Guerniquerías – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Con lógica irreprochable, después de que el doctor Sánchez les regalara el palacete de la avenida Marceau, propiedad del Estado español, sin título legítimo alguno, los garduños del PNV reclaman ahora el ‘Guernica’ de Picasso. A mí me parece de perlas que los garduños del PNV arramplen con el ‘Guernica’; pues así nos libraríamos en Madrid de las hordas cosmopaletas que hacen cola ante el adefesio picassiano, confundiéndolo con el Cristo de Medinaceli. Un Madrid liberado de esas hordas cosmopaletas dejaría de oler a marihuana y pinreles con sabañones, que es a lo que huele ahora.

Coincidiendo con la reclamación del ‘Guernica’ se ha aireado mucho la hipótesis de que en realidad este mural siniestro no representa el bombardeo de los aviones de la Legión Cóndor, sino la muerte del torero Sánchez Mejías; y que Picasso habría aprovechado el encargo del Gobierno republicano para ‘reciclar’ bocetos realizados un par de años antes. Aunque la hipótesis se nos antoja un tanto endeble, a su favor cuenta con el desapego que Picasso había mostrado hasta entonces hacia la causa republicana, rechazando primero el nombramiento de director de Museo del Prado y negándose después a dirigir la evacuación de sus cuadros. Parece que fue su amante Dora Maar, la fotógrafa surrealista, quien empujó a Picasso a aceptar el ofrecimiento, después de tantos escaqueos; aunque, desde luego, tampoco entonces Picasso renunció al ánimo de lucro –recibió a cambio del mural doscientos mil francos de la época–, que fue siempre el motor de su discutible arte. Dora Maar documentó con su cámara el rápido proceso de creación del adefesio en el estudio de la ‘rue des Grands-Augustins’; y sus fotos permitieron a Picasso contemplarlo en blanco y negro mientras lo pintaba, decidiéndolo a suprimir los colores, para que la composición resultase más dramática y feroz. Dora Maar, por último, pintó algunas zonas del vasto (y basto) lienzo, como los trazos que simulan las crines del caballo. Luego Picasso correspondería a Dora Maar sometiéndola a las sevicias físicas y morales más horrendas, hasta desgraciarle la vida; y le dedicaría algunos retratos misóginos, donde la bella Maar aparece con cara de sapo aplastado, o de perro desdentado y tumefacto (por las tundas que Picasso le propinaba).

Por supuesto, tras pintar el ‘Guernica’, el compromiso ‘antifascista’ de Picasso no desmayaría ni un ápice. Durante los años de la ocupación alemana, obtendría un trato de favor de los nazis, decretado al parecer por el mismísimo Führer, por consejo de Arno Breker. Así, Picasso pudo hacer lo que le vino en gana sin recibir ningún tipo de castigo, desde fundir bronce hasta evadir divisas; y cuando los nazis descubrieron en los sótanos de un banco una caja fuerte a su nombre, reventona de lingotes de oro y cuadros de Cézanne, no osaron incautarla. Mientras los parisienses se morían de hambre, en los estertores de la ocupación, Picasso alimentaba a su perro con pollos asados. Y, en el colmo de la vileza, cuando la Gestapo arrestó a su amigo y ahijado Max Jacob –judío converso a la fe católica que había elegido a Picasso como padrino de bautismo– y lo envió a Drancy, Picasso se negó a firmar una carta que Jean Cocteau escribió al embajador Otto Abetz, suplicando su liberación. Apiadado por la carta de Cocteau, Abetz accedería a liberar a Jacob; pero entretanto el escritor había fallecido en su celda de Drancy, víctima de una pulmonía. Todo esto lo contamos, con otras muchas golosinas, en nuestra novela ‘Mil ojos esconde la noche’.

Sobre el ‘Guernica’ se han probado muchas interpretaciones alternativas. Tal vez la más delirante de todas la brindase Jorge de Oteiza, quien aseguró en pleno rapto lisérgico que el adefesio picassiano representa la opresión de España sobre Euskadi, siendo el toro el «animal totémico español» y el caballo el «animal totémico vasco, el Cristo de nuestra prehistoria». Mucho más verosímil se nos antoja la interpretación lanzada por el pintor vasco José María Ucelay, quien en 1937 era director general de Bellas Artes del Gobierno de Euzkadi y comisario vasco en la Exposición Universal de París. Ucelay considera que el mural es la tomadura de pelo de un truhan redomado, que lo mismo podría haber titulado su adefesio ‘Sodoma y Gomorra’; y nos revela que fue el poeta bilbaíno Juan Larrea quien propuso a Picasso, ante su falta de inspiración, que dedicase su mural al reciente bombardeo de Guernica. «¿Y qué sé yo de bombardeos?», se desentendió Picasso. Entonces Larrea le dijo: «Tú, Pablo, siempre has tenido afición a los toros. Imagínate, pues, un toro salido del chiquero al que le han puesto un montón de picas y banderillas de fuego, y que furioso y ensangrentado, consigue escapar de la plaza. Tumbando todo lo que encuentra a su paso, penetra en una tienda de porcelana fina, que destroza, dejándola hecha añicos. ¿Ves? Eso es lo que ocurre cuando hay un bombardeo».

Aunque hay elementos del adefesio que, ni siquiera sabiendo esto, se comprenden. Así le ocurrió, según nos cuenta Ucelay, a Albert Lebrun, presidente de la República Francesa, quien paseándose en la inauguración de la Exposición con el lendakari José Antonio Aguirre, mostró su estupor, al comprobar que una mujer del cuadro tenía seis dedos en una mano. Picasso, que se hallaba en la comitiva al lado de Ucelay, al escuchar el comentario de Lebrun, le pegó un codazo y le confió, coñón:

—No son dedos.
—Pues, ¿qué son? –le preguntó Ucelay.
—Lo que usted y yo tenemos entre las piernas –contestó Picasso, con una carcajada.

Y Picasso –añade Ucelay– tenía esa mirada del «chiquillo que ha logrado hacer una trampa al maestro; porque, efectivamente, la figura citada tiene seis dedos, que no representan sino dos órganos genitales masculinos completos, fiel expresión de lo que Picasso había querido desahogar, que no era, naturalmente, el sentimiento de dolor que la tragedia de Guernica le había causado, que nunca existió en él».

En cierta ocasión, preguntado por su querencia a zurrar la badana a sus mujeres, Picasso confesó al periodista Antonio D. Olano: «¡Es que a mí lo que me gusta es hacer cabronadas!». No se nos ocurre cabronada más socarrona que representar el bombardeo de Guernica con una escena taurina, para que todos los cosmopaletos del mundo identifiquen a los vascos con la tauromaquia. ¡Genial humillación españolista a los gudaris euskaldunes!

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