
Por Dr. Esteban Fernández-Hinojosa*
Lo más inquietante no es sólo que una persona llegue a desear la muerte. Lo más inquietante es que la sociedad haya perdido la capacidad de reconocer cuándo ese deseo, más que expresión de libertad, lo es de sufrimiento que pide a voces ser interpretado. Hemos pasado de escuchar el dolor a consentirlo y validarlo sin discernimiento, y en ese tránsito confundimos el respeto con la indiferencia. Respetar no es asentir; a veces requiere resistirse, acompañar y sostener incluso cuando el otro no ve salida. Hay en este caso un elemento de una gravedad singular que exige ser pensado con detenimiento. Se trata de una joven de veinticinco años, con una biografía marcada por el trauma, el abandono y un sufrimiento psíquico profundo, que solicita la muerte asistida… y el propio Estado se la concede.
No estamos ante un hecho aislado. Estamos ante un signo de nuestro tiempo. Cuando el Estado moderno, con todo su aparato jurídico, sanitario y tecnológico, facilita activamente la muerte de quien sufre, se produce un desplazamiento decisivo en el fundamento mismo de la convivencia humana. Aquí se rompe algo más que un principio legal. Se destroza la alianza del ser humano consigo mismo, con los demás y con toda forma de trascendencia. Se rompe el vínculo originario que hacía de la vida un bien a custodiar, incluso (y especialmente) cuando se vuelve débil, vulnerable o herida. Lo que emerge, en su lugar, es una forma nueva y radical de soledad. No ya la soledad padecida, sino una soledad legitimada, administrada y, en última instancia, ejecutada. Una soledad que, más que una herida, resulta un procedimiento. Asistimos, así, a una mutación antropológica profunda. El ser humano es ya concebido como un proyecto técnico, sometido a lógicas propias de lo tecnológico, la lógica de la eficiencia, del rendimiento y, así, de la optimización de su sufrimiento. En ese marco, la muerte pierde su significado y se convierte en la solución.
Como médico, lo que más me inquieta es que este proceso no se presenta como ruptura, sino como ’progreso’. Algunos “expertos” comparecieron ayer en los telediarios para explicarlo, justificarlo ¡y normalizarlo! Ahora bien, en esa normalización se opera una transformación de enorme calado, pues a la medicina, cuyo sentido más hondo ha sido siempre cuidar, aliviar y acompañar, se le invita a participar, con respaldo legal, en la producción de la muerte y, de esa manera, a renunciar a sí misma. Tremebundus
*Es médico intensivista en el Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla y académico de la Real Academia de Medicina de Cádiz. Publica en revistas científicas y en prensa sobre humanidades médicas. Autor de «¿Qué es la enfermedad?» (Senderos) y «Confines. Medicina al borde del abismo» (CEU Editorial, accésit Premio Sapientia Cordis).

