Irán publica una carta al pueblo norteamericano: «Estados Unidos ha intervenido en esta agresión como títere de Israel». Carta completa de Pezeshkian

El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, compartió este miércoles una carta abierta dirigida al pueblo estadounidense en medio de la masiva agresión de EE.UU. e Israel contra su país.

En la misma, el mandatario se pregunta si la Administración de Donald Trump realmente está poniendo a «Estados Unidos primero» o si, por el contrario, actúa como un «instrumento de Israel» dispuesto a luchar «hasta el último soldado estadounidense».

En ese sentido, instó a la población estadounidense a que deje de lado las «narrativas fabricadas», argumentando que la supuesta amenaza iraní es una invención del complejo militar-industrial y de los intereses políticos israelíes.

A continuación se reproduce el texto completo de la carta del presidente:

En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso

Al pueblo de los Estados Unidos de América, y a todos aquellos que, en medio de un torrente de distorsiones y narrativas fabricadas, continúan buscando la verdad y aspirando a una vida mejor:

Irán —por su nombre, carácter e identidad— es una de las civilizaciones más antiguas de la historia de la humanidad. A pesar de sus ventajas históricas y geográficas en distintos momentos, Irán jamás ha optado, en su historia moderna, por la agresión, la expansión, el colonialismo o la dominación. Incluso tras sufrir ocupación, invasión y la presión constante de las potencias mundiales —y a pesar de poseer superioridad militar sobre muchos de sus vecinos—, Irán nunca ha iniciado una guerra. Sin embargo, ha repelido con firmeza y valentía a quienes lo han atacado.

El pueblo iraní no alberga animosidad hacia otras naciones, incluyendo a los pueblos de América, Europa o los países vecinos. Incluso ante las repetidas intervenciones y presiones extranjeras a lo largo de su orgullosa historia, los iraníes siempre han distinguido claramente entre los gobiernos y los pueblos que gobiernan. Este es un principio profundamente arraigado en la cultura y la conciencia colectiva iraní, no una postura política pasajera.

Por esta razón, presentar a Irán como una amenaza no se corresponde ni con la realidad histórica ni con los hechos observables en la actualidad. Esta percepción es producto de los caprichos políticos y económicos de los poderosos: la necesidad de crear un enemigo para justificar la presión, mantener el dominio militar, sostener la industria armamentística y controlar los mercados estratégicos. En este contexto, si no existe una amenaza, se inventa.

Dentro de este mismo marco, Estados Unidos ha concentrado la mayor parte de sus fuerzas, bases y capacidades militares en torno a Irán, un país que, al menos desde la fundación de Estados Unidos, nunca ha iniciado una guerra. Las recientes agresiones estadounidenses lanzadas desde estas mismas bases han demostrado lo amenazante que resulta realmente dicha presencia militar. Naturalmente, ningún país que se enfrente a tales circunstancias renunciaría a fortalecer sus capacidades defensivas. Lo que Irán ha hecho —y sigue haciendo— es una respuesta mesurada basada en la legítima defensa, y de ninguna manera constituye el inicio de una guerra o una agresión.

Las relaciones entre Irán y Estados Unidos no fueron hostiles en un principio, y los primeros encuentros entre los pueblos iraní y estadounidense transcurrieron sin hostilidad ni tensión. Sin embargo, el punto de inflexión fue el golpe de Estado de 1953, una intervención ilegal estadounidense cuyo objetivo era impedir la nacionalización de los recursos propios de Irán. Dicho golpe interrumpió el proceso democrático iraní, reinstauró la dictadura y sembró una profunda desconfianza entre los iraníes hacia las políticas estadounidenses. Esta desconfianza se acentuó aún más con el apoyo de Estados Unidos al régimen del Shah, su respaldo a Saddam Hussein durante la guerra impuesta en la década de 1980, la imposición de las sanciones más largas y exhaustivas de la historia moderna y, finalmente, la agresión militar no provocada —en dos ocasiones, en medio de negociaciones— contra Irán.

Sin embargo, todas estas presiones no han logrado debilitar a Irán. Por el contrario, el país se ha fortalecido en muchos ámbitos: la tasa de alfabetización se ha triplicado, pasando de aproximadamente el 30 % antes de la Revolución Islámica a más del 90 % en la actualidad; la educación superior se ha expandido drásticamente; se han logrado avances significativos en tecnología moderna; los servicios de salud han mejorado; y la infraestructura se ha desarrollado a un ritmo y una escala sin precedentes. Estas son realidades medibles y observables que se sostienen independientemente de narrativas inventadas.

Al mismo tiempo, no se debe subestimar el impacto destructivo e inhumano de las sanciones, la guerra y la agresión en la vida del resiliente pueblo iraní. La persistencia de la agresión militar y los recientes bombardeos afectan profundamente la vida, las actitudes y las perspectivas de las personas. Esto refleja una verdad humana fundamental: cuando la guerra inflige un daño irreparable a vidas, hogares, ciudades y futuros, la gente no permanecerá indiferente ante los responsables.

Esto plantea una pregunta fundamental: ¿A qué intereses del pueblo estadounidense beneficia realmente esta guerra? ¿Existía alguna amenaza objetiva por parte de Irán que justificara tal comportamiento? ¿Acaso la masacre de niños inocentes, la destrucción de instalaciones farmacéuticas para el tratamiento del cáncer o la jactancia de bombardear un país hasta reducirlo a la Edad de Piedra tienen algún propósito que no sea dañar aún más la reputación internacional de Estados Unidos?
Irán negoció, llegó a un acuerdo y cumplió con todos sus compromisos. La decisión de retirarse de dicho acuerdo, intensificar la confrontación y lanzar dos actos de agresión en medio de las negociaciones fueron decisiones destructivas del gobierno estadounidense, decisiones que alimentaron las ilusiones de un agresor extranjero.

Atacar la infraestructura vital de Irán, incluyendo sus instalaciones energéticas e industriales, atenta directamente contra el pueblo iraní. Más allá de constituir un crimen de guerra, tales acciones tienen consecuencias que trascienden las fronteras de Irán. Generan inestabilidad, aumentan los costos humanos y económicos, y perpetúan ciclos de tensión, sembrando resentimiento que perdurará durante años. Esto no es una demostración de fuerza; es un signo de desconcierto estratégico y de incapacidad para alcanzar una solución sostenible.

¿Acaso no es cierto que Estados Unidos ha intervenido en esta agresión como títere de Israel, influenciado y manipulado por ese régimen? ¿No es verdad que Israel, al fabricar una amenaza iraní, busca desviar la atención mundial de sus crímenes contra los palestinos? ¿No es evidente que Israel ahora pretende combatir a Irán hasta el último soldado estadounidense y el último dólar del contribuyente estadounidense, trasladando el peso de sus delirios a Irán, la región y a los propios Estados Unidos en pos de intereses ilegítimos?

¿Es realmente “Estados Unidos primero” una de las prioridades del gobierno estadounidense en la actualidad?

Les invito a mirar más allá de la maquinaria de desinformación —parte integral de esta agresión— y, en cambio, a hablar con quienes han visitado Irán. Observen a los numerosos inmigrantes iraníes exitosos —educados en Irán— que ahora enseñan e investigan en las universidades más prestigiosas del mundo o contribuyen a las empresas tecnológicas más avanzadas de Occidente. ¿Coinciden estas realidades con las distorsiones que les cuentan sobre Irán y su gente?

Hoy, el mundo se encuentra en una encrucijada. Continuar por el camino de la confrontación es más costoso e inútil que nunca. La elección entre la confrontación y el diálogo es real y trascendental; su resultado moldeará el futuro de las generaciones venideras. A lo largo de sus milenios de orgullosa historia, Irán ha sobrevivido a numerosos agresores. De ellos solo quedan nombres manchados en la historia, mientras que Irán perdura, resiliente, digno y orgulloso.

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