
Por Juan Manuel de Prada
Cuando Pedro y Juan llegan al sepulcro vacío descubren que la losa que cubría la entrada había sido apartada, tal como María Magdalena les había advertido; y, al entrar en el sepulcro, ven los lienzos o vendas con los que había sido envuelto el cadáver de Jesús «tendidos». Así se suele traducir el griego keímena; lo que nos induce a creer erróneamente que las vendas se hallan en el suelo. Pero en el texto evangélico nada se dice del suelo: las vendas permanecen atadas en el sepulcro; son como un molde blando que, al ser abandonado por el cuerpo que envuelve, pierde parcialmente su volumen pero todavía conserva su forma. Al afirmar que las vendas se hallan en el sepulcro, no convertidas en un gurruño informe, sino suavemente «desinfladas» –como una crisálida vacía que pierde volumen, después de alumbrar a una mariposa–, Juan no sólo niega tácitamente la posibilidad de que el cuerpo haya sido robado (ningún ladrón en su sano juicio se habría entretenido quitándole las vendas o lienzos en el sepulcro, sino que lo habría tomado tal y como estaba), sino que también precisa que Jesús no ha necesitado, para liberarse de las vendas o lienzos que envuelven su cadáver, desatarlas o romperlas, como tendría que haber hecho cualquier persona subordinada a la materia. En esta misma idea abunda el Evangelio de Juan cuando el Resucitado se aparece al anochecer a los discípulos, que estaban «en una casa con las puertas cerradas», sin forzar cerraduras. ¿Se pretende insinuar que Cristo se ha convertido en un espíritu?
Ni por asomo. Pasados ocho días, Jesús vuelve a aparecerse para escarmentar la incredulidad de Tomás, dejando que toque las heridas de sus manos y de su costado. No es un espíritu, está hecho de una materia cierta y tangible, tan cierta y tangible que aún guarda señal de las crueldades que ha sufrido en la cruz. Pero no es exactamente el mismo hombre que los acompañó por aldeas y despoblados; no, desde luego, en su aspecto externo. Cuando vuelva a aparecérseles, junto al mar de Tiberíades, después de una pesca infructuosa, no lo reconocerán hasta que les ordene volver a echar las redes al agua y recuperarlas con una muchedumbre de peces. Y los discípulos que van camino de Emaús no caerán en la cuenta de que el peregrino que los inquiere sobre los sucesos acaecidos en Jerusalén es su Maestro hasta que lo ven partir el pan en la posada. En otra ocasión, para aplacar su terror y evitar que lo confundan con un fantasma, Jesús tiene que comer delante de ellos un pez asado. ¿Cómo se explica que unos hombres que han convivido con Jesús durante tres años, que han escuchado sus predicaciones y presenciado sus milagros, tarden tanto en reconocerlo?
Se explica porque Jesús, siendo el mismo, se ha metamorfoseado. No ha perdido la materialidad del cuerpo, pero ese cuerpo es de una sustancia distinta a la nuestra. Sin embargo, Dios no puede hacer cosas absurdas, por omnipotente que sea. Y lo que ocurre con Jesús no es demasiado distinto a lo que ocurre a nivel subatómico en las partículas elementales, según ha probado la mecánica cuántica. Si los avances de la física nos demuestran que las partículas elementales no están confinadas a un solo sitio, que además de comportarse como corpúsculos lo hacen como ondas, de tal modo que un electrón puede estar en dos lugares a la vez, ¿por qué no podría el poder divino hacer algo semejante con un cuerpo, que a la postre es un conjunto de partículas? ¿Por qué no podemos imaginar un cuerpo glorioso que abandona las vendas que lo aprisionan?
Aquel cuerpo glorioso de Jesús empezó a vivir de una manera totalmente nueva: resplandece, entra en las habitaciones sin abrir puertas ni agujeros en las paredes, no está sometido a las reglas del tiempo y el espacio como cualquiera de nosotros. Sabemos que la materia, dentro de un marco espacio-temporal, está sujeta a una serie de procesos por los cuales se altera, decae, envejece, muere y se corrompe. Pero, actuando fuera de ese marco, no estaría sujeta a ninguna de esas fuerzas destructoras. En el cuerpo glorioso, en lugar de estar el espíritu subordinado a la materia (como ocurre en nuestra vida mortal), la materia se subordina al espíritu, existe fuera del espacio y del tiempo. Y al liberarse de las ataduras espaciales y temporales (que quedan keímena, desinfladas, como una crisálida vacía), el cuerpo se torna incorruptible, no envejece ni enferma, posee la libertad plena de quienes han vencido las restricciones materiales.
Anhelo el día en que eso también ocurra con este miserable cuerpo mío, cada día más maltrecho y avejentado. Y deseo una muy feliz Pascua florida a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan.

