
Por Ivone Alves García
Presentar a Javier Milei como un enfermo psiquiátrico puede parecer la forma más dura de cuestionarlo pero en realidad, convierte sus decisiones en síntomas, confunde las prácticas esotéricas con una patología y desplaza la pregunta decisiva: cuánto hay de voluntad, consentimiento y responsabilidad espiritual en un poder que conoce el daño y persevera.
Cuando Javier Milei afirmó que en la Argentina había “terroristas disfrazados de estudiantes, de periodistas, de profesores y de investigadores”[1], una parte de la discusión pública abandonó el contenido de sus palabras para concentrarse en su salud mental. Victoria Villarruel habló de “persecuciones imaginarias” y manifestó preocupación por su estado. Días después, el ministro bonaerense Carlos Bianco contó que había consultado a una inteligencia artificial y trasladó al debate un supuesto diagnóstico de “delirio persecutorio”. La declaración de un jefe de Estado contra comunidades enteras comenzó a ser tratada menos como un acto político que como un síntoma.
Ese desplazamiento puede terminar protegiendo aquello que pretende denunciar. Si cada expresión de hostilidad y cada decisión destructiva se explican mediante una enfermedad, la voluntad del gobernante desaparece detrás de un cuadro clínico. Sus actos dejan de ser elecciones y pasan a convertirse en manifestaciones involuntarias. La psiquiatrización ofrece una respuesta rápida para una realidad más difícil de admitir: una persona puede conservar su capacidad de razonar, organizar medios, seleccionar aliados y establecer objetivos, y utilizar esas facultades contra el bien de otros.
Desde 2023 circulan versiones según las cuales Milei estaría medicado y habría sufrido reiterados brotes psicóticos. Una supuesta historia clínica atribuida al FLENI hablaba de esquizofrenia y clozapina. El documento era falso. En febrero de 2025 se difundió otro relato sobre un presunto brote en Olivos y un traslado urgente de Karina Milei en helicóptero. La imagen utilizada era antigua y el autor de la publicación reconoció que buscaba repercusión.
La falsedad de esas pruebas no declara sana la conducta de Milei. Demuestra que no hacen falta falsificaciones para formular una acusación más grave. Tampoco una eventual medicación psiquiátrica resolvería la discusión política. Millones de personas reciben tratamiento y conservan su juicio, su capacidad laboral y su responsabilidad moral. Convertir una prescripción en indicio de peligrosidad estigmatiza a quienes padecen una enfermedad mental y, al mismo tiempo, ofrece al poderoso una coartada: aquello que hizo ya no sería enteramente suyo.
Los hechos públicos permiten un juicio más severo. El vocabulario presidencial no aparece como una sucesión casual de desbordes. Milei ha llamado “degenerados fiscales” a legisladores que cuestionaron sus decisiones[2], ha explicado la oposición ideológica mediante la imagen de “parásitos mentales” que convierten a las personas en zombis[3], se ha referido a “periodistas y econochantas”[4] y ha presentado a integrantes de la comunidad universitaria como terroristas infiltrados. Las expresiones cambian, pero conservan una estructura: el adversario deja de ser alguien que puede estar equivocado y pasa a ser un organismo degradado, una contaminación o una amenaza que debe ser extirpada.
Ese lenguaje revela una pedagogía política. Pronunciado desde la Presidencia y reproducido por funcionarios, comunicadores y militantes, enseña a mirar a grupos concretos como portadores de una infección moral. El insulto no queda encerrado en el temperamento de quien habla. Proporciona las categorías con las que otros justifican el desprecio. Una vez que estudiantes, científicos, periodistas, jubilados o legisladores son convertidos en parásitos, degenerados o terroristas, el daño que reciben puede ser narrado como defensa, saneamiento o sacrificio necesario.
La continuidad entre las palabras y las decisiones impide explicar todo como un arrebato. El Gobierno conoce las consecuencias de sus políticas porque son discutidas en el Congreso, advertidas por instituciones, expuestas en manifestaciones y llevadas ante la Justicia. En el conflicto por el financiamiento universitario, el veto presidencial fue rechazado por el Parlamento, la aplicación de la ley fue reclamada judicialmente y la controversia llegó hasta la Corte Suprema. La persistencia no procede de la falta de información. Existe una voluntad política que conoce el conflicto, calcula sus costos y sostiene su dirección.
No es necesario afirmar que cada medida gubernamental carece de cualquier efecto favorable. Una administración puede ordenar una cuenta, eliminar un abuso o corregir una distorsión y, al mismo tiempo, subordinar esos resultados a una orientación contraria al bien común. El juicio moral depende del fin que organiza el conjunto, de los medios que se vuelven aceptables y del lugar que conserva la dignidad humana.
En las decisiones centrales de Milei aparece una constante. Bienes limitados como el equilibrio fiscal, el orden, la eficiencia o la libertad económica son separados de toda obligación hacia el prójimo. La libertad se convierte en licencia del fuerte; el orden, en obediencia; el equilibrio fiscal, en un valor independiente de la justicia; la eficiencia, en una contabilidad que registra recursos mientras deja de reconocer personas. El bien parcial es arrancado de su finalidad y utilizado para justificar exclusión, humillación o abandono.
Desde la perspectiva cristiana, esa inversión permite reconocer la presencia persistente del mal. El mal no crea: parasita un bien, lo desordena y lo vuelve contra aquello que debía servir. Comienza a organizar una política cuando las personas dejan de ser reconocidas como sujetos, su sufrimiento se reduce a una variable, la mentira se vuelve necesaria para sostener una decisión y el poder utiliza su capacidad de nombrar para retirar dignidad a quienes resisten.
En ese marco adquieren otra relevancia las prácticas esotéricas situadas alrededor del poder presidencial. En febrero de 2025 se publicó que, después de la salida de Eduardo Serenellini, se había realizado una limpieza energética en su antiguo despacho de la Casa Rosada mediante palo santo, vinagre y hierbas. La iniciativa fue atribuida a Karina Milei y a personas de su entorno. La práctica no fue ubicada en un domicilio particular, sino dentro de la sede del Poder Ejecutivo.
También está documentado que Milei acudió a Celia Melamed durante la enfermedad y el duelo por Conan. La veterinaria, vinculada con la comunicación empática con animales, el reiki y el chamanismo, confirmó las consultas. La clonación del perro y la condición familiar y simbólica que Milei concede a sus mastines son hechos reconocidos. Los relatos sobre conversaciones con Conan, vidas anteriores, mensajes de Dios y consejos políticos aparecen además en investigaciones biográficas y testimonios de personas que conocieron su entorno.
Una persona no necesita padecer una psicosis para buscar una limpieza energética, consultar a una médium, recurrir al reiki o atribuir influencia espiritual a un animal. Esas prácticas pueden ser elegidas conscientemente por personas capaces de dirigir organizaciones y elaborar estrategias complejas. El esoterismo no constituye un diagnóstico psiquiátrico. Pertenece al orden de las creencias, las adhesiones y las decisiones espirituales.
La diferencia es decisiva. La enfermedad remite a un padecimiento; la práctica esotérica puede expresar una elección. Presentarla como simple extravagancia psicológica impide preguntar qué se busca en ella, a qué clase de poder se concede confianza y qué lugar ocupa dentro de una estructura estatal. Cuando una limpieza energética ingresa en la Casa Rosada, el hecho deja de pertenecer al catálogo de rarezas privadas. Pasa a formar parte del clima espiritual y simbólico del poder.
La tradición cristiana considera que la búsqueda de conocimiento, protección o dominio mediante fuerzas ocultas contradice la confianza debida a Dios y expone la libertad al engaño espiritual. El problema no reside necesariamente en la pérdida de la razón. Puede residir en el uso de la razón para consentir una orientación que promete revelación, seguridad o poder al margen de la verdad.
No hace falta declarar una posesión para reconocer ese peligro. La acción ordinaria del mal se manifiesta mediante la mentira, la acusación, la división y la inversión moral que presenta el daño como un bien necesario. Se la reconoce por sus frutos: cuando la crueldad recibe el nombre de eficiencia, la indiferencia se convierte en responsabilidad, la humillación se presenta como sinceridad y la dominación se proclama libertad.
El nombre diábolos remite al que divide y acusa. Esa función adquiere una dimensión política cuando la sociedad deja de ser presentada como una comunidad de personas con intereses enfrentados y pasa a dividirse entre productivos y parásitos, elegidos y degenerados, defensores de la libertad y terroristas infiltrados. Unos conservan el derecho a ser escuchados; los otros son expulsados previamente del campo de la dignidad. El daño posterior aparece entonces como una consecuencia aceptable.
“Por sus frutos los conoceréis” establece un criterio. Aplicado al poder, obliga a mirar no sólo las intenciones proclamadas, sino aquello que las decisiones producen de manera constante. Cuando la mentira se convierte en método, la acusación deshumaniza, la división organiza la política y el sufrimiento ajeno se utiliza como demostración de firmeza, existe una correspondencia con las formas ordinarias en que el cristianismo reconoce la acción del mal en la historia.
La afirmación no recae sobre el alma de Milei. Recae sobre la orientación pública de su voluntad y sobre los frutos de su gobierno. Ese juicio es más grave que llamarlo loco porque no lo convierte en víctima de una mente que actúa sin su consentimiento. Milei argumenta, planifica, identifica adversarios, modifica tácticas y persevera aun después de conocer las consecuencias. No estamos ante una voluntad ausente, sino ante una voluntad activa.
San Agustín describió el sometimiento moral como una secuencia. La voluntad desordenada produce una acción; la repetición forma el hábito; el hábito consentido adquiere la fuerza de una necesidad. La libertad termina condicionada por aquello que decidió alimentar, pero la responsabilidad no desaparece. Cada nueva ratificación profundiza el vínculo con el engaño elegido.
Entre la enfermedad y la posesión existe un territorio que el debate público suele omitir: el resentimiento cultivado, la mentira aceptada porque resulta útil, el placer de humillar, la necesidad de ser obedecido y la convicción de poseer una misión que coloca al elegido por encima de toda corrección. Una persona puede interpretar cualquier límite como persecución no porque haya perdido necesariamente el contacto con la realidad, sino porque construyó una visión en la que toda resistencia confirma su grandeza.
Esa voluntad no actúa sola. El primer círculo de responsabilidad está formado por quienes concentran el acceso al Presidente, validan su lectura del mundo, protegen su aislamiento y convierten sus preferencias en órdenes. El entorno íntimo no es un grupo de espectadores sometidos a sus arrebatos. Participa de la construcción del poder, confirma sus certezas y evita que la contradicción ingrese en el espacio donde se toman las decisiones. Cuando además admite prácticas esotéricas dentro del ámbito estatal, autoriza que esa concepción espiritual forme parte de la vida institucional.
El segundo círculo está integrado por quienes traducen la voluntad presidencial en decretos, vetos, recortes, protocolos y discursos. Ministros, asesores, legisladores, funcionarios y comunicadores comprenden el sentido de las medidas que ejecutan. Pueden advertir sus consecuencias, corregirlas o negarse. Cuando las sostienen, la obediencia se convierte en decisión moral.
Un brote individual no redacta normas, negocia votos, disciplina alianzas, distribuye recompensas y defiende durante años una misma orientación. La organización del daño requiere inteligencia compartida, silencios útiles y voluntades convergentes. Uno diseña la medida, otro calcula el ahorro, otro desacredita a quienes sufrirán sus efectos y otro convierte la crueldad en espectáculo. La fragmentación de las tareas permite que cada participante se presente como una pieza menor, aunque el resultado dependa de la cooperación de todos.
Más lejos se encuentran quienes no comparten toda la doctrina ni participan de la intimidad presidencial, pero acompañan mientras el acuerdo les ofrece poder, negocios, protección, notoriedad o la derrota de un adversario común. Su adhesión puede ser menos fervorosa, pero no es inocua. Presta votos, firmas, financiamiento, micrófonos y legitimidad. Se retira únicamente cuando el costo supera el beneficio.
El mal político rara vez avanza solo por convicción. También necesita a quienes colaboran sin creer del todo porque, durante un tiempo, les conviene. La responsabilidad alcanza tanto al fanático como al oportunista: uno entrega su conciencia a la causa; el otro la suspende mientras obtiene una ventaja.
Los medios participan de la confusión cuando utilizan diagnósticos como insultos y convierten la psiquiatría en una rama del comentario político. Algunos buscan desacreditar a Milei llamándolo loco; otros utilizan la inexistencia de un diagnóstico para negar el carácter perturbador de sus actos. Ambos caminos evitan el núcleo. Una conducta puede ser moralmente perversa sin proceder de una psicosis, y una persona con una enfermedad mental puede conservar una conciencia recta. La maldad y la patología no son sinónimos.
La crítica más profunda a Milei no necesita una historia clínica falsa ni un brote imposible de probar. Se sostiene en sus palabras, en la continuidad de sus decisiones y en la red que convierte su visión moral en acción de gobierno. También observa las prácticas espirituales admitidas en su entorno, no como anécdotas pintorescas, sino como signos de la clase de poder, protección y conocimiento a los que se concede confianza.
El cuadro es más grave que una excentricidad y más consciente que un síntoma. Una conducción que deshumaniza al adversario, persiste en el daño conocido, invierte el sentido de bienes como la libertad y la justicia, incorpora prácticas vinculadas con el ocultismo y exige adhesión por encima de toda corrección construye una atmósfera de oscurantismo espiritual. Su naturaleza se reconoce en la dirección constante de los actos, en los frutos que producen y en la red de voluntades que los vuelve posibles.
Reducirlo todo a enfermedad sería conceder una inocencia que esos actos no autorizan. La posible influencia del mal no reemplaza la decisión propia: opera mediante el consentimiento, la soberbia que se deja confirmar y la inteligencia que aprende a justificar el desprecio. La responsabilidad permanece en quien conduce, en quienes custodian su mundo cerrado, en quienes convierten su voluntad en política estatal y en quienes acompañan desde más lejos mientras obtienen una ventaja. El mecanismo se sostiene porque cada círculo encuentra una razón para no interrumpirlo.
Ivone Alves García
Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).
Notas y enlaces
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Javier Milei, entrevista con Luis Majul, La Cornisa (LN+), 2 de agosto de 2026.
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Javier Milei, presentación de los Voceros de la Libertad de la Fundación Faro, 4 de agosto de 2025.
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Javier Milei, Bolsa de Comercio de Buenos Aires, 10 de julio de 2025.
Fuentes complementarias
Chequeado: declaraciones de Carlos Bianco sobre un supuesto “delirio persecutorio”.
Chequeado: verificación de la falsa historia clínica atribuida al FLENI.
VerificaRTVE: verificación del presunto brote psicótico en Olivos.
La Nación: limpieza energética en un despacho de la Casa Rosada.
TN: entrevista con Celia Melamed sobre sus consultas con Javier Milei.
Reuters: la clonación de Conan y los perros de Javier Milei.
El País: conflicto por la aplicación de la ley de financiamiento universitario.

