El Dinero no es el fin: es el instrumento del Poder – Por Marcelo Ramírez

Por Marcelo Ramírez

La acumulación contemporánea no busca solamente riqueza, comodidad o consumo, sino obtener la capacidad de ordenar la sociedad y administrar la escasez para decidir sobre la vida de los demás. El problema más profundo de nuestra época no es que existan hombres inmensamente ricos, sino que esa concentración de poder haya dejado de percibirse como una anomalía moral y se haya convertido en sinónimo de inteligencia, mérito y éxito.

Cada vez que se publican las cifras de las mayores fortunas del planeta vuelve a formularse una pregunta que parece cargada de sentido común: ¿para qué necesita una persona acumular semejante cantidad de dinero si, aun viviendo varias vidas, jamás podría gastarlo? La pregunta resulta comprensible porque nace de la experiencia de quienes asocian el dinero con la satisfacción de necesidades concretas. Naturalmente, quien no posee una vivienda imagina que la riqueza consiste en comprar una casa o quien vive bajo el peso de las deudas sueña con la tranquilidad de no deber nada. La lista se extiende a muchas otras razones como poder viajar, estudiar o atender su salud, llevando entonces a tomar naturalmente al dinero como la llave que permite abrir aquellas puertas que la escasez mantiene cerradas.

Sin embargo, esa manera de comprender la riqueza deja de ser útil cuando se intenta analizar las grandes acumulaciones contemporáneas, porque después de cierto punto el dinero ya no cumple la función de permitir un mayor consumo, sino que se transforma en una herramienta de poder. Un multimillonario no necesita otra casa, ni otro automóvil, todo lo que quiere ya lo puede comprar, simplemente acumula porque cada nueva fracción de riqueza amplía su capacidad para influir, condicionar y decidir sobre ámbitos que exceden por completo su vida privada. El dinero comienza entonces a comprar empresas, bancos, tierras, medios de comunicación, plataformas digitales, laboratorios, universidades, sistemas de inteligencia artificial, recursos naturales y acceso privilegiado a los gobiernos.

En ese nivel, la fortuna deja de representar solamente una cantidad de bienes y pasa a constituir una estructura privada de decisión sobre la vida colectiva. Cuando se controla una red social utilizada por cientos de millones de personas, no se posee simplemente una compañía rentable sino una capacidad formidable para determinar qué discursos circulan, cuáles son invisibilizados, qué temas ocupan el centro del interés público y qué acontecimientos quedan relegados a los márgenes. Lo mismo se repite con la infraestructura tecnológica, las bases de datos, los sistemas de pago o los algoritmos de inteligencia artificial: posee herramientas capaces de condicionar la economía, la política, la cultura y hasta la percepción cotidiana de la realidad.

Por eso la pregunta verdaderamente importante no es cuánto dinero puede gastar un hombre en su corta vida natural, sino cuánta voluntad puede imponer mediante ese dinero. El consumo encuentra límites físicos relativamente evidentes porque una persona puede habitar un número reducido de casas, comer una cantidad limitada de alimentos y utilizar apenas una fracción de los objetos que posee, pero su consumo no es infinito ni remotamente cercano a lo que su dinero representa como poder de compra. El poder, en cambio, no reconoce un punto natural de satisfacción, porque siempre existe una decisión más que puede ser controlada, una institución más que puede ser influida, una resistencia más que puede ser neutralizada y un territorio adicional sobre el cual extender la propia voluntad.

La acumulación extrema, por lo tanto, no debería analizarse como una extravagancia psicológica de individuos incapaces de disfrutar de lo que tienen, sino como una forma de construcción política. El dinero permite transformar una preferencia personal en una decisión social, convertir una ambición particular en política pública y presentar los intereses de una minoría como si fueran necesidades universales. Lo que se acumula no es solamente capital monetario, acumula más y más capacidad de mando.

El poder, sin embargo, no existe en el vacío, sino que siempre se manifiesta como una relación entre quien puede decidir y quien debe aceptar la decisión, entre quien controla los recursos y quien depende de ellos para sobrevivir. Por eso no alcanza con que unos pocos posean mucho, es necesario, para que esa riqueza se convierta en dominio que muchos posean poco. La desigualdad no es simplemente una distancia numérica entre patrimonios, sino una arquitectura de dependencia clave que obliga a una parte de la sociedad a someterse a las condiciones establecidas por otra.

Una persona que tiene garantizados al alimento, a la vivienda, a la salud, a la educación y ahora debemos ya sumar a la energía y hasta el propio acceso al conocimiento, dispone de un margen de libertad que resulta peligroso para cualquier estructura de dominación. Puede negarse a aceptar un trabajo degradante, rechazar una orden injusta, abandonar una relación abusiva o cuestionar a quien pretende imponerle condiciones. Pero el que vive al borde del hambre, de la deuda o del desalojo, por el contrario, debe calcular cada gesto, porque cualquier resistencia puede tener consecuencias inmediatas sobre su propia supervivencia.

La precariedad disciplina de una manera que ninguna orden explícita podría conseguir. El trabajador endeudado acepta horarios, salarios y condiciones que rechazaría si su existencia no dependiera de ellos, quien teme perder la cobertura médica se vuelve prudente frente al empleador así como el que no sabe cómo pagará el alquiler del mes siguiente posee una libertad apenas formal, pero carece de autonomía material. Puede elegir en teoría, aunque en la práctica solo deba aceptar aquello que le ofrecen.

Por eso la desigualdad no siempre constituye un efecto indeseado de la organización económica, sino que puede convertirse en una condición funcional del poder. No es necesario imaginar que las élites desean el sufrimiento ajeno por una forma elemental de sadismo, aunque muchas veces exista esa crueldad. En una primera instancia alcanza con comprender que la dependencia les resulta útil porque una población segura de sus derechos, con sus necesidades fundamentales satisfechas y con capacidad real de rechazar aquello que considera injusto y es mucho más difícil de gobernar desde arriba que una población fragmentada, endeudada y temerosa de perder lo poco que posee.

La inteligencia artificial lleva esta contradicción a una dimensión inédita, porque ofrece por primera vez la posibilidad material de producir una enorme cantidad de bienes, servicios y conocimiento utilizando cada vez menos trabajo humano. En términos tecnológicos, podría abrirse una época en la cual las tareas repetitivas disminuyeran, las jornadas laborales fueran más breves y el acceso a la educación, la salud y la información alcanzara niveles que durante siglos resultaron inimaginables. Solo con eso, la humanidad podría encontrarse frente a la posibilidad concreta de reducir radicalmente la escasez.

Pero la tecnología no posee una orientación moral propia ni determina por sí misma la manera en que serán distribuidos sus beneficios. La misma inteligencia artificial es tanto capaz de liberar tiempo y democratizar el conocimiento como ser utilizada para reemplazar trabajadores, vigilar poblaciones, clasificar individuos, predecir conductas, controlar movimientos y concentrar todavía más la propiedad. El problema central no reside en consecuencia, en la máquina sino en la estructura de poder que la administra.

Si los sistemas de inteligencia artificial, los centros de datos, la capacidad de procesamiento y las fuentes de energía quedan en manos de una minoría, la abundancia técnica no producirá necesariamente abundancia social. Podrá ocurrir algo mucho más paradójico que es que una civilización posea los medios para garantizar una vida digna a todos sus integrantes y, sin embargo, mantenga artificialmente la escasez porque la inseguridad y la dependencia continúan siendo instrumentos de control.

En ese escenario, el problema no será que la tecnología haya fracasado, sino que habrá triunfado dentro de un orden cuya finalidad no consiste en satisfacer las necesidades humanas, sino en preservar las jerarquías existentes. La productividad podrá multiplicarse lo que se desee, pero sus frutos serán retenidos. El trabajo humano podrá volverse menos necesario, pero simultánemante millones de personas serán declaradas prescindibles, el conocimiento podrá encontrarse disponible en cantidades extraordinarias, pero su acceso quedará condicionado por plataformas privadas que decidirán quién puede utilizarlo y bajo qué condiciones.

Esta posibilidad debería conducirnos a una pregunta todavía más profunda: ¿por qué algunos seres humanos buscan acumular un poder que excede toda necesidad razonable? La respuesta no puede reducirse a la codicia entendida como simple amor al dinero, porque el dinero, en esas dimensiones, es apenas el lenguaje mediante el cual se expresa una voluntad más antigua como la voluntad de dominio, la necesidad de imponer la propia decisión sobre los demás y la pretensión de no reconocer ninguna instancia superior capaz de establecer límites.

La tradición cristiana identificó desde muy temprano esta inclinación. San Agustín habló de la libido dominandi, la pasión por dominar, que no se satisface solamente con poseer bienes, sino que busca transformar la libertad ajena en una extensión de la voluntad propia. El poderoso no quiere solamente que los otros hagan aquello que él considera conveniente, al contrario, necesita que reconozcan su autoridad, que dependan de sus decisiones y que acepten como natural una jerarquía en la cual su posición aparece por encima de las demás.

La concepción cristiana introducía frente a esa ambición un límite radical, porque afirmaba que todo poder humano era relativo, transitorio y sometido a juicio. El rey podía ordenar sobre la tierra, pero no podía comprar su absolución. Así, el rico podía rodearse de aduladores, pero no podía modificar la verdad ni el vencedor podía escribir la historia, aunque su victoria no transformara el crimen en justicia. Ante Dios, el emperador y el mendigo volvían a encontrarse en una igualdad que ninguna fortuna podía abolir.

La idea de trascendencia tenía, por lo tanto, una consecuencia política y moral decisiva porque recordaba al poderoso que existía una autoridad que no podía controlar. La muerte no era simplemente el final biológico de la existencia, sino el momento en que cada acción sería examinada desde una medida distinta del éxito, la riqueza o la victoria. Quien hubiera construido su poder sobre el sufrimiento de los demás no podría ocultarse detrás de balances, leyes favorables o discursos cuidadosamente redactados.

El abandono de esa concepción no produce automáticamente crueldad porque existen personas no creyentes capaces de una profunda conducta moral y creyentes capaces de cometer atrocidades. Sin embargo, una sociedad que elimina toda referencia trascendente pierde uno de los límites más poderosos frente a la ambición. Si no existe ninguna instancia superior al éxito, si la historia es el único tribunal y si la muerte pone fin a toda responsabilidad, el poderoso puede llegar a creer que el único fracaso verdadero consiste en no haber acumulado suficiente influencia antes de desaparecer.

La riqueza, las empresas, las fundaciones, las instituciones y hasta la descendencia se convierten entonces en formas de prolongación simbólica. El hombre busca sobrevivir a través de aquello que controla, inscribir su nombre en la historia y modelar el futuro de generaciones que nunca conocerá. La acumulación deja de ser un medio para vivir mejor y se transforma en un intento de derrotar a la muerte mediante la permanencia del propio poder.

La situación se vuelve todavía más grave cuando la cultura deja de considerar esa ambición como un vicio y comienza a presentarla como una virtud. Durante siglos, aun en las sociedades profundamente más desiguales, la avaricia necesitó ocultarse o justificarse. El rico debía demostrar generosidad, fundar hospitales, sostener obras religiosas o presentarse como protector de la comunidad, porque la acumulación sin límite conservaba una sospecha moral.

La sociedad contemporánea ha producido una inversión más profunda puesto que ya no exige que el rico se justifique por poseer demasiado, sino que lo admira precisamente por haberlo conseguido. La fortuna se convierte en evidencia de inteligencia, disciplina y superioridad. El éxito económico comienza a funcionar como certificado de virtud, mientras que la pobreza se interpreta como resultado de una incapacidad individual.

Aquello que anteriormente podía llamarse avaricia pasa a denominarse ambición mientras la explotación se presenta como eficiencia, la indiferencia frente al sufrimiento ajeno se disfraza de responsabilidad personal o la concentración del poder se celebra como liderazgo, lo que lleva a la destrucción de comunidades enteras puede ser defendida en nombre de la libertad económica.
Ciertas formas de libertarismo ofrecen la justificación ideológica más completa de esta transformación, porque parten de una concepción del individuo como propietario absoluto de sí mismo, de sus capacidades y de todo cuanto consigue adquirir mediante intercambios formalmente voluntarios. Desde esta perspectiva, la sociedad deja de ser una comunidad de obligaciones recíprocas y se reduce a una suma de contratos entre individuos que, en teoría, se encuentran en igualdad de condiciones.

El problema aparece cuando esa igualdad jurídica oculta desigualdades materiales tan profundas que la libertad de una de las partes se vuelve prácticamente ficticia. Quien debe aceptar un empleo para alimentar a sus hijos no negocia desde la misma posición que quien puede esperar durante años, si necesita vender su fuerza de trabajo para sobrevivir tampoco posee el mismo poder que quien controla el capital, la tecnología y el acceso al mercado. El contrato puede ser voluntario en los papeles y profundamente coercitivo en la realidad.

El libertarismo radical, sin embargo, tiende a ignorar esa dimensión y convierte todo resultado del mercado en una consecuencia legítima de decisiones individuales. Si alguien acumuló una fortuna dentro de las reglas formales, se considera que tiene derecho absoluto a conservarla aunque esa acumulación le permita condicionar gobiernos y monopolizar recursos o someter a millones de personas a relaciones de dependencia. El rico merece su riqueza porque triunfó mientras que el pobre merece su pobreza porque no supo competir.

Así desaparecen del análisis la herencia, la concentración previa de la propiedad, la desigualdad educativa, los monopolios, el poder financiero, la apropiación de recursos naturales y la capacidad de los grandes actores económicos para modificar las propias reglas bajo las cuales dicen competir. La estructura se vuelve invisible y toda derrota social es atribuida a una falla moral del individuo, no a las condiciones en que desarrolla su vida.

No todo defensor de la libertad económica sostiene esta visión, ni toda crítica al Estado conduce necesariamente a la insolidaridad, pero existe un núcleo libertario que resulta especialmente funcional al poder concentrado que es la idea de que nadie debe nada a nadie fuera de aquello que haya aceptado mediante un contrato. Esa afirmación disuelve la noción misma de comunidad, de empatúia por el prójimo, de solidaridad, mientras desconoce que una sociedad no puede construirse únicamente sobre vínculos comerciales entre individuos aislados.

La vida humana comienza en la dependencia, se desarrolla dentro de instituciones que nadie creó por sí solo y necesita de bienes comunes que ninguna voluntad individual podría producir. El lenguaje, la cultura, la infraestructura, la educación, la seguridad y el conocimiento acumulado por generaciones constituyen una herencia colectiva que desconocen. Incluso la mayor fortuna privada se apoya siempre sobre condiciones sociales que su propietario no creó y de las cuales se beneficia constantemente.

La tradición cristiana comprendía esta realidad al afirmar que la propiedad privada podía ser legítima, pero nunca absoluta, porque los bienes poseen un destino universal y deben servir también al bien común. La riqueza no eximía de responsabilidad, sino que la aumentaba y entonces el que había recibido más no podía considerarse dueño exclusivo de aquello que poseía, sino administrador de bienes que debían cumplir una función social.

La pregunta cristiana no era solamente si algo había sido adquirido legalmente, sino qué obligación nacía de esa posesión frente a quienes carecían de lo indispensable. La legalidad no agotaba la moral porque una fortuna podía ajustarse a las normas y, sin embargo, resultar injusta si se había construido sobre el hambre, la explotación o la privación de los demás.

Cuando esta concepción desaparece, el dinero queda liberado de toda exigencia superior y el éxito sustituye a la virtud. Ya no importa para qué se utiliza el poder, qué consecuencias genera o cuántas vidas quedan destruidas en el camino, alcanza con que haya producido resultados cuantificables. En consecuencia, el balance reemplaza a la conciencia y la rentabilidad se convierte en el argumento definitivo.

También determinadas deformaciones religiosas contribuyeron a legitimar este proceso. Si bien no sería justo generalizar responsabilizando al conjunto del protestantismo por la actual situación, que muchas veces contiene tradiciones de fuerte compromiso social y sostiene que una fe verdadera debe manifestarse necesariamente en obras. Sin embargo, las interpretaciones individualistas de la salvación permitieron separar la vida espiritual de las consecuencias concretas de la conducta económica, como si la fe pudiera permanecer intacta mientras el creyente construía su prosperidad sobre la desgracia ajena.

La teología de la prosperidad llevó esa deformación todavía más lejos al presentar la riqueza como señal de bendición divina. El rico ya no necesitaba pedir perdón ni justificar su fortuna, porque esa misma fortuna aparecía como evidencia de que Dios lo había elegido. El pobre, por el contrario, quedaba bajo sospecha, dado que su situación podía interpretarse como falta de fe, disciplina o mérito y en definitiva que Dios mismo le daba la espalda.

Así, la desigualdad económica adquiría una legitimidad espiritual y la dominación se transformaba en signo de superioridad moral. La riqueza ya no era una prueba que exigía responsabilidad, sino una recompensa que autorizaba al poderoso a contemplar su posición como resultado natural de sus virtudes.

El ateísmo, por su parte, tampoco conduce necesariamente al egoísmo ni a la crueldad, pero cuando se combina con una concepción puramente material del éxito puede eliminar toda idea de responsabilidad más allá de la ley, la reputación o la conveniencia. Si las normas son consideradas simples convenciones humanas y el poderoso posee la capacidad de modificarlas, el límite moral puede reducirse a aquello que resulte útil para conservar su posición.

En ese contexto, la cuestión no es simplemente si el individuo cree o no cree en Dios, sino si reconoce alguna verdad, algún deber o alguna dignidad humana que no pueda ser sacrificada en nombre del éxito. Una sociedad puede declararse religiosa y actuar como si nada existiera por encima del dinero, del mismo modo que una persona atea puede sostener principios éticos profundos.

El problema comienza cuando la cultura entera deja de reconocer límites superiores a la voluntad de quienes vencen.

A esta pérdida moral se suma una dinámica propia de las estructuras de poder, que tienden a seleccionar y premiar a quienes poseen menos escrúpulos. No se trata de una selección natural en sentido biológico, sino de una selección institucional porque en los sistemas organizados alrededor de la competencia permanente, la maximización del beneficio y la eliminación de obstáculos, quienes sienten compasión dudan o reconocen ciertos límites pueden quedar en desventaja frente a quienes están dispuestos a mentir, manipular o sacrificar a otros para avanzar.

La persona escrupulosa se detiene donde otra continúa, rechaza una orden que podría favorecer su carrera, se niega a ejecutar una medida injusta o abandona una posición cuando comprende el daño que está causando. El individuo sin esos frenos, en cambio, puede avanzar con mayor rapidez dentro de estructuras que solo evalúan resultados y consideran toda objeción moral como debilidad.

A medida que asciende, además, el poderoso se rodea de personas semejantes. Quienes contradicen son desplazados, considerados poco confiable, por mostrar compasión son acusados de no comprender las exigencias de la realidad. De ese modo se crea un ecosistema moral en el cual la falta de escrúpulos deja de ser una anomalía y se convierte en una condición para permanecer dentro del círculo de decisión. Así se construye una pirámide que selecciona en función del individualismo, el egoísmo y la falta de solidaridad y empatía.

No es necesario que todos sean monstruos conscientes de aquello que hacen, alcanza con que cada uno ejecute una pequeña parte del daño y traslade la responsabilidad hacia la estructura. El funcionario afirma que cumple órdenes, el empresario explica que responde a los accionistas, el técnico sostiene que solo diseñó el sistema y el político asegura que no existía otra alternativa. La responsabilidad se fragmenta hasta desaparecer, aunque el resultado final sea devastador, son personajes anónimos que se consideran no responsables del conjunto.

Las élites también reproducen esa mentalidad mediante la educación de sus propios descendientes, formándolos no para compartir el mundo con los demás, sino para administrarlo. Desde temprano aprenden a contemplar la competencia como una ley natural, la vulnerabilidad como un defecto y la compasión como una debilidad que otros aprovecharán. El sufrimiento humano deja de percibirse como una realidad moral y se convierte en costo, externalidad, riesgo o variable estadística.

El otro ya no aparece como un semejante, sino como un empleado, consumidor, votante, recurso humano, dato o amenaza. Cuando esta deshumanización se combina con una enorme capacidad tecnológica, el poder puede tomar decisiones que afectan a millones de personas sin experimentar la dimensión concreta de sus consecuencias.

El problema fundamental de nuestra época, por lo tanto, no es solamente económico, sino moral y espiritual. No consiste únicamente en que algunos posean demasiado mientras otros carecen de lo necesario, sino en que la sociedad haya comenzado a admirar la acumulación ilimitada y a considerar que quien consigue concentrar más riqueza merece también una autoridad superior sobre el destino colectivo.

El multimillonario se transforma entonces en referente intelectual, consejero político, innovador moral y diseñador del futuro, como si la habilidad para acumular dinero demostrara automáticamente sabiduría sobre educación, ciencia, guerra, cultura o justicia. Su riqueza no es vista como una concentración que debe ser limitada, sino como una credencial que lo habilita a decidir por los demás.

Allí se encuentra el núcleo más peligroso de esta transformación porque el mal ya no necesita ocultarse ni justificarse y ha conseguido modificar el lenguaje con el cual la sociedad lo reconoce. La avaricia se llama éxito, el egoísmo se llama libertad, la desigualdad se llama mérito, la dominación se llama liderazgo y la subordinación se presenta como resultado natural de la competencia.

El dinero nunca fue el verdadero objetivo de las grandes acumulaciones, ese el el gran error de apreciación de quienes intentan oponerse y no entienden la naturaleza final del problema. Solo el dinero fue un instrumento mediante el cual una voluntad individual pudo adquirir empresas, instituciones, gobiernos, tecnologías y conciencias. El objetivo final fue siempre el poder:, que es la capacidad de decidir sobre la vida de los demás sin tener que responder ante ellos.

Una sociedad que abandona la idea de trascendencia, debilita la solidaridad y convierte la riqueza en medida de la dignidad humana queda moralmente indefensa frente a esa ambición, porque deja de reconocer al poderoso como alguien cuya voluntad debe ser limitada y comienza a contemplarlo como un vencedor cuya conducta merece ser imitada.Y cuando la dominación deja de producir rechazo para transformarse en modelo de éxito, el poder ya no necesita imponerse únicamente desde arriba porque ha conseguido algo mucho más eficaz: que quienes se encuentran debajo aspiren a reproducirlo.

Marcelo Ramírez
Analista geopolítico | AsiaTV – Humo y Espejos

Analista geopolítico, escritor y conferencista argentino especializado en análisis geopolítico y militar, conflictos contemporáneos y dinámica del mundo multipolar. Fundador y director de AsiaTV y creador de la plataforma de análisis estratégico Humo y Espejos. Autor del libro La OTAN contra Rusia. Propaganda y guerra híbrida (Editorial Letras Inquietas, 2022). Cofundador de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI), iniciativa orientada a fortalecer el diálogo estratégico entre el mundo ruso y la comunidad iberófona.

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