
Por Marcelo Ramírez
Israel suele ser analizado desde las categorías habituales de la geopolítica moderna como la seguridad nacional, alianza con Estados Unidos, presión del lobby en Washington, conflicto con Irán, control de Gaza, expansión en Cisjordania, inteligencia militar, tecnología, energía, rutas regionales y rivalidad con el mundo islámico. Todas esas dimensiones existen y son decisivas, pero no alcanzan para comprender la conducta del Israel actual, especialmente desde el ascenso de las corrientes religiosas, nacionalistas y mesiánicas que hoy tienen peso real dentro de su estructura de poder.
Hay una capa más profunda que Occidente tiende a dejar fuera de sus análisis por su propia matriz laica cargada de prejuicios en la academia, que es la dimensión político-teológica. Una parte del bloque gobernante israelí no interpreta el territorio, ni la guerra, Jerusalén, Gaza, Cisjordania, el Monte del Templo, el enemigo islámico y la soberanía nacional, únicamente desde las categorías del Estado moderno. Lo hace desde una lectura bíblica de la historia judía, de la tierra prometida, de la elección divina, del destino nacional y de la restauración de una soberanía que considera anterior y superior al derecho internacional contemporáneo.
Sin esa capa, muchas decisiones israelíes parecen desmesuradas, imprudentes o directamente incomprensibles, pero si sumamos al análisis esa capa, no necesariamente se vuelven justificables, pero sí se vuelven más inteligibles para el occidental promedio. La política israelí actual no puede ser leída, en consecuencia, solo como cálculo militar o administración del conflicto. En determinados sectores de su dirigencia, aparece una convicción de destino que convierte la seguridad en misión, el territorio en promesa, la expansión en restauración y la guerra en una prueba histórica.
El judaísmo no es una identidad simple ni puede reducirse a una etnia sino algo muy complejo de definir y no exento de polémicas. Es religión, ley, memoria, pueblo, diáspora, tradición familiar, cultura histórica, lengua litúrgica y pertenencia civilizatoria. Asimismo dentro del judaísmo conviven corrientes seculares, religiosas, ortodoxas, ultraortodoxas, liberales, conservadoras, antisionistas, nacionalistas y mesiánicas, muchas veces profundamente enfrentadas entre sí o con asociaciones cambiantes. Por eso el punto no es hablar del judaísmo como totalidad, ni atribuir a todos los judíos una misma mirada sobre Israel, la guerra o el territorio. El objeto de análisis es más preciso y se centra en la corriente sionista religiosa, nacionalista y mesiánica que en los últimos años ganó una influencia extraordinaria sobre el rumbo del Estado israelí.
Esa corriente no representa a todo el judaísmo, pero sí representa una porción cada vez más influyente del poder israelí. Su importancia no está solo en su número absoluto, sino en su capacidad de condicionar coaliciones, fijar agenda, presionar sobre Gaza y Cisjordania, avanzar sobre la Explanada de las Mezquitas o Monte del Templo, empujando la anexión territorial y transformando una guerra política en una cuestión de destino histórico que cambia el status del hecho.
Desde una lectura laica, Israel actúa para garantizar seguridad, disuasión, control territorial y supervivencia estatal, esa es la mirada habitual. Sin embargo, desde una lectura mesiánica que queremos incorporar, Israel no solo defiende fronteras sino que lo que realiza es el cumplimiento de una promesa. Allí es donde se produce el salto conceptual que muchas veces el análisis occidental omite. La Tierra de Israel deja de ser simplemente un territorio disputado y pasa a ser una herencia bíblica, con una Jerusalén que deja de ser únicamente una capital política y vuelve a presentarse como centro sagrado. Entonces naturalmente Cisjordania deja de ser solo una zona ocupada y es nombrada como Judea y Samaria, Gaza deja de ser únicamente un problema militar y puede convertirse, para determinados sectores, en un espacio a recuperar, vaciar, controlar o repoblar según una lógica de soberanía total. No hay nada que negociar si Dios es quien dictamina, según esgrimen estos sectores.
Desde esta perspectiva, el Monte del Templo tampoco es un sitio religioso más porque para el judaísmo tiene una centralidad espiritual absoluta, y para el islam la Explanada de las Mezquitas es uno de sus lugares sagrados más sensibles. Allí no se discute solo quién entra, quién reza o quién administra un espacio, se discute quién tiene la última palabra sobre el corazón simbólico de Jerusalén. Por eso cada visita, cada gesto de soberanía, cada alteración del statu quo y cada intervención policial tiene una carga explosiva que excede por completo la seguridad cotidiana.
El cambio de lenguaje modifica la conducta política. Cuando el territorio es negociable, la diplomacia conserva margen de acción, pero si ese territorio es parte de una mandato divino, la negociación puede ser leída como traición. Entonces, cuando el adversario es un actor político, la guerra admite límites, acuerdos y mediaciones, pero si ese mismo adversario es interpretado como una amenaza histórica o espiritual, el conflicto se endurece hasta volverse absoluto.
La idea de pueblo elegido tiene un sentido religioso complejo dentro del judaísmo. En su forma clásica implica alianza, responsabilidad, ley, obligación y juicio, aunque tal vez no significa necesariamente una licencia para actuar sin límite. El problema se nos presenta cuando esa idea es absorbida por un Estado moderno militarizado que lo transforma en un excepcionalismo político. Allí la elección deja de funcionar como responsabilidad ante Dios y pasa a operar como inmunidad histórica.
Bajo esa lógica, Israel no es un Estado más, su seguridad no sería comparable con la seguridad de otros Estados como tampoco su sufrimiento no sería equiparable al sufrimiento de otros pueblos. Una cambio que acompaña esta situación es que su derecho al territorio no dependería de tratados, resoluciones, acuerdos o consensos internacionales, sino de una legitimidad superior. También registramos que sus enemigos no serían apenas adversarios políticos, sino amenazas existenciales contra una misión histórica. Desde esa premisa, la desproporción puede bien presentarse como una necesidad, la expansión como restauración, la ocupación como soberanía legítima y la desobediencia al mundo como fidelidad a una verdad anterior y superior al mundo terrenal.
El sionismo religioso-mesiánico no debe ser tratado como una simple religiosidad privada. sino como una ideología política que une Biblia, Estado, ejército, asentamientos, demografía, soberanía y redención histórica. Su núcleo afirma que la tierra pertenece al pueblo judío por derecho histórico, religioso y bíblico; que el retorno judío no es solo un proceso nacional moderno, sino parte de una historia sagrada; que la cesión territorial mutila esa historia y que la existencia de una soberanía palestina entre el Jordán y el Mediterráneo resulta incompatible con la soberanía judía plena otorgada por Dios.
Los asentamientos, bajo esa mirada, no son únicamente colonias estratégicas sino hechos políticos con sentido redentor. La guerra no es solo defensa frente a una amenaza, sino oportunidad para consolidar soberanía mientras la legalidad internacional ocupa un lugar secundario frente al derecho bíblico-histórico. Por eso ciertos dirigentes israelíes no buscan simplemente seguridad sino que buscan una definición cerrando el conflicto mediante victoria, asentamiento, anexión, desplazamiento o reducción de la población palestina a una existencia subordinada, fragmentada y sin soberanía nacional propia.
El problema concreto no se formula necesariamente como un derecho universal a dominar el mundo. En el caso israelí actual podemos afirmar que es el derecho de soberanía judía sobre la tierra bíblica y la subordinación política de quienes no forman parte de ese pueblo dentro de ese espacio. El no judío puede ser tolerado como individuo, trabajador, residente, minoría administrada o población local, pero no como sujeto nacional con derecho equivalente a disputar la soberanía sobre la misma tierra, una distinción que es clave.
El conflicto no se reduce a una definición de racismo vulgar, aunque pueda contener formas abiertas de desprecio étnico o religioso. Hay una arquitectura teológico-política donde el pueblo judío aparece como titular último de la promesa y los actores no judíos quedan ubicados en una posición secundaria. Pueden vivir, comerciar, trabajar o incluso recibir ciertos derechos individuales, pero no disputar el sentido final de la tierra ni la soberanía sobre ella. Para esta corriente, el nacionalismo palestino no es una aspiración política legítima equivalente, sino una negación de la promesa judía sin equivalencias morales.
La guerra en Gaza y la expansión en Cisjordania deben leerse también desde esta matriz. Desde el realismo geopolítico clásico, Israel busca destruir capacidades de Hamás, asegurar fronteras, controlar corredores, evitar ataques futuros y preservar su capacidad de disuasión. Nada nuevo, pero desde el sionismo religioso-mesiánico, la guerra abre una oportunidad histórica para redefinir la relación entre el Estado judío y la totalidad del territorio. Lo que para algunos sería una administración militar provisional, para esta corriente debe convertirse en una reocupación que no duda en transformarse en expulsión, asentamiento o rediseño demográfico.
Por eso las propuestas de “migración voluntaria”, “reubicación”, “administración civil”, “zonas de seguridad” o “anexión gradual” no deben leerse solo como improvisaciones nacidas de la guerra. Pertenecen a una visión anterior de quebrar la aspiración nacional palestina y consolidar una soberanía judía irreversible. La guerra, en ese marco, no aparece únicamente como respuesta a una agresión, sino como ocasión para resolver por la fuerza una disputa histórica que la diplomacia internacional mantuvo abierta durante décadas.
El lugar donde esta capa de análisis se vuelve más evidente es Jerusalén porque para una diplomacia laica, el Monte del Templo o Explanada de las Mezquitas es un problema de administración religiosa, seguridad y status quo a resolverse considerando que para el mundo islámico, es uno de sus centros sagrados. No obstante, para sectores mesiánicos judíos, es el lugar de una restauración pendiente. Allí, cualquier modificación puede convertir una disputa nacional en guerra religiosa abierta, unir actores islámicos divididos en otros planos y destruir equilibrios diplomáticos con Jordania, Egipto, Arabia Saudita y buena parte del mundo musulmán.
Lo que resulta incomprensible desde la visión laica occidental es por qué algunos dirigentes parecen dispuestos a acercarse a ese borde. La respuesta no se puede ver desde esta visión sino desde la mesiánica, que no es solo la provocación o la disputa interna por votos. Para estos sectores radicalizados judíos, tocar ese punto no es una imprudencia gratuita, sino una afirmación de soberanía sagrada y allí la prudencia diplomática es vista como debilidad despreciable y el gesto religioso es una prueba de fidelidad nacional.
Cuando dirigentes israelíes recurren a figuras bíblicas como Amalek, tampoco están usando un lenguaje neutral porque están insertando la guerra contemporánea dentro de una memoria sagrada judía. Amalek no es simplemente un enemigo antiguo puesto que en la tradición bíblica representa al enemigo que ataca al pueblo de Israel en su vulnerabilidad. En el lenguaje político moderno, invocar esa figura coloca al adversario en una categoría moral absoluta y ya no aparece solo como rival militar o político, sino como encarnación de un mal histórico a combatir.
Ese tipo de lenguaje tiene efectos concretos reforzando la percepción de guerra existencial, deshumaniza al enemigo, estrecha el margen de negociación y convierte el conflicto en continuidad de una batalla ancestral. Aun cuando se lo presente como metáfora, su potencia política es real, la guerra deja de ser un hecho contingente y pasa a formar parte de una cadena sagrada de supervivencia histórica.
Israel proyecta así dos imágenes que parecen contradictorias, pero que funcionan juntas. Hacia Occidente liberal se presenta como democracia moderna, tecnológica, plural, feminista, diversa, tolerante y compatible con las agendas culturales contemporáneas frente a un entorno islámico caracterizado como atrasado, autoritario y religioso. Hacia su base nacional-religiosa se presenta como Estado judío, heredero de la tierra bíblica, defensor de Jerusalén, continuador de una promesa histórica y barrera contra enemigos existenciales.
Una imagen habla el idioma del progresismo occidental mientras que la otra habla el idioma de la Biblia, la tierra, la guerra y la redención. Esa doble narrativa no siempre es coherente, pero resulta funcional. Frente a Europa y Estados Unidos, Israel se ofrece como enclave de modernidad en Medio Oriente; simultáneamente, de cara a su sector religioso, se presenta como la restauración del Israel bíblico. En medio de esto el islam recibe una mensaje de superioridad militar y soberanía y sus críticos, de una existencia siempre amenazada.
Esa superposición permite sostener alianzas externas liberales mientras se radicaliza la agenda territorial interna. La utilización de agendas culturales occidentales debe separarse de la religiosidad mesiánica clásica, porque muchas corrientes religiosas judías no las comparten. Sin embargo, políticamente cumplen una misma función que es la de construir la imagen de Israel como isla de tolerancia moderna frente a sus vecinos islámicos. Allí aparece luego la contradicción más profunda porque el mismo Estado que reclama legitimidad bíblica para la tierra, puede prescindir de la moral bíblica cuando necesita presentarse como vitrina liberal ante Occidente.
Desde una mirada metafísica, esa contradicción es central. Israel invoca a Dios para la tierra, pero muchas veces prescinde de Dios para el orden moral. Reivindica la promesa, pero rechaza sus límites, usando la Biblia como título de propiedad, pero no como juicio sobre su propio poder. En la lógica bíblica tradicional, cuando Israel enfrenta una amenaza existencial, la respuesta no es solo militar sino que implica un retorno a Dios, purificación, arrepentimiento, obediencia y examen interno. La lógica estatal contemporánea parece ir en otra dirección: ejército, tecnología, inteligencia, dinero, lobby, armas nucleares no declaradas, respaldo de Washington, diplomacia coercitiva, superioridad aérea y control narrativo.
La señal metafísica es fuerte porque no se pide protección por conversión, por seguir el mandato divino sino por identidad. No se vuelve a Dios con sus reglas, se presupone que Dios debe respaldar al pueblo por ser el pueblo elegido. La elección se separa de la obediencia y se convierte en garantía automática. Cuando eso ocurre, la fe deja de ordenar al poder y el poder empieza a usar la fe como instrumento. La promesa se convierte así en posesión, la alianza en blindaje, la memoria sagrada en legitimación política. En este punto debemos recordar que esa alianza entre Israel y Dios ha sido reemplazada para el cristianismo histórico por la nueva alianza que trajo Jesucristo. Este punto es algo que el cristianismo sionista interpreta de otra manera para justificar su apoyo a Israel.
Esta es una de las claves para entender la temeridad israelí. Si un sector dirigente cree que su existencia está inscrita en una promesa superior, puede leer la oposición del mundo no como advertencia, sino como confirmación de su misión. Cuanto mayor sea el rechazo externo, mayor puede ser la sensación interna de estar cumpliendo un destino. La crítica internacional, las condenas diplomáticas y la presión del mundo islámico pueden ser absorbidas como pruebas de que Israel está solo frente a una hostilidad ancestral.
La dimensión político-teológica se vuelve más decisiva cuando se la combina con la estructura jurídica y simbólica del Estado. La Ley Básica israelí de 2018, al definir a Israel como Estado-nación del pueblo judío afirma que la autodeterminación nacional dentro del Estado es exclusiva del pueblo judío, expresando una jerarquía de pertenencia que trasciende la ciudadanía formal. Esa definición refuerza el marco dentro del cual los sectores más duros pueden articular soberanía, territorio, asentamientos y subordinación de la aspiración nacional palestina.
La paradoja es que esta misma lógica está debilitando la narrativa que pretende sostener. Si Israel reclama la tierra en nombre de la Biblia, pero actúa como si no existiera ningún límite moral superior, vacía su propio fundamento. Si invoca a Dios para legitimar soberanía, pero se comporta como un Estado autosuficiente que no debe responder ante nadie, transforma la elección en idolatría política. Si reclama Jerusalén como centro sagrado, pero convierte lo sagrado en instrumento de poder, erosiona el sentido espiritual que dice defender y finalmente si se presenta como heredero de Abraham, pero usa esa herencia para negar toda dignidad nacional a otros pueblos, entra en conflicto no solo con el islam, sino también con el cristianismo y con sectores del propio judaísmo.
La narrativa bíblica puede fortalecer al Estado, pero también puede juzgarlo. Ese es el punto que la política moderna no entiende porque lo sagrado no es una herramienta neutral. Cuando se lo usa para justificar poder sin obediencia, puede volverse contra quien lo invoca y debe ser considerada porque la mayor parte del mundo no piensa en términos laicos como Occidente.
No puede comprenderse la conducta israelí actual solo desde la seguridad nacional. Hay que incorporar la dimensión metafísica dado que la forma en que una parte del poder israelí interpreta la historia, el territorio, la guerra y el enemigo es desde una lectura bíblica, nacionalista y mesiánica. Sin ese ingrediente, Israel parece actuar contra toda prudencia y lógica, apoyando lo que dice Trump sobre Netanyahu sobre la falta de criterio. Pero con ese ingrediente, aparece otra racionalidad que es la elección, promesa, restauración, excepcionalidad y guerra sagrada encubierta bajo el lenguaje moderno de la seguridad, la democracia y la lucha contra el terrorismo.
La geopolítica de Israel no es solo geopolítica tradicional. Está atravesada por teología, memoria bíblica, trauma histórico, nacionalismo religioso, poder militar y una convicción de destino que vuelve insuficientes los análisis occidentales puramente laicos. Israel actúa como Estado moderno, pero una parte decisiva de su poder piensa como sujeto bíblico. Esa superposición entre tecnología, ejército, trauma histórico, sionismo estatal y mesianismo territorial explica una conducta que la geopolítica laica interpreta como un exceso, pero que sus propios actores pueden vivir como destino manifiesto.
Marcelo Ramírez
Analista geopolítico | AsiaTV – Humo y Espejos
Analista geopolítico, escritor y conferencista argentino especializado en análisis geopolítico y militar, conflictos contemporáneos y dinámica del mundo multipolar. Fundador y director de AsiaTV y creador de la plataforma de análisis estratégico Humo y Espejos. Autor del libro La OTAN contra Rusia. Propaganda y guerra híbrida (Editorial Letras Inquietas, 2022). Cofundador de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI), iniciativa orientada a fortalecer el diálogo estratégico entre el mundo ruso y la comunidad iberófona.

