Dioses, hombres, monstruos – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Siempre hallamos en el hombre, desde la noche de los tiempos, la tentación de salirse de la casilla de su naturaleza. Hay en el ser humano una nostalgia de divinidad, propia de quien ha sido creado «a imagen y semejanza de Dios», que cuando enferma acaba creando monstruos; y por el camino el hombre acaba convirtiéndose a sí mismo en un monstruo maligno, a veces patético, atrapado en sus desvaríos y limitaciones.

La mitología pagana nos procura visiones de pesadilla en las que la transgresión de las barreras biológicas adquiere perfiles tenebrosos. Visiones horrendas que ilustran la promesa diabólica que, augurando al hombre su metamorfosis en un dios, lo deja más bien convertido en un monstruo. Todas las mitologías paganas burbujean de seres híbridos, a veces desdichados, a veces protervos, animales parcialmente humanos u hombres parcialmente animalescos, fruto de coitos aberrantes o maldiciones decretadas por dioses impíos. Pensemos, por ejemplo, en la Medusa, con su cabellera de serpientes ondulantes; pensemos en las sirenas, ninfas marinas con cabeza de mujer y cuerpo de ave; pensemos en la temible Esfinge, con cabeza y pechos de mujer, cuerpo de león y alas de pájaro; pensemos, en fin, en el Minotauro, descendiente de una estirpe divina por un lado, víctima de los devaneos zoófilos de su madre por otra, a quien Watts dedicaría un cuadro excepcional (que luego inspiraría a Borges su cuento La casa de Asterión) donde se ilustra a la perfección la condición trágica del monstruo.

La creación de criaturas aberrantes o quiméricas ha alimentado la fantasía de los escritores. En Frankenstein, de Mary Shelley, los miembros de diversos cadáveres son ensamblados y galvanizados para formar un nuevo ser. En La isla del Dr. Moreau, de H. G.Wells, los animales son operados y convertidos en criaturas parcialmente humanas. Ambas son novelas de amargo tono pesimista que nos advierten sobre el peligro de jugar a ser Dios. Moreau y Frankenstein son epítomes del científico demente que, en su afán por ‘mejorar’ la humanidad (siempre la coartada humanitaria al fondo), termina creando peligrosos monstruos. Y ambas pueden leerse hoy como una temprana crítica hacia la ingeniería biológica, que acabaría mostrando su rostro más protervo en la era de los totalitarismos (a todos nos han amedrentado con los experimentos del doctor Mengele) y que en esta era democrática se nos presenta bajo una máscara risueña y progresista, desde las ‘terapias de conversión’ para el cambio de sexo (que a la postre exigen mutilaciones o injertos de quirófano) hasta el transhumanismo. Por supuesto, esa máscara risueña y progresista (humanitaria, en fin) siempre se nos presenta como un ‘mejoramiento’ o divinización de lo humano; pero en su alma se esconde el horror de la deshumanización, la regresión al monstruo.

Este peligro de la involución humana también lo avizoró Wells en La máquina del tiempo, donde la ciencia acaba a la postre con la civilización, creando una raza de homínidos –los Morlocks– que han ‘regresado’ a la pura animalidad. Pero sería Aldous Huxley quien nos ofrecería una visión más sobrecogedora y realista de lo ‘posthumano’. En Un mundo feliz, los embriones formados en matrices artificiales y diseñados genéticamente por otros humanos se han convertido (como ocurre en nuestras sociedades democráticas con los niños ‘producidos’ en ‘vientres de alquiler’) en productos elaborados de forma industrial, diseñados genéticamente para poseer tales o cuales capacidades y condicionados para ocupar un lugar específico en la sociedad, según las necesidades económicas del Estado. La biotecnología, para Huxley, además de conducir a una sociedad deshumanizada, consagra el totalitarismo.

Pero el totalitarismo también puede florecer en las sociedades democráticas, donde se ha terminado imponiendo lo que Habermas llamaba «eugenesia liberal», un modelo de ‘mejoramiento’ basado en la ‘libertad de elección’ de los individuos, que pueden escoger su sexo o determinar las características genéticas de sus hijos. ‘Mejoramientos’ que se justifican con coartadas siempre humanitarias: unas veces el anhelo de felicidad, de hallarse ‘a gusto’ dentro del propio cuerpo (como si el cuerpo fuese una vivienda que sometemos a sucesivas reformas), otras la ‘optimización’ de capacidades o del aspecto físico (como coartada del puro consumismo caprichoso). Se trata, una vez más, de hacer realidad aquella promesa que la antigua serpiente deslizó a Eva en el Edén: «Seréis como dioses». Una promesa que siempre se incumple para que, a la postre, sólo seamos monstruos melancólicos, como aquel Minotauro pintado por Watts.

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