Occidente se fractura: Europa y Ucrania ante una guerra sin mando único – Por Marcelo Ramírez

Por Marcelo Ramírez

La guerra de Ucrania abrió una fractura que muchos todavía no quieren mirar de frente o simplemente no consiguen concebir por lo anómala que les parece. Durante décadas, el análisis cómodo fue repetir la fórmula conocida: Estados Unidos enfrenta a Rusia, la Organización del Tratado del Atlántico Norte vs Rusia y anteriormente la URSS.

Ese esquema binario todavía funciona en parte, pero ya no alcanza para explicar lo que está ocurriendo hoy en día. Hay una fisura dentro del propio bloque occidental que amenaza en transformarse en una brecha con otros protagonistas. Una tensión creciente entre el sector estadounidense identificado con Make America Great Again, más nacional, transaccional, industrialista y brutalmente orientado al costo-beneficio que ha llevado a Trump al poder aunque cada vez hay más inconformidad con el mandatario anaranjado, y el globalismo occidental clásico, que conserva su centro burocrático en Bruselas, su memoria estratégica, es decir, su cerebro, en Londres, sumado al aparato cultural en las instituciones liberales europeas y su lenguaje moral en la vieja retórica del “orden internacional”.

El llamado “Occidente colectivo” empieza entonces a dejar de ser un bloque homogéneo. La expresión sigue sirviendo para describir una estructura de poder, pero ya no lo describe como una voluntad única porque Estados Unidos, bajo la lógica America First, pretende que Europa pague más, compre más armas estadounidenses, asuma más costos y se subordine de manera más explícita a las prioridades de Washington. Europa, por su parte, comienza a entender que esa subordinación ya no le garantiza protección ilimitada, y que si el paraguas norteamericano se vuelve condicional, caro o inestable, deberá avanzar hacia una arquitectura militar propia. Ahí aparece el verdadero punto delicado, Europa no estaría simplemente obedeciendo a Washington como ha sucedido durante la segunda mitad del siglo XX, sino intentando transformar la guerra de Ucrania en el fundamento político de una nueva soberanía militar europea.

Ese movimiento no nació de un discurso aislado, ya en la Declaración de Versalles de marzo de 2022, los líderes europeos hablaban de asumir mayor responsabilidad sobre su propia seguridad, reforzar sus capacidades de defensa y aumentar su capacidad de acción autónoma. En esa época, Joe Biden era el presidente, pero presentaba serios problemas de gobernabilidad interna y se podía entrever el ascenso de Trump o de algún otro representante de la cosmovisión MAGA. Más adelante, con el Libro Blanco de Defensa y los planes de rearme proyectados hacia 2030, la Unión Europea empezó a formalizar una orientación que hasta hace poco era presentada como impensable: cerrar brechas militares, financiar capacidades estratégicas, aumentar la producción industrial de defensa, sostener a Ucrania y preparar al continente para escenarios de confrontación de alta intensidad eligiendo a Rusia como enemigo.

Durante la etapa posterior a 1991, el eje parecía claro con la imposición del globalismo como ideología hegemónica. En ella, Estados Unidos dirigía el bloque atlántico, Europa ocupaba una posición subordinada pero protegida, y Rusia era tratada como el adversario estructural que justificaba la continuidad de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. La arquitectura tenía sus piezas: bases militares estadounidenses, dólar, sanciones, integración financiera occidental, medios globales, organismos multilaterales, doctrina liberal, expansión hacia el Este y una narrativa moral que convertía los intereses geopolíticos en supuestas cruzadas civilizatorias. El mundo se arrastraba hacia una gran confrontación entre Occidente y Rusia, en primer lugar, y luego contra China. En ese marco la aparición de Trump y del fenómeno MAGA introduce una contradicción interna en ese edificio. Para el globalismo clásico, Estados Unidos debía seguir pagando el costo militar, financiero y diplomático del liderazgo occidental y la confrontación con Rusia era inevitable. El globalismo buscaba un gobierno mundial en manos de corporaciones y un plan radical de reorganización social que adecuara el mundo a las nuevas tecnologías que se podían ver en el horizonte. Si era necesario para ello una gran guerra nuclear entre potencias, eso sería el destino porque quebraría los grandes Estados y se abriría el paso hacia un gobierno mundial con las características mencionadas.

Para MAGA, ese esquema se volvió una carga. Europa paga poco, recibe protección, compite industrialmente, predica moral liberal, compra energía cuando le conviene, sanciona cuando la obligan y después pretende que Washington siga cubriendo la factura. El esquema de guerras interminable y reconstrucciones posteriores costeadas por el erario público estadounidense alimentaba un déficit que minaba la economía del gigante americano.

Por eso Trump no representa solamente un cambio de estilo, es una ruptura doctrinaria parcial. No abandona la lógica imperial norteamericana, pero sí rechaza la forma liberal-universalista que tomó el imperio después de la caída soviética. Para el nuevo esquema la hegemonía necesitaba ser rentable. Para ello hay que salir de los conflictos mundiales, hacer que los aliados paguen los costos militares con una industria militar estadounidense que facture. La política exterior debe servir a intereses norteamericanos directos y no a abstracciones como “valores democráticos”, “orden liberal internacional” o “gobernanza global”. El imperio no desaparece; se vuelve contable, se reafirma. La cruzada moral se desplaza por contratos reales y la alianza se convierte en facturación para que el modelo trumpista sea sustentable.

El compromiso de la Organización del Tratado del Atlántico Norte de elevar el gasto militar hacia niveles inéditos confirma que la presión norteamericana sobre Europa no es una simple bravuconada electoral. Se traduce en una nueva pauta estructural de militarización, pero el resultado puede volverse ambiguo para Washington. Si Europa aumenta su gasto, reconstruye su industria militar, fortalece sus cadenas regionales de producción, financia infraestructura estratégica, desarrolla movilidad militar, defensa aérea, drones, ciberseguridad y capacidades espaciales, deja de ser solamente un cliente subordinado y empieza a convertirse en un actor político y militar con ambición propia. Y cuando un subordinado comienza a armarse, la relación con el jefe deja de ser puramente vertical. El globalismo corrido de EEUU por Trump encuentra las condiciones propicias para conformar un nuevo polo de poder territorial en Europa.

Si Estados Unidos versión MAGA abandona parcialmente el globalismo liberal, ese globalismo no desaparece y se reubica en su espacio natural que es Europa. No necesariamente por la aprobación de los pueblos europeos, que padecen inflación, crisis energética, deterioro industrial, presión fiscal, migración desordenada, inseguridad, pérdida de cohesión social y descrédito creciente de sus élites. El núcleo real está en las burocracias de Bruselas, en las redes financieras, en las viejas capitales imperiales, en los servicios de inteligencia, en los grandes medios, en las fundaciones, en los organismos transnacionales y en toda esa clase dirigente que durante décadas vivió de presentar a Occidente como una misión moral universal.

La rusofobia aparece entonces como el cemento político. Europa necesita un enemigo externo para justificar tres procesos simultáneos. El primero es el disciplinamiento interno, porque cuando las sociedades empiezan a desconfiar de sus dirigentes, el poder necesita trasladar la causa del mal hacia afuera. La crisis energética deja de ser el resultado de decisiones suicidas y se transforma en sacrificio por la libertad. así como la desindustrialización deja de ser una consecuencia de políticas absurdas y pasa a ser costo inevitable de la defensa de Ucrania. La pérdida de soberanía deja de ser sometimiento burocrático y se presenta como una unidad continental frente a Moscú.

Segundo, el rearme. Ningún pueblo europeo aceptaría fácilmente una transferencia gigantesca de recursos que hace a su alto nivel de vida hacia su defensa, vigilancia, industria militar, infraestructura estratégica y producción de armamento, si no se lo convenciera antes de que vive al borde de una invasión rusa. La amenaza externa funciona como llave presupuestaria que abre cajas, destraba fondos, legitima deuda, permite recortes sociales y convierte a la industria militar en motor de integración política.

Tercero, la subordinación de los disidentes internos. Todo dirigente, partido, periodista, académico o ciudadano que cuestione la guerra, las sanciones, la expansión militar o la obediencia a Bruselas puede ser señalado como funcional a Moscú. La etiqueta de “prorruso” ya no describe necesariamente una posición geopolítica y funciona como mecanismo de clausura del debate. Es una forma de censura moral que no refuta, solo marca sin discutir y así deslegitimar al enemigo.

En ese marco, Ucrania deja de ser solamente un país en guerra y se convierte en un dispositivo jurídico, militar, logístico y narrativo que permite a Occidente hacer cosas que antes no podía hacer de manera directa. Ucrania sirve para ensayar armas, desplegar sistemas, probar doctrinas, revender material, entrenar cuadros, experimentar escaladas y atribuir operaciones a un tercero formalmente soberano. Esa es la lógica de la guerra indirecta moderna donde Las grandes potencias nucleares evitan el choque frontal porque conocen el riesgo de una escalada estratégica, pero desplazan la confrontación hacia territorios interpuestos, contratistas, servicios de inteligencia, sabotajes, drones, operaciones cibernéticas, sanciones, guerra informativa y armamento suministrado a terceros.

La novedad es que Ucrania permite desdibujar la autoría puesto que un ataque puede ejecutarse con inteligencia occidental, satélites occidentales, financiamiento europeo, componentes fabricados fuera de Ucrania mas una planificación técnica extranjera y narrativa pública ucraniana. Formalmente, queda bajo bandera de Kiev pero estratégicamente, puede responder a intereses de Londres, Bruselas, Varsovia, Washington o una combinación de todos ellos. Ese mecanismo altera la vieja lógica de disuasión de la Guerra Fría, que definía que si un misil salía de una base estadounidense, Moscú sabía a quién atribuirlo. Por el contrario, si salía de una base soviética, Washington sabía a quién responder. Hoy la cadena puede quedar oscurecida: drones de origen mixto, misiles modificados, inteligencia compartida, empresas privadas, operadores extranjeros, piezas tercerizadas, mando encubierto y responsabilidad política depositada sobre Ucrania.

Por eso la idea de Ucrania como “arma milagrosa” puede sonar exagerada, pero el concepto de fondo es útil porque Ucrania se convirtió en una herramienta de elasticidad estratégica que permite aumentar el nivel de agresión sin asumir de inmediato el costo de una guerra directa entre Rusia y la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Ese es el fusible del sistema que absorbe la explosión inicial, permite medir la reacción rusa y conserva para las potencias occidentales un margen de negación.

El problema es que esa elasticidad tiene límites. Una cosa es usar Ucrania para desgastar a Rusia, y otra muy distinta es empujar la guerra hacia una zona donde Moscú considere que ya no enfrenta a Kiev, sino a una red occidental distribuida que utiliza a Kiev como máscara operativa. Cuando la autoría se vuelve ambigua, la disuasión se deteriora y si ellos sucede la disuasión se deteriora entre potencias nucleares, la estabilidad estratégica deja de depender de tratados y empieza a depender de percepciones, nervios, cálculos incompletos y decisiones tomadas bajo presión.

Aquí aparece entonces una paradoja incómoda que es que la Organización del Tratado del Atlántico Norte, pese a su hostilidad estructural hacia Rusia, podría ser vista desde Moscú como un mal menor frente a una Europa militarizada sin control pleno de Washington. La OTAN clásica, bajo mando estadounidense, era agresiva, expansiva y antirrusa, pero su conducción central estaba en Washington, y Washington conocía el costo de una guerra nuclear directa. Estados Unidos podía utilizar Ucrania para desgastar a Rusia, pero no necesariamente para provocar un choque frontal que derivara en destrucción mutua. Una Europa autonomizada, alimentada por burocracias ideologizadas, élites desprestigiadas y complejos industriales necesitados de presupuesto, podría convencerse de que una escalada limitada, tecnificada, tercerizada y políticamente encubierta permitiría forzar a Rusia sin activar una respuesta nuclear total.

Ese cálculo es altamente peligroso dado que la disuasión busca impedir el choque directo y la guerra administrada pretende empujar ese límite sin cruzarlo del todo, sin que nadie controla perfectamente el límite. Una operación de falsa bandera, un ataque contra infraestructura crítica rusa, una acción sobre Crimea, una provocación en Kaliningrado, un sabotaje nuclear, un misil de atribución ambigua o una operación encubierta demasiado audaz, pueden generar una respuesta rusa que Europa no esté preparada para absorber. La historia está llena de élites convencidas de que podían controlar incendios que después terminaron quemando la casa propia entera.

En este panorama surgen sospechas rusas sobre eventuales preparativos nucleares europeos deben leerse dentro de ese clima de desconfianza estratégica. Moscú observa laboratorios, cadenas industriales, capacidades técnicas, plantas de enriquecimiento, cooperación logística entre empresas europeas y discusiones políticas sobre disuasión nuclear continental. Algunas afirmaciones procedentes de servicios rusos deben ser tratadas como advertencias estratégicas, no como hechos plenamente comprobados por fuentes independientes. Lo verificable en términos políticos en que Europa ya tiene dos potencias nucleares, Francia y Reino Unido, y la discusión sobre una disuasión nuclear europea ganó fuerza ante la posibilidad de una menor protección estadounidense. El vector existe. La pregunta es hasta dónde llegará.

El mundo que se insinúa ya no puede reducirse a dos bloques y aparecen en consecuencia al menos cuatro grandes polos en tensión. Primero, Estados Unidos bajo lógica MAGA: nacionalista, transaccional, imperial, pero no globalista en el sentido liberal clásico. Quiere controlar rutas, recursos, energía, tecnología, inteligencia artificial, defensa, moneda y cadenas estratégicas, pero con menor disposición a subsidiar aliados que considera ingratos o parasitarios. Segundo, Europa globalista: burocrática, liberal, tecnocrática, rusófoba, necesitada de una narrativa moral para justificar su poder y cada vez más inclinada a convertir la guerra en motor de integración política.

Tercero, Rusia: potencia continental, militar, energética y nuclear, convencida de que la expansión occidental constituye una amenaza existencial y de que los acuerdos con Occidente carecen de valor si no están respaldados por fuerza material.

Cuarto y último, China y el bloque multipolar ampliado que no son aliados absolutos de Rusia en todos los planos, pero sí beneficiarios estratégicos de la fractura occidental, porque cada contradicción entre Washington y Bruselas, cada error europeo y cada desgaste militar de la OTAN acelera la transición hacia un orden menos occidental.

La ruptura entre MAGA y el globalismo no pacifica automáticamente el mundo y puede volverlo más inestable porque antes había una cadena de mando occidental más clara pero ahora pueden coexistir varias fracciones disputando la orientación de la guerra: Washington, Londres, Bruselas, Varsovia, París, Berlín, Kiev, los servicios de inteligencia, las empresas militares, los complejos industriales y las redes financieras. Eso dificulta cualquier negociación seria, porque ya no alcanza con saber qué quiere Estados Unidos. También hay que saber qué quiere Europa, qué quiere Londres, qué busca Kiev, qué calculan los halcones de Varsovia, qué tolera Berlín, qué pretende París y qué operaciones se realizan por debajo del nivel visible de la política formal.

La clave de esta nueva etapa es comprender que el conflicto ya no debe leerse como simple continuidad de la Guerra Fría. En esa Guerra Fría había dos bloques, dos centros de mando, dos doctrinas nucleares y una racionalidad compartida de supervivencia, sin embargo hoy el viejo Occidente se está partiendo por dentro. Una parte de Estados Unidos quiere retirarse del costo del globalismo, pero no del poder imperial y una parte de Europa quiere emanciparse de Washington, pero no para construir la paz, sino para conservar el proyecto globalista bajo conducción europea. Allí Ucrania aparece como el territorio donde esa contradicción se prueba, se financia y se radicaliza.

La questión de fondo ya no es solamente si Rusia puede enfrentar a la OTAN sino es si Rusia está entrando en una guerra contra una estructura occidental que ya no tiene mando único y que, precisamente por eso, puede volverse más peligrosa. Cuando el poder se fragmenta, la responsabilidad también se fragmenta y cuando nadie quiere aparecer como autor directo de la escalada, todos creen que pueden empujar un poco más sin pagar el precio completo.

Ese es el riesgo real: una Europa debilitada socialmente, gobernada por élites sin legitimidad popular profunda, necesitada de un enemigo externo y empujada por su propio complejo militar-industrial, podría intentar convertir la guerra contra Rusia en el acto fundacional de una nueva soberanía europea. Pero no sería la soberanía de los pueblos. Sería la soberanía de las burocracias, los bancos, los laboratorios estratégicos, los servicios de inteligencia, las plataformas de propaganda y las industrias de defensa.

La ruptura entre MAGA y el globalismo occidental no elimina el peligro de guerra. Lo redistribuye. Estados Unidos puede querer cobrar por proteger. Europa puede querer armarse para no obedecer. Ucrania puede seguir funcionando como máscara operativa mientras que Rusia, enfrentada a un enemigo menos centralizado, más ideologizado y más difícil de atribuir, puede llegar a considerar que la ambigüedad occidental ya no es una cobertura tolerable, sino una amenaza directa.

La vieja fórmula era sencilla de comprender, Estados Unidos contra Rusia. La nueva fórmula puede ser más peligrosa y requiere un mayor esfuerzo, una facción estadounidense que quiere retirarse del costo del imperio liberal sin abandonar el poder imperial, simultáneamente una Europa globalista que pretende heredar la maquinaria occidental bajo su propio mando. Ucrania, o lo que queda de ese país, fue convertida en un fusible de operaciones ajenas con una Rusia obligada a decidir si todavía enfrenta una alianza militar convencional o una red de guerra distribuida que avanza por capas, por proxies, por servicios, por empresas, por laboratorios, por satélites, por bancos y por propaganda. Esa guerra, precisamente porque no tiene un rostro único, puede ser más difícil de detener.

Marcelo Ramírez
Analista geopolítico | AsiaTV – Humo y Espejos

Analista geopolítico, escritor y conferencista argentino especializado en análisis geopolítico y militar, conflictos contemporáneos y dinámica del mundo multipolar. Fundador y director de AsiaTV y creador de la plataforma de análisis estratégico Humo y Espejos. Autor del libro La OTAN contra Rusia. Propaganda y guerra híbrida (Editorial Letras Inquietas, 2022). Cofundador de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI), iniciativa orientada a fortalecer el diálogo estratégico entre el mundo ruso y la comunidad iberófona.

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