
Por Marcelo Ramírez
La próxima elección parlamentaria rusa no puede leerse como una competencia normal entre partidos ni puede ser reducida a la fórmula occidental de “régimen sin democracia” ni a la versión oficialista de una sociedad completamente unificada detrás del poder. Rusia atraviesa una situación muy compleja porque tiene partidos, corrientes sociales, voto de protesta, combinado con el temor económico, un nacionalismo movilizado y una prioritaria demanda de estabilidad. Todo eso explica un sistema que sigue orbitando alrededor de una figura excluyente que organiza el sistema completo ruso que es su líder, Vladímir Putin.
La elección se celebrará en septiembre de este año y renovará los 450 diputados de la Duma Estatal, 225 por listas partidarias y 225 por distritos uninominales. Esa ingeniería electoral es decisiva porque permite transformar un apoyo partidario relativo en una mayoría parlamentaria muy amplia. En 2021, Rusia Unida, el partido que lidera el país y que se asocia a Putin, obtuvo oficialmente 49,82% de los votos por lista pero terminó con 324 bancas, el Partido Comunista obtuvo 18,93% y 57 bancas, el LDPR, 7,55%, Rusia Justa, 7,46%; y Nuevas Personas ingresó por primera vez con 5,32%. La participación electoral fue de 51,7% y ese dato muestra que el oficialismo no necesita monopolizar todos los votos porque le alcanza con controlar el centro del sistema, los distritos, la maquinaria territorial y la conversión institucional del voto en poder.
La fotografía actual confirma esa estructura, aunque con tensiones nuevas. Según VTsIOM (Centro Ruso del Estudio de la Opinión Pública), al 26 de junio de 2026 Rusia Unida tenía 33,8% de apoyo, Nuevas Personas 12%, el Partido Comunista 10,7%, el LDPR 9,4% y Rusia Justa 5,7%. Lo llamativo y que explica mucho de la realidad rusa, es que en la misma medición, Putin tenía 76,7% de confianza y 70,4% de aprobación presidencial. La diferencia entre Putin y Rusia Unida es entonces un dato central dado que el presidente conserva una legitimidad muy superior a la del partido que administra su mayoría legislativa.
Ahí se entiende la verdadera función de Rusia Unida que no es la de canalizar el apoyo popular al presidente, sino un partido de organizar políticamente esa voluntad. Reúne gobernadores, alcaldes, burocracia, empresas estatales, redes regionales, funcionarios, cuadros legislativos y operadores territoriales. Su fuerza, entonces, no está en una doctrina ideológica diferenciada, sino en su condición de partido del Estado y del Presidente. Riddle lo define como una estructura que funciona en el plano federal, como una suerte de departamento político-jurídico de la burocracia, con representantes de las corporaciones estatales, intereses regionales, grupos empresariales dependientes del Estado y sectores vinculados a los servicios de seguridad.
De alguna manera, y tomándonos alguna licencia, tiene algún parecido a la organización del peronismo como movimiento alrededor de un líder político, Juan Domingo Perón, y una estructura que canalizaba ese apoyo como maquinaria electoral y estructural del poder burocrático consecuente que era el Partido Justicialista. La estructura rusa parece tener semejanzas con este esquema organizativo mas familiar para los argentinos.
La composición social de su voto también es clara. Levada detecta que Rusia Unida tiene mayor apoyo entre mujeres, personas mayores, habitantes de ciudades pequeñas y zonas rurales, quienes creen que el país va en la dirección correcta y quienes aprueban a Putin. Es decir, su base natural es el electorado de estabilidad. No necesariamente vota por amor al signo partidario, sino por asociación con la imagen de Putin y en continuación con el gobierno, con la mayoría parlamentaria y con la idea de orden. Los propios encuestados justifican el voto diciendo que es “el partido de Putin”, “el partido del poder”, “la mayoría”, “el que determina el rumbo” o “la estabilidad”.
Ese es el primer gran bloque político-social ruso y el más importante, el que ha regido la vida política en los últimos años. El bloque conservador-estatal no debe confundirse mecánicamente con Rusia Unida porque como partido, Rusia Unida oscila hoy entre 30% y 35% en las encuestas una aprobación bastante menos a la que consigue el Presidente. Funciona como un sistema de estabilidad alrededor de Putin siendo el bloque más amplio y que puede acercarse al 60/70% cuando se mide confianza presidencial, aprobación del rumbo o rechazo a una ruptura brusca. El voto a Rusia Unida es la parte organizada de ese bloque aunque no su totalidad.
El segundo bloque en importancia al día de hoy es la “izquierda social-soviética”, representada de manera imperfecta por el Partido Comunista de la Federación Rusa. El PCFR conserva una base real en la nostalgia de las épocas soviéticas, en la demanda de justicia social, el rechazo a los oligarcas, la defensa de pensiones, salud, educación y Estado como gran protector social. El mismo Levada muestra que quienes votan al PCFR suelen justificarlo por nostalgia de la URSS, por la idea de que “con los comunistas se vivía mejor” o porque el partido aparece como alternativa a una Rusia Unida desgastada. Extraño contraste con la idea general de Occidente que dice que con el comunismo se vivía peor, sin haber conocido la realidad soviética y desconociendo lo que los propios rusos soviéticos dicen de su experiencia histórica.
El mayor temor, que define gran parte de la política actual, es el miedo a regresar a los años del esplendor neoliberal de Yeltsin, periodo en el que se desmanteló el Estado protector y se erosionó la independencia y la soberanía rusas. La misma encuestadora también registra que el apoyo al oficialismo es menor entre quienes desaprueban a Putin, consumen YouTube como fuente informativa o creen que el país va por mal camino, en comparación con el respaldo obtenido entre hombres, personas mayores y habitantes de ciudades medianas
Pero el PCFR tiene un límite estructural expresando el malestar social y no necesariamente una voluntad de poder. Parte de la opinión pública interesada en la política no defienden al Partido Comunista como una alternativa histórica sólida, sino como instrumento de castigo contra Rusia Unida. Se escuchan frases como que se debe votar al PCFR “por principios”, “por cualquier candidato comunista” o bajo la lógica de “por el diablo antes de que por Rusia Unida”. También aparece la acusación inversa que dice que el PCFR ya no sería comunista, sino una estructura socialdemócrata aburguesada y simplemente decorativa.
Esto permite formular una tesis sin mucho riesgo a equivocarnos, Rusia es más izquierdista en demanda social que comunista en representación partidaria. Hay un país que quiere más Estado social, más control sobre bancos y oligarcas, más protección económica y más justicia distributiva. No obstante, ese país no necesariamente ve en Ziugánov y en el PCFR una conducción apta para gobernar una Rusia en guerra, sancionada y sometida a presión geopolítica. No es el momento de hacer experimentos, piensan.
El tercer bloque es el nacionalismo patriótico que no se reduce al LDPR, el Partido Liberal Democrático de Rusia, que pese a su nombre, no es liberal en sentido occidental sino una fuerza nacionalista, estatista, populista y patriótica. Liberal no proviene del mismo concepto de liberalismo occidental sino de libre, y democrático nos recuerda que las naciones socialistas en la época soviética solían utilizar el termino de democrático en su nombre, como el caso de Alemania.
Su base se apoya en el legado de Zhirinovsky y en un voto de protesta dura, emocional, de orden y orgullo nacional. Levada muestra que el LDPR tiene más apoyo entre jóvenes menores de 25 años, votantes que aprueban a Putin y usuarios de Telegram. Eso es importante, no todo nacionalismo es crítico de Putin. Por considerarlo blando, parte del nacionalismo ruso funciona como presión interna para endurecer el rumbo, no para occidentalizar el país.
Más allá del LDPR, existe un nacionalismo marcado por la guerra más amplio conformado por blogueros militares, veteranos, sectores del Donbass, comentaristas patrióticos, círculos vinculados al aparato de seguridad y parte del electorado que considera que el problema del Kremlin no es haber ido demasiado lejos, sino no haber ido lo suficientemente lejos. Este sector reclama más dureza contra Ucrania, más disciplina interna, menos concesiones, más movilización industrial y castigo a la corrupción o incompetencia en la retaguardia. No tiene partido único que lo nuclee, pero sí capacidad de presión sobre el propio gobierno. De hecho, los análisis sobre la campaña de 2026 señalan que el Kremlin intenta incorporar veteranos y figuras de la guerra dentro de Rusia Unida para domesticar esa energía patriótica y evitar que se convierta en una crítica autónoma desde la derecha nacionalista.
El cuarto bloque es “Nuevas Personas”, el dato más interesante de la campaña electoral. Según VTsIOM, aparece en segundo lugar con 12%, aunque Riddle advierte que hay una discrepancia fuerte con FOM, que lo mide más cerca del 6%. Esa diferencia probablemente sea metodológica porque VTsIOM usa encuestas telefónicas, más sensibles a cambios rápidos de humor, mientras FOM trabaja con entrevistas presenciales. Pero más allá del número exacto, Nuevas Personas parece captar una sensibilidad real de jóvenes urbanos, sectores profesionales, emprendedores, votantes cansados de la burocracia, del exceso regulatorio, de los bloqueos de internet y de la falta de renovación política.
Levada confirma el perfil. Nuevas Personas tiene mayor apoyo entre jóvenes menores de 25 años, quienes creen que el país va por mal camino, quienes no aprueban a Putin y quienes usan YouTube. Sus votantes lo justifican como una fuerza “nueva”, “joven”, con “nuevas ideas” y “nuevo pensamiento”. No es una oposición liberal prooccidental clásica, aunque se le parece en los eslóganes que emplea. Es más bien una válvula tecnocrática y generacional que permite expresar fastidio con la rigidez del sistema sin romper frontalmente con la arquitectura de poder.
El quinto bloque es el liberal prooccidental o anti-guerra, electoralmente muy débil y políticamente comprimido. Su referencia legal más conocida sigue siendo Yabloko, pero su peso nacional es bajo, tanto que NEST señalaba que Yabloko obtuvo 1,21% en 2021 y que enfrenta creciente presión administrativa y política. Ese espacio puede representar a sectores urbanos, profesionales, jóvenes, pacifistas, consumidores de medios no estatales y parte del exilio, pero no tiene hoy estructura territorial ni margen institucional para convertirse en alternativa nacional.
El deseo de normalización con Occidente puede ser mucho mayor que el voto prooccidental Muchos rusos pueden querer menos sanciones, menos bloqueo tecnológico, más viajes, más comercio, más internet y menos aislamiento, sin querer una Rusia subordinada a Bruselas o Washington. Ese sector no se traduce automáticamente en voto liberal, muchas veces puede terminar en abstención, voto a Nuevas Personas o en una simple despolitización.
A todo esto se suma un sexto bloque que es la abstención, el cinismo y el voto sin fe. Levada registró que solo 49% decía estar dispuesto a votar, 28% no pensaba participar y 20% no había decidido. Entre quienes no querían votar, 41% decía que su participación “no cambiaría nada”, 24% no creía en la honestidad electoral, 15% simplemente no quería, 11% no se interesaba por la política y 10% decía que no había candidatos dignos. Ese dato completa el cuadro, Rusia no está dividida solo entre oficialismo y oposición, sino también entre participación disciplinada y desconfianza pasiva.
Esta división muestra la paradoja central. Rusia es políticamente conservadora en demanda de orden, socialmente estatista en demanda económica, patriótica en política exterior y poco liberal en términos electorales. Por eso una oposición prooccidental no despega, el PCFR conserva un piso, pero no hegemoniza el malestar, el LDPR puede captar juventud nacionalista sin romper con Putin y Nuevas Personas crece como válvula urbana. Rusia Unida, mientras tanto depende de la autoridad presidencial para no quedar reducida a una burocracia sin carisma.
El punto decisivo es Putin, todo gira en torno a su persona. En 2024 obtuvo oficialmente 87,28% de los votos con una participación de 77,49%, en una elección cuestionada por Occidente y por sectores opositores, pero usada por el Kremlin como demostración de consolidación nacional. Ese número no debe leerse solo como dato electoral, sino como mensaje político claro: Putin está por encima de los partidos, incluso por encima del partido del poder.
Sin Putin, la pregunta dejaría de ser partidaria y pasaría a ser estatal. No se impondría automáticamente el partido más votado ni el sector más ruidoso, sino el bloque capaz de garantizar continuidad, seguridad, presupuesto, territorio y control institucional. Ese bloque sería una coalición entre siloviki, tecnócratas, administración presidencial, gobernadores, Rusia Unida y grandes estructuras económicas del Estado. Los comunistas podrían captar protesta social, los nacionalistas podrían presionar por una línea más dura, los liberales podrían representar el deseo de apertura y Nuevas Personas podría absorber el malestar urbano. Pero ninguno de esos sectores parece capaz, por sí solo, de ordenar la sucesión.
La paradoja rusa de 2026 es que el sistema es fuerte porque no tiene alternativa organizada, pero esa misma ausencia de alternativa revela una tensión latente. Rusia Unida depende de Putin para transformar administración en legitimidad. El Partido Comunista recoge protesta, pero evita asumir responsabilidad histórica, el LDPR expresa nacionalismo permitido, mientras que Nuevas Personas canaliza modernización sin ruptura. Los liberales sobreviven bajo presión y los nacionalistas empujan desde el clima patriótico, pero no gobiernan solos. La elección no decidirá realmente quién manda en Rusia sino decidirá qué malestares serán absorbidos, cuáles serán neutralizados y cuáles quedarán afuera. El verdadero interrogante no es si Rusia Unida conservará la Duma, sino qué forma adoptará el poder ruso cuando la autoridad personal de Putin deje de ordenar todas las contradicciones internas.
Una reflexión final que nos deja esta radiografía de la política rusa es que no debemos guiarnos por la narrativa occidental que describe a un mandatario impuesto por la fuerza, el miedo y la represión. Putin opera como el punto de convergencia y el balance que articula a los distintos sectores de la sociedad rusa, una realidad que dista de los estereotipos externos.

