Un nuevo mundo en once sílabas – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Aunque sea excepcionalmente, también debemos dedicar nuestros artículos a cosas de veras importantes, dejando a un lado el carrusel de banalidades con que nos aturde la ‘actualidad’. Lo hacemos todavía bajo la sugestión que nos produjo el discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia de Jaime Olmedo, que a todos los asistentes nos deslumbró; pues en sus palabras se encerraba la llave del mundo, un mundo nuevo contenido apenas en once sílabas.

Hace ahora exactamente quinientos años, en marzo de 1526, se celebraban en Sevilla los desposorios de Carlos V e Isabel de Portugal. Pero aquí no queremos entonar las loas de aquel enlace, sino reparar en un hecho a simple vista menor allí ocurrido. Entre los invitados a la boda se contaban los poetas amicísimos Juan Boscán y Garcilaso de la Vega, así como los diplomáticos Andrea Navagero, embajador de Venecia, y Baltasar de Castiglione, nuncio del Papa Clemente VII, que en apenas un par de años publicaría ‘El cortesano’, una de las obras más influyentes y leídas de su tiempo, donde se propugna un modelo de caballero amante por igual de las armas y las letras, tan fiel a su dama como a su señor. Quién sabe si no sería en aquella coyuntura cuando Castiglione le habló a Boscán de su obra en ciernes; y si de aquel coloquio no nacería el compromiso de Boscán de traducirla al castellano, como efectivamente haría, contribuyendo a su gloria.

Dos meses después de casarse, en unas tornabodas deleitosamente prolongadas, Carlos e Isabel partieron, huyendo de los ardores sevillanos, hacia Granada, donde se habían acondicionado la Alhambra y el Generalife para que sirviesen de lugar de residencia a su séquito. A Granada se desplazaron también Boscán y Garcilaso; y lo mismo hicieron los embajadores Navagero y Castiglione, que en amor a las letras no les iban a la zaga. Fue allí, en Granada, paseando por sus jardines nazaríes, rabiosos de flores y susurrantes de fuentes, donde se produjo una conversación entre Boscán y Navagero que iba a cambiar para siempre la literatura española. ¿Sería en la Alhambra, sería en el Generalife? Nunca lo sabremos; aunque en una carta que Navagero escribe en el mes de mayo, pondera el Generalife como un lugar donde «vivir con sosiego y virtud, entregado al estudio y a los placeres acordes con un hombre de bien y que no tenga ningún otro deseo».

Jaime Olmedo se refirió en su brillante discurso a la carta que Boscán pone al frente del segundo libro de ‘Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega’, dirigida a la duquesa de Soma, donde evoca la prodigiosa tarde granadina que ahora nos ocupa. Cuando la escribe el dulce Garcilaso lleva ya siete años muerto; y trece hace que ha fallecido Navagero. Dejemos que sea el propio Boscán quien nos lo cuente, con las mismas palabras con que se lo contó a la duquesa de Soma: «Porque estando un día en Granada con el Navagero, […] tratando con él de cosas de ingenio y de letras, me dijo por qué no probaba en lengua castellana sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia; y no solamente me dijo así livianamente, mas aun me rogó que lo hiciese. Partíme pocos días después para casa, y con la largueza y soledad del camino discurriendo por diversas cosas, fui a dar muchas veces en lo que Navagero me había dicho. Y así comencé a tentar este género de verso, en el cual al principio hallé alguna dificultad por ser muy artificioso y tener muchas particularidades diferentes del nuestro. Pero después, pareciéndome quizá con el amor de las cosas propias que esto comenzaba a sucederme bien, fui poco a poco metiéndome con calor en ello. Mas esto no bastaba a hacerme pasar muy adelante si Garcilaso con su juicio […] no me confirmara en esta mi demanda. Y así, alabándome muchas veces mi propósito y acabándome de aprobar con su ejemplo (porque quiso él también llevar este camino), al cabo me hizo ocupar mis ratos ociosos en esto más fundadamente».

Es verdad que ya el Marqués de Santillana había probado a hacer unos sonetos «al itálico modo»; pero son todavía de ritmo áspero. Boscán iba a ser el innovador de la métrica española, el pionero que la llevase hasta nuevos horizontes; pero sería su amigo Garcilaso quien lograría hacer del endecasílabo ese altar de belleza dispuesto a «recibir cualquier materia: grave o sutil, dificultosa o fácil, y asimismo para ayuntarse con cualquier estilo de los que hallamos entre los autores antiguos aprobados». Desde entonces, la serena lentitud del endecasílabo, como un río apacible o una espada templada, se hermanará a la graciosa ligereza del octosílabo; y a la hermosura popular y liviana del romance se añadirá la música esbelta del soneto. No será una mera renovación formal, como muy perspicazmente señalaba Jaime Olmedo en su discurso: también será el nacimiento de una nueva sensibilidad, de una nueva cosmovisión incluso, en la que la expresión del sentimiento y del pensamiento, de la pasión y la devoción podrá adentrarse por caminos nunca antes transitados, desde la sátira más cruel hasta la elegía más delicada, desde el llanto por el amor perdido a la exultación del amor recobrado para siempre.

Pasarán los años y los siglos, pasarán las modas y las escuelas, pero el verso endecasílabo seguirá nombrando las habitaciones más secretas del alma. Seguirá anunciando que volverán las oscuras golondrinas; seguirá proclamando que nuestros pobres huesos polvo serán, mas polvo enamorado; seguirá permitiéndonos rezar con palabras nunca antes formuladas: «No me mueve, Señor, para quererte,/ el cielo que me tienes prometido…». Y el endecasílabo también nos servirá para pensar que, después que yo me muera, aún surgirán mañanas luminosas; y para mirar los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados; y para llorar por unas dulces prendas por mi mal halladas; y, en fin, para preguntar a Quien nunca cesa de llamar a nuestra puerta: «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?». Aquella conversación de Juan Boscán y Andrea Navagero, cinco siglos atrás, en los jardines nazaríes de Granada, rabiosos de flores y susurrantes de fuentes, refundó nuestra lengua y nuestra humanidad, las ensanchó y condujo hacia finisterres nunca antes explorados, nunca antes concebidos, nunca antes ni siquiera imaginados, que seguiremos imaginando, concibiendo, explorando, por los siglos de los siglos. Laus Deo.

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