
Por Juan Manuel de Prada
La accidentada visita de Isabel Díaz Ayuso a México se ha rematado con un rifirrafe de acusaciones cruzadas que, naturalmente, no entraremos a glosar aquí, pues se nos antojan gallofas para mantener entretenidas a las masas cretinizadas adscritas a uno u otro negociado ideológico. Nos centraremos, por el contrario, en el meollo de la visita de la presidenta madrileña, que a nuestro juicio constituye una contundente prueba del daño que la imprudencia puede infligir a la acción política. Como señalábamos desde esta misma tribuna hace unas pocas semanas, en la virtud de la prudencia –que es la virtud política por excelencia– se prenden, como en un cesto de cerezas, otras muchas virtudes, entre ellas la previsión, que nos permite anticipar los efectos de nuestras acciones, y la circunspección, que nos permite «mirar en derredor», considerando si se dan las circunstancias que las hacen oportunas.
Podríamos empezar preguntándonos si un presidente regional debe tener una ‘política exterior’ propia. Tal cosa sería inconcebible, desde luego, en lo que Cervantes llamaba «repúblicas bien concertadas»; pero en una casa de tócame Roque como el malhadado Régimen del 78 ya sabemos que cada quisque hace lo que le sale del toto, y si el quisque además es polaquito puede montar embajadas por doquier y hasta promocionar el separatismo a cargo del erario español. Por lo demás, la ‘política exterior’ que han promovido sucesivos gobiernos durante el malhadado Régimen del 78 ha sido siempre inepta y profundamente antitradicional, muy especialmente en lo que se refiere a nuestras relaciones con la América hispánica; así que, al menos en este extremo, Ayuso no ha hecho sino echar su cuarto a espadas en una olla podrida donde se alternan el seguidismo cipayo a los gringos y la sórdida asunción de bazofias indigenistas y ‘descolonizadoras’. En este sentido, el cuarto a espadas de Ayuso podría considerarse, siquiera en el plano de las intenciones, menos dañino que los planteamientos siempre nefastos de nuestra ‘política exterior’.
Ayuso defendió en México «cinco siglos de mestizaje» caracterizados por «la esperanza y la alegría», frente a «los discursos de odio que dividen», al tiempo que ensalzó la figura de Hernán Cortés con una retórica ‘naïve’ que en un México envenenado de propaganda antiespañola resulta por completo suicida. Ignoramos si Ayuso resolvió actuar así por ingenuidad párvula o por inconsciencia jaque, o si lo hizo enviscada insensatamente por sus jaleadores, o empachada por la cursilería ‘kitsch’ que su artista áulico Nacho Cano despliega en el musical ‘Malinche’; pero el resultado se asemejó un poco a esos chistes gamberros en los que un ‘echao p’alante’ solicita que le sostengan el cubata, para acometer alguna machada. Desde luego, existen muchas razones de peso para combatir la Leyenda Negra y los dislates urdidos sobre la Conquista de América por el indigenismo, el telurismo o la bazofia ‘woke’; y combatir tales morrallas en México exige, además, muchos arrestos. Pero para internarse en un avispero de tamaño calibre hay que estar dotado de una munición de conocimientos históricos, filosóficos y hasta teológicos de la que Isabel Díaz Ayuso no dispone, ni tiene por qué disponer; y también de mucha mano izquierda para no pisar callos ni dar armas al enemigo. Una mezcla –en fin– de tacto y sabiduría que no está al alcance de cualquiera.
Para responder al elogio que Ayuso hizo de Hernán Cortés Sheinbaum enarboló una provisión del Consejo Real de Indias, firmada en Valladolid en 1548, en la que se urgía a Hernán Cortés a liberar a unos indios que había esclavizado. Un papelorio que Sheinbaum no habría exhumado si Ayuso hubiese hecho una defensa atinada de la labor de España en América; pues se trata de una prueba aplastante del escrúpulo moral y legal con que obraron los reyes españoles. En una de sus gloriosas terceritas de ABC, José María Pemán abroncaba a cierta derecha de rompe y rasga que, «con su evocación idolátrica de cuatro o cinco cosas» y sus «posturas unilaterales y falsas», se pone a «canonizar, o poco menos, a todos nuestros conquistadores», sin referirse a sus abusos. «A los conquistadores, geniales como tipos humanos –escribe el finísimo Pemán–, no hay que divinizarlos, sino entenderlos. […] Luego, en la práctica ordinaria, muchos de estos hombres se extralimitaban en su oficio y eran crueles o ambiciosos. Bien. ¿Pero no son también españoles los fiscales que los denunciaron? ¿No son también españoles los reyes, arzobispos y jurisconsultos que les dictaron unas normas tan humanísimas para su obra? ¿Por qué hemos de empeñarnos los españoles en ser nada más que hijos de los Alvarados y Pizarros y no de los Motolinias y Las Casas?». Y concluía Pemán que esta actitud acababa a la postre beneficiando a los propagadores de la Leyenda Negra, que con tal de «maldecir de nuestros conquistadores y en general de nuestra tradición», se apropiaban de estos «frailecitos y arzobispos gruñones y denunciadores», utilizándolos de forma torticera para llevar el agua a su molino.
El papelorio enarbolado por Sheinbaum para refutar demagógicamente el discurso ‘naïve’ de Ayuso demuestra, desde luego, que en la empresa civilizadora de la Conquista de América afloraron conductas criminales; algo inevitable en cualquier empresa acometida por hombres. Pero la acción de España en América no puede definirse por los atropellos que tal o cual conquistador pudiese perpetrar, sino por los principios que la sustentaban. Tales atropellos fueron denunciados por –citamos de nuevo a Pemán– «frailes tozudos y valientes que les reñían y les daban azotes con sus correas y cíngulos», y castigados por los reyes españoles, atendiendo a unos principios admirables nacidos de la teología católica (nada que ver con esa ‘libertad’ del liberalismo que constantemente invoca Ayuso). En resaltar esos principios y sus plasmaciones legales e institucionales debe fundarse la defensa de la acción de España en América. Una lástima que Ayuso no cuente entre sus consejeros con españoles tan finos como José María Pemán, que se negarían a sostenerle el cubata y le recordarían, citando al Ingenioso Hidalgo, que «la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia se llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena fortuna que a su ánimo». Una mujer tan animosa como Isabel Díaz Ayuso no merece depender de la voltaria fortuna, que tarde o temprano acaba dándonos la espalda.

