor tremebundo y horroroso que les tocó padecer tan injustamente, todos los hombres y mujeres de buena voluntad de hoy, de todas las naciones que conforman la humanidad, nos dispongamos deliberada, activa y denodadamente a buscar la verdad, practicar la justicia y forjar la paz, combatiendo contra la perversidad que -hoy como ayer y, probablemente, aún más que ayer- amenaza al mundo entero, como un cáncer loco y destructivo. Es con ese espíritu que hago propia aquí la tradicional invocación religiosa prusiana: GOTT MIT UNS, DIOS con nosotros.
(*) Pablo J. Davoli es abogado, docente universitario, conferencista internacional y escritor argentino. Representante en la Argentina de la Asociación de Amistad Euro-Sudamericana (AAESA). ‘Website’: www.pablodavoli.com.ar.

