¿Sólo diez millones de extranjeros? – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Según datos recién divulgados del Instituto Nacional de Estadística, la población española cuenta con diez millones de personas nacidas en el extranjero. Aunque apabullante, se trata, sin embargo, de un dato engañoso; pues existen otros muchos millones de habitantes, hijos o incluso nietos de esas personas nacidas en el extranjero, que aunque han nacido y han sido criados en España rechazan por completo los ‘valores’ (o más bien la falta de valores) imperantes en España y rechazan cualquier sentido de pertenencia español. Una calamidad que la anunciada regularización masiva no hará sino agravar; y tal vez de forma mucho más dañina de lo que podemos imaginar, si se confirma que muchos inmigrantes con historial delictivo están fingiendo que han extraviado su pasaporte para conseguir la regularización, sabedores de que existe, desde hace meses, un fallo informático en la base de datos de extranjería Adexttra, usada para comprobar si el peticionario tiene o no antecedentes policiales, lo que permitiría a muchos delincuentes conseguir la nacionalidad española con una (‘risum teneatis’) «declaración responsable de inexistencia de antecedentes». ¿Qué tipo de cretinismo hay que padecer para apoyar lo que están haciendo los criminales que nos gobiernan?

Como sabe cualquier persona que no viva absorta en su bienestar pijo o que no haya sido cretinizada por la propaganda sistémica, en España –como en las demás colonias del pudridero europeo– millones de personas extranjeras, así como sus hijos y nietos plenamente europeos en términos jurídicos, están creando ‘sociedades paralelas’ que apenas interactúan con la cultura autóctona, que en muchos casos desprecian y pueden llegar a odiar sin ambages. Y empieza a resultar habitual que la presencia de esta población extranjera en términos culturales cambie por completo la fisonomía de muchos barrios y pueblos españoles, que mientras pierden su identidad sufren un incremento de la delincuencia. Recientemente, el juez de un juzgado de Cataluña me mostraba en su móvil los casos de hurtos y agresiones que había atendido durante el último mes y resultaba, en verdad, pasmosa, la descomunal cantidad de delitos perpetrados por extranjeros o por ‘españoles’ con patronímico extranjero.

Pero no hace falta conocer estadísticas reales de delincuencia para observar signos de deterioro rampante por doquier. Hasta hace unas pocas décadas, la sociedad española estaba vinculada en torno a unos usos y costumbres comunes, en torno a una genealogía cultural compartida, en torno al elemento fundente (y ‘fundante’) de una fe que, más allá de que uno fuese creyente o crédulo, hacía creado un ‘ethos’ aceptado por una abrumadora mayoría social. No era, ni muchísimo menos, una sociedad ‘cerrada’, como las sabandijas sistémicas repiten para consumo de masas cretinizadas, sino todo lo contrario: se trataba de una sociedad abierta al estilo de las casas rurales de antaño, sin cadenas ni cerrojos, a la que bastaba con llamar educadamente a la puerta para poder entrar, precisamente porque los usos y costumbres comunes, la genealogía cultural compartida, el ‘ethos’ religioso fundente y ‘fundante’ actuaban como amalgama de una organización humana verdaderamente orgánica, y a la vez como un disuasorio repelente para quienes pretendían entrar sin respetar las normas domésticas. Pero la ideología liberal y toda la purrela de ideologías derivadas que entran con ella en falso conflicto (pues comparten las mismas premisas) expulsaron la ley natural de la vida pública, negaron la existencia de una moral objetiva, extraviaron la noción de bien común e instauraron el culto al individuo desarraigado, hasta destruir los vínculos que cohesionaban la sociedad.

De este modo, allá donde existía una sociedad cohesionada por las tradiciones compartidas y un ‘ethos’ religioso común, plenamente hospitalaria con quienes deseaban sumarse con sentido de pertenencia a su proyecto vital, surgió una disociedad horrenda, un conglomerado de individuos aislados que suplieron los vínculos naturales de acogida y ayuda mutua por filantopías abstractas y desencarnadas y proclamas universalistas tan mentecatas como malignas que abogaban por una sociedad ‘multicultural’, sin otra religión ni otro patriotismo que un puto papel mojado. Porque los jóvenes deben saber (y no deben olvidar) que ha sido el Régimen del 78 el que ha amparado la conversión de España en esta disociedad sórdida, invadida por millones de extranjeros que repudian nuestros ‘valores’ (y hacen bien en repudiarlos, pues son ‘valores’ nihilistas que nos han conducido a la postración), después de habernos anestesiado con morfinas materialistas que nos han incapacitado para el esfuerzo vital y fecundo, mientras la riqueza nacional y la dignidad del trabajo eran entregadas al reinado plutocrático. Hasta que ese Régimen oprobioso no caiga, hasta que los españoles no renieguen de las ideologías abyectas que han destruido su cohesión social, hasta que no se recuperen las nociones de bien común, moral objetiva y ley natural, proseguirán el expolio de la riqueza nacional, el deterioro del mercado laboral y la invasión extranjera.

Por supuesto, entretanto crecerán las formaciones políticas que se rebelan frente a la «inmigración masiva e ilegal»; pues cada vez habrá más gente rabiosa que, sufriendo el deterioro de sus barrios, votará a quienes prometan poner freno a la invasión. Pero, ¿de veras alguien cree que existe esperanza mientras siga vigente un régimen político que ha puesto la riqueza nacional y la dignidad del trabajo al servicio de los mandatos plutocráticos que fomentan en Occidente la degeneración moral y provocan con guerras y hambrunas avalanchas humanas en los arrabales del atlas? ¿De veras alguien cree que se puede restaurar una auténtica comunidad, mientras las ideologías corrosivas de los vínculos comunitarios siembran la cizaña entre los españoles? Hemos visto crecer a partidos que se revuelven contra la ‘inmigración masiva e ilegal’ en otros países del pudridero europeo; pero ese crecimiento no ha servido de nada: pues, aparte de que jamás alcanzan mayorías netas –entre otras razones, porque esa ‘inmigración masiva e ilegal’ ha sido entretanto regularizada y vota–, son formaciones que, a la postre, comparten o siquiera aceptan las premisas ideológicas que introdujeron el virus degenerativo. Se ha percibido claramente en Holanda o Polonia, se percibe actualmente en Suecia o incluso en mi amada Italia; sólo en Hungría existe una frágil esperanza, cada vez más hostilizada y asediada, de mantener una sociedad cohesionada.

Quevedo nos enseñaba que «nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres». Pongan ‘ideología’ o ‘partido político’ donde Quevedo dice ‘lugar’ y no encontrarán más exacto diagnóstico para el destino de los pueblos.

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