El crédito de los reyes – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

En un pasaje especialmente clarividente de su célebre ‘Discurso sobre la situación general de Europa’, Donoso Cortés proponía una sutil y demoledora analogía entre la degradación de las concepciones religiosas y la degradación paralela de las formas de gobierno. Advertía Donoso que, así como en la monarquía tradicional el Rey es la imagen política de un Dios providente –aquél que mantiene una relación personal con sus criaturas y las asiste en la tribulación–, en la monarquía constitucional el monarca se transmuta, inevitablemente, en una imagen política del dios falso del deísmo. A este dios de los filósofos ilustrados no se le niega formalmente la existencia, pero se le prohíbe de forma taxativa intervenir en la vida de sus criaturas. Se le puede invocar de manera vacua y retórica en los preámbulos solemnes, pero vive confinado en su cielo remoto, sin posibilidad alguna de actuar providencialmente en caso de que su pueblo le necesite.

Esta degradación divina se traduce, en la prosaica realidad del Régimen del 78, en una preocupante degradación de la figura del jefe del Estado, convertido en una suerte de «dontancredo» que debe obedecer las consignas del gobierno de turno, actuar según sus directrices y hablar por boca de ganso. Al doctor Sánchez le molestaba sobremanera llevarlo a Cataluña cuando andaba dorando la píldora a los indepes, y lo dejó en palacio; ahora le molestaba que viajase a Ceuta, para no irritar a Mujamé (quien, al parecer, ya ejerce sobre Ceuta una suerte de protectorado); y también para que no vuelva a brillar ‘urbi et orbi’ el contraste entre un varón gallardo y un galgo de Paiporta. Al dejar al Jefe del Estado aparcado en el desván de la Zarzuela, el doctor Sánchez y sus mariachis mutilan el lazo afectivo y simbólico que une a la Corona con su pueblo. Un rey al que se le prohíbe pisar la tierra de sus súbditos más expuestos es como un dios deísta: una abstracción inútil en el momento de la tribulación.

José María Pemán defendía desde las páginas de ABC la crucial «posición arbitral» de la Monarquía, afirmando que es la única forma de gobierno capaz de «repatriar hacia ese centro popular y justiciero que es, de verdad, la Nación, a esas especies de exiliados interiores que son tachados de revolucionarios e izquierdistas porque piensan en necesarias transformaciones; y a los tachados de derechistas e inquisitoriales porque piensan en los imperativos biológicos del orden y la tradición». Pero para que tal cosa sucediese, proseguía Pemán, la Monarquía no podía conformarse con tener unas simples «funciones suntuarias, representativas y ceremoniales»; pues entonces, lejos de «repatriar hacia ese centro popular y justiciero que es la Nación» a los «exiliados interiores», los expulsaría a los márgenes, los volvería más revolucionarios o inquisitoriales, generando a la vez desapego hacia la Monarquía. He aquí la sórdida estrategia del doctor Sánchez, que necesita remover el «contenido moral» de la Monarquía para consumar sus planes. Por ello impide al Jefe del Estado consolar al pueblo ceutí, que acaba de sufrir una invasión bárbara, mientras le encomienda actuar como altavoz de los «logros» del Gobierno o de la ideología global sistémica. Así, a la vez que se culmina la transmutación de la Jefatura del Estado en un mero órgano administrativo, al estilo del Defensor del Pueblo o el Consejo de Estado, el humillado Jefe del Estado se torna a los ojos de los españoles en una suerte de felpudo pisoteado.

En este contexto de calculada humillación adquiere su pleno significado la reciente y maliciosa campaña del ministrillo tuitero, quien no ha dudado en calificar de «ignominia» que el Jefe de Estado osase saludar en Colombia a un currinche que, al parecer, ha osado tocar los perendengues ministeriales. Convendría recordar que, en una reciente visita a la Asamblea de las Naciones Unidas, nuestro Jefe de Estado (con el beneplácito del Gobierno) se fotografió y estrechó la mano chorreante de sangre del rebanacuellos que actúa en Siria como capataz al servicio del anglosionismo, después de evacuar un discursito donde exaltaba «el compromiso español con los derechos sexuales y reproductivos». Resulta, en verdad, grotesco que se considere plenamente institucional que nuestro Jefe del Estado estreche la mano de un yihadista implicado en las más tenebrosas masacres, pero se califique de «ignominia» saludar a un currinche que le cae gordo a un ministrillo cualquiera.

En su gloriosa ‘Política de Dios y gobierno de Cristo’, Francisco de Quevedo dejó escrito el diagnóstico exacto de lo que ocurre cuando un monarca acepta que los cortesanos le «guarden el sueño», para ahorrarle disgustos y quehaceres ímprobos: «El ministro que guarda el sueño a su rey, le entierra, no le sirve; le infama, no le descansa; guárdale el sueño, y piérdele la conciencia y la honra». Que es, exactamente, lo que le ha ocurrido a la Monarquía durante el Régimen del 78, que bajo el pretexto de proteger al Jefe de Estado de la polémica política, le está arrebatando la conciencia y la honra, hasta obligarlo a un dontancredismo que, en determinadas circunstancias, adquiere penosas similitudes con la sumisión y brinda una imagen calamitosa propia del dios falso del deísmo.

También Quevedo alertaba del peligro de parálisis que acecha al monarca que, ante el abuso flagrante, no hace otra cosa sino entregarse a la inacción melancólica: «Rey cuya bondad no se extiende a más de entristecerse, no es rey: es vil esclavo de la malicia de sus vasallos, […] pues se aflige de consentir maldades que sabe que lo son». Un monarca que se limita a «indignarse» en un comunicado, mientras es despojado de sus prerrogativas por filibusteros, acaba perdiendo la reverencia del pueblo, que es su más preciado tesoro. El Régimen del 78 ya ha despojado en gran medida a la monarquía de sus bienes espirituales, de su potestad moral para encarnar la justicia natural, obligando al Jefe del Estado a firmar leyes gravemente inicuas. Si ahora también se abstiene de acudir allí donde el deber nacional lo reclama, aceptando resignadamente el papel de dontancredo, acabará pisoteado por aquellos mismos que hoy le recortan y modelan a su gusto la agenda. Un dios ausente termina por ser un dios olvidado; y un pueblo que deja de ver a su rey actuar providencialmente en la tribulación deja, inevitablemente, de amarlo.

Concluimos este artículo citando nuevamente a Quevedo: «El crédito de los reyes está en la justificación de los que le sirven; y la perdición, en el sustentamiento de los que le desacreditan y disfaman. A llevar adelante los errores, a disimular con los malos, ayuda el demonio; y hace castigarlos y reducirlos Dios. Muy cobarde es quien no se fía de esta ayuda, y muy desesperado quien prosigue con la otra».

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