
Por Juan Manuel de Prada
No se me escapa que lenguas viperinas andan cacareando por ahí que condené a Jesús a la crucifixión por temor a que los miembros del Sanedrín me acusaran de enemistad con el César. Aquel pobre Jesús, en el colmo de la megalomanía, se había proclamado Rey (pero ni siquiera Rey de Israel, sino más bien de un delirante Reino espiritual sin ejércitos ni palacios); y aquellos perros del Sanedrín me insistían que todo aquel que se proclama Rey es enemigo del César, lo mismo que quien permite que tal proclamación quede impune. ¡Vaya si sabían esos apestosos carcamales dónde podían lanzar sus dentelladas! La fortuna de cualquier magistrado romano, por muy encumbrado que esté (y yo ni siquiera lo estoy, sino más bien arrojado como una piltrafa o un excremento en esta letrina infame de Judea), depende del favor de Tiberio; y una acusación de aquella especie, presentada con astucia por abogados maliciosos (que no faltaban entre los hebreos), podía perderme. Pero aquella chusma sacerdotal pinchaba en hueso: nunca he gozado del favor del César, sobre todo porque el propretor de Siria (a quien tengo que dar cuenta de todas mis acciones) se ha dedicado desde el principio a desprestigiarme; y cuando he tratado de congraciarme con él no he logrado sino provocar sus iras.
Así ocurrió, por ejemplo, cuando ordené a los soldados de la guarnición de Jerusalén que entraran de noche en la ciudad, portando en sus escudos y estandartes imágenes de Tiberio y que los depositaran junto al templo, para irritar a estos harapientos judíos, cuya árida religión considera una provocación idolátrica la exhibición de cualquier imagen divinizada. No hace falta que aclare que no considero que Tiberio sea en modo alguno dios (y, siendo sincero, tampoco creo que exista dios alguno, ni siquiera la muy retozona y promiscua dinastía de moradores del Olimpo que adoraron nuestros crédulos antepasados); pero con aquel acto petulante de agresión a los judíos pensé que me ganaría su favor, en lo que me equivocaba. Desde Roma llegó la orden de que retirase las enseñas; y también la exigencia de que no volviese a vejar a estos zarrapastrosos en sus creencias. Obedecí con disgusto, pues considero que el poder político nunca debe someterse a los caprichos de la religión, máxime cuando el desarrollo de la civilización y el conocimiento cada vez más exhaustivo que poseemos del mundo físico nos invitan al escepticismo. Si un ciudadano romano puede dedicar sus eutrapelias a los augures, piropear a las vestales y carcajearse de los coitos e intrigas protagonizados por nuestros legendarios moradores olímpicos, ¿por qué no va a poder tratar con la misma desenvoltura la religión áspera de estos judíos piojosos, que no es sino una bárbara mezcolanza de oráculos caldeos y ensoñaciones fanáticas de pastores de cabras?
Roma, si en verdad desea hacerse respetar entre los pueblos acogidos bajo su égida y constituirse en ejemplo de gobierno avanzado ante las generaciones futuras, debe garantizar, por supuesto, la libertad religiosa; pues siempre habrá, entre los habitantes de sus provincias, débiles mentales y beatas histéricas que precisen imaginarios consuelos de ultratumba. Pero esta libertad religiosa no debe ser otra cosa sino una suerte de tolerancia, a la vez condescendiente y socarrona, de todo tipo de creencias, sean verdaderas, falsas o entreveradas (y con especial aprecio por las más pintorescas y disparatadas), de tal modo que todas valgan lo mismo; o sea, nada. Sólo de este modo, logrando que todas las religiones valgan nada (lo mismo la abstrusa superstición judía que las amenas trapisondas adulterinas de nuestros moradores olímpicos), lograremos que triunfe en las conciencias una religión política que usurpe los atributos divinos, que exija adoración a todos los creyentes de tal o cual fantasía supersticiosa y que eleve su doctrina a la categoría de dogma indiscutible. La libertad religiosa debe amparar que cualquier orate de Judea pueda proferir que Yavé, su Dios, creó el mundo de la nada, o que cualquier mentecato del Lacio pueda afirmar que Júpiter poseyó a Dánae convertido en un chorro de orín o lluvia de oro o lo que diantres fuera; pero lo mismo el orate que cree en un Dios creador que el mentecato rijoso que piensa que los moradores del Olimpo fornican con mortales miccionándolas, deben allanarse ante la religión común que asegura la paz social y el juego de equilibrios políticos.
Y esa religión, naturalmente, no es la adoración de ningún César, porque el poder no viene del cielo; tal religión no puede ser otra sino la democracia, que los griegos desarrollaron de manera embrional y rudimentaria, como forma de participación del pueblo en el gobierno, pero que con el tiempo –en la variante más progresada que yo postulo– se convertirá en fundamento del propio gobierno, que ya no deberá someterse a una totalitaria ley divina, ni siquiera a los mandatos de la enojosa justicia natural, sino que convertirá la voluntad mayoritaria del pueblo en exigencia incontrovertible e inatacable. Bien sé que el mundo aún no está maduro para acoger esta religión política que, en el futuro, elevará a los pueblos a las cúspides más altas del progreso humano; pero toda religión requiere de pioneros que vayan favoreciendo su advenimiento. Yo, Poncio Pilatos, he decidido cargar sobre mis hombros con esa cruz, e inmolarme si hace falta, en la propagación de la democracia. Y conste que no he utilizado estas expresiones de forma irónica. Condenando al justo Jesús a la muerte en Cruz, ha caído sobre mí una condena al oprobio tal vez más longeva que mi propia vida; pero llegará el día en que los demócratas me alcen monumentos en los parques públicos e instituyan fiestas –con lavatorio de manos incluido– que celebren mi memoria, así como el acongojante trance en que decidí castigar a un inocente, por allanarme a la voluntad de la mayoría.
No escribo estas palabras como descargo de conciencia. Es verdad que hube de forzarla para emitir mi veredicto; pero, una vez forzada y celebrado el lavatorio de las manos (con el que expresé que mi conciencia se sometía pulcramente a la voluntad soberana del pueblo), no siento remordimientos, sino el orgullo ascético, poco amigo de alharacas y aspavientos, del demócrata que ha cumplido con su deber.

