El más lírico de los reos – Por Diego Chiaramoni

Por Diego Chiaramoni

 

Al compañero Marcos Mele, con un vino de la casa.

Mi abuelo nació en el 26, justo en el preciso momento en que la tinta indeleble de la literatura argentina giraba en el gozne del final de la novela rural y el inicio formal de la novela ciudadana. Ricardo Güiraldes escribió quizás, uno de los más bellos y terribles epílogos de nuestras letras cuando puso en boca de Fabio Cáceres, protagonista y narrador de Don Segundo Sombra, aquellas palabras agónicas: “Me fui, como quien se desangra”. De las entrañas de aquel adiós, emerge el novel pneumatólogo del alma porteña: Roberto Arlt. Güiraldes y Arlt parecen dos figuras antitéticas, el hombre distinguido y el joven del barro, el purista y el escritor maldito, los cielos límpidos de Areco y la lluvia torrencial quebrando los brotes del malvón en un patio olvidado, donde se mixturan el aroma del brasero y la sopa de la pobreza. Sin embargo, fue el mismo Güiraldes quien apuntaló el sueño del joven Arlt para la publicación de su primera obra. El nombre de aquella novela iba a resonar como un reflujo biliar, como un grito de la entraña arlteana: La vida puerca. Guiraldes aconsejó el título que luego será un sello de agua en la historia de la literatura argentina: El juguete rabioso. Fabio Cáceres se desangró en un poniente rural de llamas mansas y Silvio Astier asumió su destino en una cortada de Flores, habitado por sus propios fantasmas, ardiendo silente en la hoguera de sus sueños. En ese año 26, del otro lado del mundo, Martin Heidegger preparaba los manuscritos de Ser y tiempo y entre nosotros, Jorge Luis Borges publicaba El tamaño de mi esperanza. Aun corría el Maldonado a cielo abierto, Carlos Gardel grababa para el sello Odeón el tango El ciruja y Lino Enea Spilmbergo se demoraba en la soledad de un viejo junto a su perro, mientras “cabecita de oro” Cherro rompía redes en la Boca esperando el barco de Quinquela, volviendo desde París. Nadie podía sospecharlo entonces, pero Jacobo Fijman le entregaba a Marechal los bocetos de Samuel Tesler para su Adán Buenosayres y en ese año 26 publicaba Molino rojo, donde anticipaba entre sollozos, su larga reclusión entre los fríos pasillos del Hospital Borda:

Se acerca Dios en pilchas de loquero

Y ahorca mi gañote

Con sus enormes manos sarmentosas;

Y mi canto se enrosca en el desierto.

¡Piedad!

Silencioso, sutil, herido de belleza y arrabal, con su Remington cargada de historias y de sueños, Enrique González Tuñón glosaba tangos en la esquina de una mesa de la redacción de Crítica, el Diario de Natalio Botana. Justamente sobre él vamos a hablar en estas líneas, sobre él, sí, porque amamos los escombros al costado del camino, el principado de los olvidados, los monosílabos que también explican el discurso de la historia, aunque se enoje el bufón de Hegel.

Existe un mito connatural al fútbol, ese que reza: “el fenómeno era el hermano” para referirse al que no llegó a primera porque la vida se ensañó con él. En mi barrio, por ejemplo, se cuenta que el crack era Ramón, el mayor de los Enrique, pero quienes brillaron fueron Héctor y Carlos, el “Negro” que alzó la Copa del Mundo en el cielo del Azteca y el “Loco”, que clausuró su punta izquierda con precisión de cirujano y ojos asesinos. La imagen cabe en este caso, porque de los Tuñón, trascendió Raúl, pero el fenómeno era Enrique. Quizás suene a herejía en los corrillos de la literatura argentina, pero Enrique escribía mejor que Raúl. Sucede que la muerte, que a veces desconoce el talento, se lo llevó prematuramente una tarde de mayo del 43, justo un mes antes que el GOU le arrebatara el cetro al régimen conservador e infame de la oligarquía argentina. Diez meses antes ensayaba su vuelo postrero Roberto Arlt, cuyo féretro quedó suspendido en las calles de Buenos Aires cuando tuvieron que sacarlo por la ventana por las dimensiones del lugar. Ricardo Piglia le puso épica al mito y escribió: “Ese féretro suspendido sobre Buenos Aires es una buena imagen del lugar de Arlt en la literatura argentina. Murió a los cuarenta y dos años y siempre será joven y siempre estaremos sacando su cadáver por la ventana”. 1

Enrique González Tuñón fue “el más lírico de los reos” como felizmente lo definió Last Reason (Máximo Sáenz), porque Enrique mixturaba en tinta la sutileza del castellano bien escrito y la musa rante del suburbio. Bebamos de la copa lírica de la prosa gonzaleztuñana y luego probemos la ginebra arisca de su lunfardo. Escribe Enrique en su relato Viaje al fondo de una calle:

Es la hora en que las estatuas abandonan su inmovilidad de piedra o bronce. La calle está oscura y solitaria. El hombre siente correr entre la ropa y su piel el lagarto del miedo. Los vagos temores andan sueltos. Duendes traviesos se ocultan en los portales y detrás de los árboles. En la vía nocturna no hay más alma que la suya. Un poco de luz es el borde de una isla a la que se llega después de haber naufragado en el miedo específico de la noche”2

Mojando la pluma en el otro tintero, con las pilchas perfumadas con el aroma de los braseros de alcohol, desgranaba Tuñón su rosario oscuro:

Llovía a torrentes. Cada tanto, tajeaba la oscuridá del cielo un relámpago. Como si arriba también se hubieran trenzao a puñaladas…”3

Enrique González Tuñón pertenece a esa tribu de escritores que religaron periodismo y literatura en sólido romance. César Tiempo, alma y flor del Grupo de Boedo, dijo alguna vez que con Enrique González Tuñón el arrabal se hizo dueño del centro, que “la prosa municipal y espesa” de los articulistas de gacetillas, adquirió luz propia; en fin, que, con Enrique, “primer exégeta culto” del tango, el género comenzó a jerarquizarse.

El más lírico de los reos nos regaló cientos de crónicas y artículos de prensa. En los títulos de sus nueve libros se puede auscultar la sístole y la diástole oscilante entre la literatura de alto vuelo y la musa del fango: Tangos (1926), El alma de las cosas inanimadas (1927), La rueda del molino mal pintada (1928), Apología del Hombre santo [Ricardo Guiraldes] (1930), El tirano. Novela sudamericana de honestas costumbres y justas liberalidades (1932), Camas desde un peso (1932), Las sombras y la lombriz solitaria (1933), El cielo está lejos (1933) y La calle de los sueños perdidos (1940). En esta última obra leemos:

Hay un lugar adonde van a parar los objetos perdidos. Llaves, anillos, medallas, Cristos de plata y de bronce, cadenas, relojes, puñales, recuerdos de familia. Todo lo que se pierde y se encuentra. Menos los sueños. No hay una sección de extravíos y hallazgos para los sueños y los destinos. Un lugar, una especie de Rastro celeste, de entrecielo, donde uno pudiera hallar aquello esencial de su vida: lo único que podría darle la felicidad”.4

Solo un alma que perdió un sueño, o varios. puede labrar con buril preciso el tono existencial de la ausencia y del desasimiento del corazón humano. Para esos sueños perdidos, Tuñón pedía abrir una nueva calle fuera de la nomenclatura urbana:

Un hombre ha perdido un sueño y no lo puede encontrar. El rastro del sueño perdido lo lleva a una puerta cerrada. ¿Qué puerta es esa? Detrás de esa puerta quizás nos aguarde el sueño. Quizás nos hallemos nosotros mismos, de rodillas, o ese hermano menor que siempre nos acompaña. Que no tiemble nuestra mano al llamar a esa puerta. Que no tiemble”. 5

Mi abuelo era del 26 y Enrique González Tuñón martilló sobre la literatura argentina con un libro publicado en el 26. Si algo me duele, o al menos me queda picando en el alma –como una “pulpo” sobre el asfalto-, es que le he fallado a los dos. Yo también tuve un sueño y llegué hasta una puerta, pero mi mano tembló al llamar… y no llamó.

Diego Chiaramoni

Julio 1 de 2026

1 R. Piglia. Formas breves. Anagrama, Barcelona, 2000: p. 37.

2 E. González Tuñón. Viaje al fondo de una calle y otras páginas. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980: p. 78.

3 E. González Tuñón. Tangos. La Docta Ignorancia. Buenos Aires: 2019. P. 109.

4 E. González Tuñón. Viaje al fondo de una calle y otras páginas. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980: p. 71.

5 Ibídem: p. 73.

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