Política y antropología – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Estoy leyendo en estos días, repescado de un cajón de saldos, un libro titulado Los de Barcelona, un vibrante reportaje sobre las jornadas vividas en Barcelona al comienzo de la Guerra Civil. El libro está escrito por un periodista alemán, Hans-Erich Kaminski, simpatizante de la revolución; así que oculta los aspectos más tenebrosos de aquella experiencia que llenó de cadáveres las cunetas de la Rabassada y los sótanos del Clínic. Pero el libro, fuera de estas carencias previsibles, tiene una palpitación humana verdaderamente notable; y una capacidad para captar la realidad del momento –para nosotros realidad histórica ya– que logra devolvérnosla completamente viva, como si se estuviese desenvolviendo ante nuestros ojos.

Esa captación de Kaminski se hace con frecuencia desde la perplejidad. Le ocurre así, por ejemplo, cuando entrevista a «la camarada Federica Montseny», seguramente la figura femenina más conspicua del anarquismo español. Kaminski profesa ideas progresistas ‘a la europea’; y da por descontado que las ideas de Montseny van a coincidir con las suyas, pero se lleva innumerables chascos. A Kaminski le sorprende que las mujeres catalanas no entren solas a los bares o que eviten ir solas por las calles; y considera que tales signos son una prueba de que la mujer catalana está oprimida. Pero Montseny se lo desmiente, ofendida, recordándole que la mujer catalana tiene todos los puestos de trabajo a su disposición, y hace observaciones que a Kaminski lo desconciertan: «Aquí, el hombre entrega cada fin de semana su sueldo a la mujer, quien a su vez le da lo necesario para sus gastos. Por lo tanto, la mujer no sólo ha conseguido la igualdad en la vida pública y en el trabajo, sino también, y desde hace tiempo, en el seno de la familia». Kaminski prueba a exaltar el divorcio; y Federica Montseny se sale por la tangente: «Los catalanes constituyen un pueblo con el sentido familiar muy desarrollado. Para nosotros el amor es un sentimiento muy profundo y generalmente provoca el deseo de fundar un hogar». Entonces el entrevistador elogia el «control de natalidad»; y Montseny le replica: «El sentido de la maternidad en las mujeres catalanas es tan fuerte que solamente en casos muy graves renuncian a la ilusión de ser madres». Desesperado, Kaminski pretende que su interlocutora se enoje con los piropos que, según ha observado, los milicianos anarquistas dispensan a las mujeres; pero Montseny, tras estallar en una risa, lo sorprende: «Me parece muy bien. ¡Cómo se nota que es usted un hombre! Se piensa que, bajo el signo de la igualdad, las mujeres no apreciamos los cumplidos. Le aseguro que es al contrario; y estoy convencida que en todos lados pasa lo mismo que en Cataluña».

Cuando Kaminski le pregunte si, al menos, es partidaria del «amor libre», Montseny le responderá que por supuesto lo es; pero enseguida descubre que «lo que ella entiende por libre unión no difiere mucho de la institución que los burgueses llaman matrimonio». Y, cuando Kaminski le inquiere por la prostitución, Montseny se muestra partidaria de fusilar a «proxenetas y traficantes de drogas»; pero considera que no se deben cerrar las «casas de tolerancia». Kaminski no entiende nada y considera a Montseny «ingenua y un poquito burguesa». No advierte que, siendo una revolucionaria política, sin embargo es antropológicamente conservadora; es decir, cuenta con la existencia de una naturaleza humana que no debe ser sometida a experimentos (que, por muy idealistas que se presenten, acaban siendo aberrantes). Kaminski pretende que los cambios políticos incluyan una negación o rectificación de la naturaleza humana, confundiendo la naturaleza con un «legado cultural» que debe ser arrasado; Federica Montseny, por el contrario, considera que la naturaleza humana es un «datum»: algo dado que debe ser respetado y cuidado, algo que la política –incluso una política revolucionaria– debe encargarse de preservar, para hacer mejor.

No hace falta añadir que en aquella Barcelona revolucionaria las corridas de toros tenían inmenso éxito. Kaminski asiste a una de ellas, en la que los alguaciles «cabalgan por la arena con el gorro de los milicianos», la banda toca La Internacional y los toreros saludan al público con el puño en alto. Leyendo Los de Barcelona, además de recuperar la palpitación de una época pasada, uno puede reflexionar sobre la penosa evolución de la izquierda contemporánea (o siquiera de la ‘izquierda’ oficialista y amorrada al poder), que ha renunciado a combatir políticamente el capitalismo a cambio de abrazar un proyecto de devastación antropológica que favorece al capitalismo y tarde o temprano (más temprano que tarde) la llevará a la autodestrucción.

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