
Por Ivone Alves García
La escasez, la deuda, la fragmentación familiar, la degradación cultural y el miedo social no son problemas aislados. Son signos de una época en la que el poder dejó de servir al hombre y empezó a usar su sufrimiento como herramienta de control. Este es un momento donde la sociedad empieza a sentir que algo se ha roto, aunque todavía no encuentre las palabras exactas para nombrarlo. La explicación económica, política o estadística resulta insuficiente. También queda corta la respuesta burocrática de una ley más, un plan más o una consigna de ocasión. El malestar de esta época es más profundo: tiene que ver con la pérdida de un marco moral capaz de ordenar la vida común. Ese vacío se ve en la calle, en las familias, en el trabajo, en la cultura y en la política. Se ve cuando la gente vive cansada antes de empezar el día, cuando trabaja y no llega, cuando se endeuda para cubrir necesidades básicas, cuando la vivienda se vuelve un imposible de alcanzar, cuando la comida se transforma en variable de especulación y cuando la vida cotidiana queda atrapada entre precios, miedo e incertidumbre.
Es entonces cuando uno se pregunta: ¿cómo es posible que una humanidad con tantos recursos y conocimientos siga organizando sistemas que solo perpetúan el sufrimiento? La tradición cristiana utiliza una palabra contundente para definir esta inversión del orden moral: lo diabólico. No se refiere a figuras con cuernos ni a supersticiones, sino a esa lógica que pervierte lo natural: la que instala división donde debería haber comunión, impone sometimiento en vez de servicio y manipula la escasez donde el pan debería ser compartido. Es la lógica que, en lugar de reconocer la dignidad, reduce al ser humano a un simple costo, una carga, un deudor o un enemigo. Dios, en el lenguaje de la fe, representa el orden del amor, la fraternidad, la justicia y la dignidad del otro. Es el principio que afirma que el ser humano no es un objeto para ser usado, sino un hermano al que se debe servir. El demonio representa lo contrario: la soberbia que se coloca por encima de los demás, el dominio que convierte al prójimo en instrumento, la crueldad que se alimenta del sufrimiento ajeno y la indiferencia que termina justificando cualquier daño como costo inevitable.
La figura de Cristo rompe con esta lógica del poder terrenal. Él no se puso por encima del dolor humano, sino que entró de lleno en él. Soportó la cruz y el escarnio, murió entre ladrones y respondió con perdón. No buscó afirmarse en la debilidad de otros, sino que la transformó en redención. En cambio, cuando el poder se vuelve un fin en sí mismo, actúa al revés: convierte el sufrimiento del prójimo en el combustible de su propia ambición. La economía actual es el reflejo más crudo de esta inversión del orden. Si el bien común fuera el eje, la riqueza sería el medio para erradicar el hambre y asegurar la dignidad de cada familia. Sin embargo, la realidad es otra: asistimos a una concentración desmedida y a una precariedad planificada, donde el endeudamiento se vuelve permanente y la escasez es el resultado de una administración deliberada. No es falta de recursos —hay alimentos, vivienda y capacidad productiva—; lo que falta es la decisión moral y política de poner esa abundancia al servicio de la vida.
El que debe, obedece; el que necesita, calla; el que depende, se somete. Esta lógica sostiene la arquitectura de una sociedad donde la necesidad ha dejado de ser un problema por resolver para transformarse en una herramienta de gobierno. Es lo que ocurre cuando el salario ya no alcanza para proyectar la vida, cuando el alquiler devora la tranquilidad y el crédito se vuelve la única forma de subsistir. Cuando millones de personas trabajan simplemente para no caerse del mapa, la economía deja de administrar recursos y empieza a enseñar obediencia; así, el sistema termina por desplazar la gestión de los bienes para centrarse en el disciplinamiento de los necesitados. En países como el nuestro, esa lógica se vuelve visible cada vez que la vida cotidiana queda reducida a sobrevivir. La persona agotada, endeudada y sin horizonte ya no discute el destino de su comunidad; calcula cómo llegar a fin de mes. Ya no piensa en reconstruir un país; piensa en conservar lo poco que tiene. La pobreza, así, deja de ser una desgracia social y se vuelve un método de disciplinamiento. Una sociedad ocupada únicamente en sobrevivir pierde la fuerza necesaria para levantarse.
La familia también está en el centro de esta disputa. Allí se forma el carácter, se aprende la entrega y se descubre que la vida humana no se reduce al deseo individual. La familia es el primer lugar donde el fuerte cuida al débil, donde el niño aprende que existen límites, deberes, sacrificios y afectos permanentes. Por eso no es casual que se la presente cada vez más como una estructura opresiva, anticuada o sospechosa. Una persona sola es más fácil de manipular que una persona arraigada. Un joven sin familia fuerte, sin comunidad, sin tradición y sin horizonte queda entregado al mercado, al algoritmo, al Estado o a cualquier identidad artificial que le prometa pertenencia. La destrucción de la familia no produce libertad: produce individuos aislados, frágiles, sustituibles y emocionalmente administrables. El ser humano sin vínculos cree que se emancipó, pero muchas veces solo cambió la autoridad de la familia, de la comunidad o de la fe por la autoridad invisible del consumo, la pantalla y el miedo.
La política reproduce el mismo mecanismo. Un poder ordenado al bien común busca aliviar el sufrimiento, limitar la codicia y organizar la sociedad para que el fuerte no aplaste al débil. El poder diabólico, en cambio, necesita administrar heridas. Necesita pobres, indignados, endeudados, enfrentados y asustados. La razón no está en la incapacidad de resolver esos problemas. Está en que esos problemas se convierten en su capital de supervivencia. El dirigente que administra hambre se presenta como benefactor. El que administra inseguridad se presenta como garante del orden. El que administra división se presenta como árbitro indispensable. Así, el poder primero rompe el tejido social y después cobra por remendarlo. Genera precariedad para ofrecerse como sustento, siembra miedo para venderse como refugio y produce divisiones para presentarse como mediador. Bajo esa estructura, la solución se vuelve enemiga del sistema, porque si el conflicto desaparece, ese poder pierde su razón de existir.
La cultura tampoco escapa a esta inversión. Durante siglos, el arte, la educación y los relatos comunes servían para elevar al ser humano, recordarle su dignidad y mostrarle que la vida tenía una dimensión superior al consumo inmediato. Hoy gran parte de la cultura celebra lo bajo, lo efímero, lo degradante y lo feo. Se ridiculiza la virtud, se glorifica el capricho y se presenta el vicio como liberación. Donde debería haber verdad y belleza que eleven el alma, aparecen el vacío, la frustración y la depresión que la adormecen. Una sociedad que deja de elevar el alma empieza a entretener su propia decadencia. No necesita censura directa si consigue que la gente ya no busque verdad, belleza ni sentido. Le alcanza con mantenerla distraída, excitada, resentida y cansada. Esa es una forma más refinada de dominio: no prohibirle al ser humano pensar, sino vaciarlo por dentro hasta que ya no quiera hacerlo.
El miedo es el cemento de esa arquitectura. Mucha gente acepta el dominio porque teme perder lo poco que tiene. El poderoso lo sabe y lo usa. Crea inseguridad económica, social y espiritual para que la gente prefiera un amo conocido antes que una libertad exigente. La envidia también cumple su función: en lugar de alegrarse por el bien del otro, empuja a destruirlo. La soberbia completa el círculo: quien se cree dios decide quién vale y quién sobra, quién come y quién pasa hambre, quién tiene derechos y quién solo debe cumplir obligaciones. El ser humano tiene grandeza, pero también tiene caída. Fingir que el instinto malo no existe es una ingenuidad peligrosa. Una sociedad sana no se construye confiando en que todos serán buenos por naturaleza. Necesita orden moral, familias que formen carácter, comunidades que limiten el egoísmo, educación que enseñe deberes además de derechos, economía subordinada al bien común y política capaz de poner freno al poder en lugar de concentrarlo.
El mal no desaparece por ignorarlo. Deja de mandar cuando se le quita la capacidad de organizar la vida social. Por eso no alcanza con resistir. Hay que reconstruir un orden propio, con criterios propios, donde los destructores no tengan la última palabra. Eso implica recuperar la idea de que el fuerte tiene obligación de servir al débil, no de explotarlo; que la riqueza debe estar sometida a una finalidad superior al lucro; que la libertad exige responsabilidad; y que ningún poder humano puede ocupar el lugar de Dios sin terminar destruyendo al hombre. Occidente está pagando caro haber creído que podía vivir de una herencia moral que ya no respetaba. Quiso derechos sin deberes, libertad sin verdad, bienestar sin familia, tecnología sin alma y riqueza sin sacrificio. Ahora cosecha lo que sembró: soledad masiva, angustia generalizada, caída demográfica, crisis de sentido y una economía que ya no alcanza para sostener la vida digna de la mayoría.
No es fatalismo. Es diagnóstico crudo. El remedio no está en más ideologías de ocasión ni en promesas vacías. Está en volver a poner las cosas en su lugar: reconocer que el ser humano no es dios de sí mismo, que tiene límites y que necesita un orden moral para no destruirse. Está en reconstruir comunidad, defender la familia, limitar el poder desmedido y recordar que la verdadera grandeza del hombre no está en dominar al otro, sino en servirlo. Porque al final, la elección es clara. O seguimos la lógica de Cristo, que entra en el sufrimiento para redimirlo, o seguimos la lógica diabólica, que usa el sufrimiento ajeno para afirmarse. No hay tercera vía. Y la sociedad que elige la segunda termina pagando el precio más alto: no con bombas, sino con almas rotas y con un mundo cada vez más inhabitable para los más débiles. Eso es lo que está en juego. No es una cuestión de izquierda o derecha. Es una cuestión mucho más profunda: si aceptamos vivir como hermanos o si naturalizamos una sociedad de depredadores. La historia ya mostró demasiadas veces hacia dónde conduce cada camino.
Ivone Alves García
Productora general | AsiaTV
Productora general de AsiaTV y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora de ADACRI, ha coordinado actividades académicas, culturales y diplomáticas con embajadas, universidades y organizaciones internacionales.

