Los delirios de Habermas – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Me ha parecido que la muerte del filósofo Jürgen Habermas ha pasado sin pena ni gloria, como la muerte de un mindundi cualquiera, no sé si por inconsciencia de una época que ha sido moldeada por sus nefastos conceptos políticos o precisamente por lo contrario, por alivio de enterrar al fin al hombre que los concibió. Habermas, alevín de la escuela de Frankfurt que había bebido en las aguas del marxismo crítico, fue evolucionando luego (a peor) hacia una radicalización del pensamiento kantiano, en busca de una razón moral que diese nueva legitimidad al Estado liberal.

A Habermas lo descubrí hace más de veinte años, después de su debate con Ratzinger sobre las «bases morales prepolíticas del Estado liberal», donde expuso ideas tan nefastas como irreales que, sin embargo, se han convertido en hegemónicas. Habermas consideraba que el Estado democrático constitucional es autosuficiente y no necesita sustentarse en un ethos preexistente de tradiciones religiosas o éticas; consideraba que el proceso democrático mismo, «inclusivo y deliberativo», generaba vínculos unificadores suficientes entre los miembros de la comunidad política (que, de este modo, deja de serlo y se convierte en mera «ciudadanía»).

Aceptada la democracia como vínculo fundente, la interpretación de los principios constitucionales que la «ciudadanía» ha hecho suyos dan forma al llamado «patriotismo constitucional», que –a su juicio– contiene los resortes espirituales que garantizan la convivencia cívica. Así, las constituciones se convierten a la vez en procedimiento político y en motor de valores, generando una «integración política que abarca a todos los ciudadanos en igual medida», con independencia de que formen parte de «grupos y culturas con sus propias identidades colectivas»; y la integración política acaba generando una integración ética, «si los principios de justicia logran penetrar en la trama densa de orientaciones culturales concretas». Sin duda, se trata de una de las ideas más ineptas y petulantes que jamás hayan salido de un caletre; pero sobre esa idea, profundamente desconocedora de la naturaleza humana, se funda el remedo de comunidad política que padecemos.

Para asegurar que los principios de justicia penetrasen la «trama densa de orientaciones culturales», Habermas proponía a modo de panacea universal una democracia deliberativa donde la igualdad excluyese las posiciones de dominio y donde el consenso se erigiese en el único bien público, dando lugar a una «moralidad consensuada de neutralidad pública». Todo de un racionalismo quimérico y desencarnado –o sea, totalitario– que espanta. Pero estos conceptos han gangrenado nuestra vida política, empujándonos hasta el presente estado de postración. Que es lo que ocurre siempre que la vida de los pueblos es sometida a delirantes abstracciones arbitristas.

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