
Por Juan Manuel de Prada
En la última jornada de la reciente Feria del Libro de Madrid, el Ayuntamiento dio la orden de evacuar y cerrar el parque del Retiro «ante el peligro de temporal». Los cientos de editores y libreros que participan en la feria acataron sin rechistar la imposición, que hubo de causarles gran quebranto en sus cuentas; pues por ser aquella tarde de domingo la última de la feria las previsiones de ventas eran muy elevadas. A esto lo llamaba Étienne de La Boétie «servidumbre gustosa».
Finalmente, no hubo ningún temporal ni Cristo que lo fundó. A las ocho de la tarde se levantó un vientecillo que se resolvió en lluvia insignificante o siquiera llevadera. Habría sido una más de esas magníficas tardes entreveradas de lluvia que son el emblema máximo de la Feria del Libro de Madrid: hasta las ocho de la tarde, las ventas habrían sido muy abultadas; y a partir de las ocho se habría producido una desbandada del público, ocasión que libreros y autores habrían empleado para departir gratamente, y de vez en cuando habría aparecido por las casetas algún lector intrépido y empapado demandando la firma de su escritor predilecto. Así ha ocurrido durante décadas en la Feria del Libro de Madrid, sin que se haya producido ningún percance.
Pero hete aquí que hace algunos años un niño falleció en el Retiro, aplastado por un árbol que le cayó encima, sacudido por un temporal. Ignoro si el árbol era lozano y vigoroso y aun así cedió ante el formidable ímpetu del ventarrón; o si, por el contrario, se trataba de un árbol decrépito que los servicios municipales no habían talado antes por negligencia. Pero que muera una persona cada diez o veinte años aplastada por un árbol en el parque del Retiro, siendo una muy lamentable tragedia, no puede justificar que, ante una previsión de tormenta, se cierre el recinto, mucho menos si además se está celebrando en él una feria de cuyo resultado depende la economía de muchas familias. En España, sin necesidad de temporales, se producen diariamente una media de dos accidentes relacionados con desprendimientos en edificaciones; de vez en cuando, alguno de estos desprendimientos descalabra a un transeúnte, que en algún caso especialmente fatídico fallece. Ya que el furor ordenancista del Ayuntamiento de Madrid ordena cerrar el parque del Retiro cada vez que se anuncia un temporal (aunque luego la alerta resulte falsa o exagerada), ¿por qué no prohibir a los madrileños que caminen por las aceras de sus calles ante el peligro mucho más cierto de desprendimiento de algún alero o cornisa? ¿Por qué no exigirles su confinamiento doméstico cada vez que se anuncia un temporal real o ficticio? Y, considerando que los desprendimientos de las fachadas de las edificaciones se producen sin necesidad de que se desate un temporal, por simple obsolescencia de los materiales, ¿por qué no decretar un confinamiento perpetuo de los madrileños, que de este modo podrían estar completamente a salvo de descalabraduras y aplastamientos al aire libre? Y, todavía más, ¿por qué no encerrarlos a todos en cárceles de máxima seguridad para salvarlos también de accidentes domésticos?
Ya explicaba el maligno Hobbes que el Leviatán, si desea amputar la libertad de sus súbditos, debe azuzar entre ellos el miedo a la muerte y presentarse luego como su protector. Las falsas garantías de seguridad constituyen uno de los mecanismos de manipulación más eficaces en todas las tiranías que en el mundo han sido. El tirano ofrece a sus súbditos una ilusión de seguridad que exige a cambio sumisiones cada vez más rendidas e incondicionales; así se explica, por ejemplo, que la pobre gente sometida aceptara vivir, durante la plaga coronavírica, respirando a través de un bozal en espacios abiertos. En las tiranías antañonas, el tirano inspiraba miedos fundados en la existencia de enemigos palpables (potencias extranjeras, razas invasoras, delincuentes rampantes); en las tiranías modernas, el tirano azuza miedos fundados en enemigos invisibles que sólo la ‘ciencia’ detecta, a través de abstrusas estadísticas, de partes meteorológicos, de análisis clínicos, de pruebas de laboratorio; y así pueden convertir las vidas de la pobre gente sometida en un minucioso ordenancismo. Como nos enseña Montesquieu, «no hay peor tiranía que aquella que se ejerce a la sombra de las ordenanzas». O acaso haya una peor, que es aquella donde el pueblo acepta los ordenancismos más desquiciados, creyendo ilusoriamente que el tirano se desvive por su seguridad, creyendo grotescamente que siguiendo sus ordenanzas podrá garantizarse la invulnerabilidad, aunque sea a costa de arruinarse, porque entretanto ha desarrollado amor a la servidumbre. Así ocurre en esta época maldita.

