
Por Juan Manuel de Prada
Como expresión muy ilustrativa de la vileza rampante que se ha adueñado de la vida pública española, convendría que reparásemos en la repulsiva frasecita que soltó el ministrillo Marlaska la pasada semana, en el curso de una sesión parlamentaria donde se le pedían responsabilidades por unas presuntas agresiones sexuales perpetradas por un gerifalte policial de su confianza: «Si la propia víctima no se ha sentido protegida o ha entendido que este ministro le ha fallado en algún sentido, evidentemente yo sí que renunciaré y sí que dimitiré».
No se nos escapa que semejante bazofia iba dirigida a la masa cretinizada, una papilla humanoide que ha renunciado a las nociones morales más elementales; pero llama la atención que ni siquiera en el negociado de derechas se hayan dedicado a señalar la abyección moral del ministrillo Marlaska. Aunque con bastante inepcia (y promocionado por la derecha), Marlaska ejerció antaño como juez; y sabe que las víctimas, que desde luego merecen todo tipo de reparaciones, nunca deben ser quienes determinen la responsabilidad de quien las ha dañado. El Derecho, como creación humana que determina la justicia, se fundamenta en este principio; así que la supuesta víctima de las agresiones de ese gerifalte policial es la persona menos indicada para pedir la dimisión del ministrillo Marlaska.
Pero la vileza del ministrillo Marlaska no se detiene ahí. Pretende que su responsabilidad no puede ser determinada objetivamente, ponderando elementos materiales, sino que será una señora quien lo haga, según «haya entendido» o se «haya sentido». El ministrillo Marlaska pretende que la realidad de las cosas depende de percepciones subjetivas, en este caso de la víctima; es la misma idea corrosiva del Derecho que hallamos en la malhadada ley del ‘sí es sí’, que sustituye el examen de las acciones humanas por una pura volición o deseo personal. Que el ministrillo Marlaska traslade la desquiciada consideración que esa malhadada ley presta al ‘consentimiento’ en los delitos de agresión sexual al ámbito de las responsabilidades políticas, empleando como cobaya a la presunta víctima de uno de estos delitos resulta, en verdad, vomitivo.
La perversidad del ministrillo Marlaska tampoco se detiene ahí, sin embargo. Con esta concesión graciosa que hace a la mujer, invitándola a que sea su volición personal la que determine si ha actuado mal, en realidad le tiende una trampa saducea de la peor calaña. Si la mujer pide la dimisión, los jenízaros del negociado de izquierdas podrán despellejarla en sus tribunas y cochiqueras de ‘tuiter’, acusándola de partidismo; si no la pide, su silencio se interpretará como una validación de la conducta del ministrillo. Sospecho que las sabandijas, los gusarapos y las escolopendras no serían capaces de tanta vileza.

