
Mamaremos doctor Sánchez hasta que las ranas críen pelo
Por Juan Manuel de Prada
Como ya hemos explicado en otras ocasiones, la democracia entendida como fundamento de gobierno genera un ethos ‘progresista’, pues el concepto de naturaleza humana que postula (siempre ávida de nuevos derechos de bragueta) es progresista; y el progresismo, al crear nuevos derechos de bragueta, crea nuevas necesidades, nuevos deseos, nuevos apetitos, que es lo que el capitalismo necesita para seguir esclavizando a los pueblos. De ahí que, como nos enseñaba Pasolini, el capitalismo prefiera siempre a las fuerzas progresistas como compañeras de viaje; porque, a la vez que crean las condiciones que le resultan favorables para su crecimiento, garantizan la paz social, porque las masas cretinizadas, aunque pasen hambre, están contentas porque tienen sopicaldo penevulvar. Esta situación, común a todas las democracias occidentales, se agrava en la España sometida al Régimen del 78, cuya Constitución proclama la socialdemocracia como ideología constitutiva del Estado.
Ante una situación semejante, el partido de Estado puede hacer lo que le salga del cipote o toto (o cipototo, no seamos tan ‘binarios’), pues el marchamo ‘progresista’ es un salvoconducto que le permite tomar las decisiones más desaforadamente fachas (como instaurar la censura en internet), sumisas con el desenfreno capitalista (como favorecer los pelotazos de la industria farmacéutica o energética) o lacayas de intereses extranjeros (como sufragar lejanas guerras a costa de empobrecer a la población española), sin que las masas cretinizadas del negociado de izquierdas se solivianten; o sea, garantizando la paz social que tanto conviene al reinado plutocrático mundial. Pero esta magia no se logra contando únicamente con masas cretinizadas de izquierdas que no se soliviantan contra el partido de Estado si se dispara el precio de los alimentos básicos o se deterioran los servicios sanitarios mientras se incrementan el gasto militar y los beneficios de la banca. Se requieren también masas cretinizadas de derechas con distorsiones cognitivas que piensen grotescamente (humillando su razón) que las decisiones desaforadamente fachas, sumisas con el desenfreno capitalista o lacayas de intereses extranjeros del partido de Estado son terribles medidas izquierdistas (¡socialcomunistas!) que se deben combatir ideológicamente defendiendo medidas todavía más horrendas.
La derecha española parte de una penosa distorsión cognitiva, que es pensar que el partido de Estado es de izquierdas. Y así, para significarse paulovianamente contra él, tiene que mostrarse todavía más facha, todavía más sumisa con el capitalismo desenfrenado, todavía más lacaya de intereses extranjeros, llegando al cipayismo extremo de lamer almorranas anglosionistas con fruición, como si se estuviese metiendo entre pecho y espalda unas suculentas cocochas al pilpil. No advierten, tristemente, que para el común de los mortales, para la gente que no está fanatizada ni cretinizada, lamer almorranas anglosionistas es, además de una asquerosidad supina, una humillación extrema. Y esa gente que no está fanatizada ni cretinizada, ante la que podrían dedicarse a desenmascarar los embelecos del partido de Estado, corre a refugiarse en ellos… y en ellos queda atrapada para siempre.
Mientras la derecha no se libere de esa penosa distorsión cognitiva seguirá adoptando las posturas más humillantes y disuasorias, como acaba de ocurrir en estos días, con la tímida y pinturera declaración antibelicista del doctor Sánchez, un indudable acierto retórico que le ha ganado el aplauso no sólo de las masas cretinizadas adscritas a su negociado ideológico, sino de gentes muy diversas que se han dejado engañar. Si nuestra derecha no fuese tan pauloviana, en lugar de jalear cipayamente las amenazas repugnantemente jaques de Trump, se habría dedicado a denunciar las engañifas de esta enésima campaña propagandística del doctor Sánchez, que no hace sino confirmar su astucia cínica, ya probada cuando posó hipócritamente como paladín mundial de la causa palestina, mientras mantenía el comercio de material militar con Israel. Ahora el doctor Sánchez, a la vez que califica la guerra de la Alianza Epstein de «injustificada, peligrosa y fuera de la legalidad internacional» (o sea, de injusta), condena «enérgicamente todos los ataques ilegales e indiscriminados contra los países del Golfo». Pero lo cierto es que tales ataques iraníes no son indiscriminados y contra los «países del Golfo», sino muy específicamente dirigidos contra las bases militares de Estados Unidos establecidas en dichos países; y, siendo en respuesta a una guerra que se acaba de definir como injusta, no se entiende que llame «ataques ilegales» a contraataques plenamente legítimos. Además, el doctor Sánchez anunció que no permitirá el empleo de las bases de Rota y Morón para actividades relacionadas con el ataque a Irán; pero lo cierto es que la base de Rota ya había sido utilizada para el despliegue y repostaje de aviones y buques que han participado en este ataque. Y, en fin, el envío de la fragata a Chipre nada tiene que ver con «la defensa de la Unión Europea», sino que es una prueba evidente de que el doctor Sánchez nos ha metido en una guerra injusta e ilegal, exactamente igual que en su día hizo Aznar.
Hasta en las excusas burdas y falaces de antaño y hogaño (todas ellas dirigidas a retrasados mentales) hay paralelismos en verdad enternecedores: Sadam Hussein gaseaba kurdos, los ayatolás lapidan mujeres; Sadam Hussein escondía ‘armas de destrucción masiva’, el programa nuclear de los ayatolás estaba a quince días de producir bombas atómicas (el mismo programa nuclear que el cantamañanas de Trump proclamó ‘urbi et orbi’ que había reducido a fosfatina hace pocos meses). La única diferencia es que Aznar, por ser de derechas, nos metió en una guerra injusta mostrando un jactancioso orgullo que sólo sirvió para hacer más odiosas sus posiciones; mientras que el doctor Sánchez, mucho más pillo, lo hace a la chita callando y en medio de mendaces pamemas antibelicistas que provocan paulovianos antagonismos en nuestra derecha, siempre dispuesta a asumir las posturas más infumables, haciendo que el cipayismo del doctor Sánchez parezca heroico patriotismo de un valiente que se niega a convertir a su país en felpudo de intereses extranjeros (a los que, entretanto, rinde vasallaje por lo bajinis).
Mamaremos doctor Sánchez hasta que las ranas críen pelo.

