Esclavos del miedo – Por Juan Manuel de Prada


Por Juan Manuel de Prada

«El miedo que tienes –le dice don Quijote a su escudero– te hace, Sancho, que ni veas ni oigas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son». Esta capacidad turbadora del miedo ha sido siempre aprovechada por los tiranos para favorecer el sometimiento de las masas; sin embargo, nunca se ha utilizado más inteligentemente que en nuestra época. Pues los tiranos antañones recurrían al miedo como recurso coercitivo, empleando métodos tan rudimentarios como la coacción o la amenaza; los tiranos hodiernos, en cambio, utilizan formas mucho más sibilinas y manipuladoras.

Una de las formas más eficaces de instilar el miedo a las muchedumbres, sin necesidad de coaccionarlas ni amenazarlas, es lo que Naomi Klein llamó la «doctrina del shock», que consiste en aprovechar las calamidades y las tragedias (a veces fortuitas, a veces provocadas) para imponer mediante una política de hechos consumados las pretensiones del tirano. Pero la ‘doctrina del shock’ exige ir cambiando a cada poco de calamidad, para mantener en vilo a las masas: epidemias reales o ficticias, catástrofes variadas atribuidas al cambio climático, guerras ajenas y remotas en las que sin embargo se nos obliga a tomar partido, etcétera. Se trata de mantener a las masas en un perenne estado de miedo colectivo, para que los amos del cotarro puedan hacer y deshacer a su antojo, logrando además que la satisfacción de sus intereses aparezca ante los ojos de la multitud atemorizada como el único remedio salvador.

Pero el miedo no se infiltra en nuestras vidas tan sólo a través del recurso a la ‘doctrina del shock’. Si reparamos en las relaciones económicas vigentes observaremos que el miedo es el único motor –la auténtica ‘mano invisible’– que las rige; un miedo nacido de la incertidumbre y la inseguridad. Los economistas liberales sostienen que el interés propio es la ‘mano invisible’ que rige las relaciones económicas. Pero lo cierto es que la inmensa mayoría de los mortales no rigen sus relaciones económicas por el interés propio, sino por el miedo. No elegimos una determinada formación por interés propio, sino por miedo a fracasar en nuestras aspiraciones, por miedo a elegir otra mucho más acorde con nuestras inclinaciones que sin embargo carece de salidas profesionales. No aceptamos un trabajo horrendo por interés propio, sino por miedo al paro, por miedo a rechazar una oferta que tal vez mañana añoremos, por miedo a no cotizar lo suficiente para cobrar una jubilación, por miedo a dejar impagada la hipoteca que hemos suscrito con el banco. No aceptamos que las condiciones laborales sean cada vez más precarias por interés propio, sino por miedo al despido o a tener que buscar otro empleo con condiciones todavía peores, por miedo a que nos embarguen o desahucien. Y, desbordando el ámbito puramente economicista (aunque tristemente ligado a él, sobre todo en la tiranía vigente), el miedo también está en la raíz de muchas decisiones vitales funestas, aunque tratemos de disfrazarlo de interés personal (aunque nos hayan convencido de que lo hacemos por interés personal): en la ‘decisión’ de no tener un piso en propiedad, en la ‘decisión’ de no formar una familia, en la ‘decisión’ de no tener descendencia, etcétera.

Y, cuando nos vamos haciendo viejos, nos meten miedo con la pensión que no sabemos a cuánto ascenderá, que no sabemos cuándo recibiremos, que no sabemos ni siquiera si recibiremos; y todas esas incertidumbres, alimentadas por el miedo, nos convierten en gurruños de carne maleable y genuflexa que actuarán siempre según convenga al tirano. Porque, cuando el miedo anega nuestro cerebro reptiliano, se turban por completo nuestros sentidos, se ofusca nuestro discernimiento bajo los efectos de la ansiedad y el pánico; y los tiranos pueden entonces convencernos de lo que les plazca. Como señalaba socarronamente el abuelito Soros en una entrevista, «aquello que en una situación de normalidad sería inconcebible, no sólo se vuelve posible, sino que de hecho ocurre cuando la gente está desorientada y asustada». Las sociedades convertidas en rebaños de gente desorientada y asustada pueden aceptar delirios inconcebibles; pueden acatar humillaciones sórdidas; pueden asumir como verdades incontrovertibles las paparruchas más grotescas, siempre que vengan convenientemente rebozadas de datos estadísticos, de dictámenes cientificistas, de opiniones de ‘expertos’. Somos esclavos del miedo; pero no es un miedo que actúe a través de amenazas y coerciones, sino de un modo infinitamente más sutil. Y no podremos liberarnos del yugo de la tiranía mientras no nos lo sacudamos.

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