
Por Juan Manuel de Prada
Hemos leído con atención la primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, que se ha presentado como una reflexión sobre la inteligencia artificial, aunque aborda infinidad de asuntos, a veces de forma sumaria. El documento, mucho más ‘devoto’ que los de Francisco, muestra sin embargo la misma preocupación que su predecesor por lo que podríamos llamar ‘asuntos mundanos’ (aunque aborda muchas cuestiones teológicas o morales), brindando un texto acaso en exceso ‘sociológico’, pero sin las hipertrofias pintorescas de su predecesor. No es nuestro propósito, sin embargo, polemizar sobre estas materias, sino centrarnos en el análisis que León XIV hace de la llamada ‘inteligencia artificial’ y, en general, sobre la tecnología.
Muy atinadamente, León XIV desenmascara la concepción puramente instrumental de la tecnología, esa idea camastrona propia de gentes estólidas o pánfilas según la cual las tecnologías son sólo herramientas neutras cuya calificación moral depende del uso que hagamos de ellas. León XIV nos recuerda que la tecnología «no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza». Y quien la financia lo hace siempre con un propósito, que no es –como piensan los ilusos– hacer nuestra vida más ‘digna’, sino intervenir en nuestras vidas, en nuestras decisiones, en nuestra conducta moral. El problema principal que debería ocuparnos no es tanto el ‘uso’ que hagamos de la llamada ‘inteligencia artificial’ (aunque, desde luego, se dedicará a ‘usos’ aberrantes y criminales que deben ser combatidos), sino más bien dilucidar en manos de quiénes se halla el control de este nuevo avance tecnológico y cuáles son sus propósitos. En otro pasaje, León XIV afirmará que «la técnica no es un simple instrumento y […], cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz». Y advierte que las nuevas formas de propiedad favorecidas por el desarrollo tecnológico («patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos»), al concentrarse en muy pocas manos, dificultan la consecución del bien común y favorecen las desigualdades sociales.
En otro pasaje especialmente lúcido de su encíclica, León XIV nos advierte sobre la capacidad que la tecnología tiene para colmar de inmediato nuestros deseos y suscitarnos de inmediato otros muchos que también se muestra dispuesta a saciar, hasta vaciar nuestra vida, hasta expoliarla por completo, paradójicamente a través de la plétora y el consumo bulímico. «Hoy en día –escribe el Papa–, el deseo de plenitud del ser humano corre el riesgo de desviarse hacia metas engañosas: la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad o modelos de bienestar que dejan atrás a pueblos enteros. No es raro que pongamos nuestra esperanza en un potencial ilimitado, en formas de progreso que pueden agudizar las desigualdades, en soluciones inmediatas incapaces de sanar las heridas de los pueblos». La encíclica pone el énfasis en la noción de dignidad humana, que no puede depender de su ‘eficiencia’ o ‘productividad’, sino que es igual para todo ser humano, sea cual sea su condición; una dignidad –digámoslo así– ‘ontológica’.
Sospecho que esta ‘dignidad’ a la que la encíclica apela constantemente no se refiere tanto al fundamento metafísico de la persona como a su dignidad kantiana, a su capacidad para ‘autodeterminarse’ y elegir libremente, etcétera. Pero lo cierto es que la llamada ‘inteligencia artificial’ ataca sobre todo la dignidad metafísica de la persona, su condición de ser único, dotado de un alma distintiva. La principal intención de la llamada ‘inteligencia artificial’ es introducir un pensamiento homogéneo, igualar a los seres humanos, reprimiendo cualquier forma de inteligencia disidente o arisca, cualquier rescoldo de singularidad, hasta convertirnos en mónadas idénticas, rompiendo por un lado nuestros vínculos comunitarios y favoreciendo por otro nuestra conversión en seres repetidos. He aquí el gran atentado de la llamada ‘inteligencia artificial’ contra la ‘dignidad humana’: en rectificar la labor creadora de Dios, creando una nueva humanidad (una trans-humanidad) gregaria y uniformizada, cada vez más superflua, cada vez más obsoleta, cada vez más prescindible. Una labor, en fin, específicamente demoníaca.
En algún pasaje de la encíclica, León XIV afirma que no basta con regular la inteligencia artificial, sino que hay que «desarmarla y hacerla acogedora». Pero convertir al demonio en animal doméstico tal vez sea un magnífico error.

