Crisis de valores – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Siempre que analizamos las calamidades que nos gangrenan tendemos a fundarlas en una ‘crisis de valores’. Este sintagma que se ha convertido en una suerte de placebo inane que, sin embargo, se sigue presentando como una suerte de panacea universal. Pero lo cierto es que los ‘valores’ son productos culturales, cuya jerarquía establece cada época en función de sus preferencias e intereses; y cuya vigencia declina a medida que tales preferencias e intereses cambian. Frente a los eventuales y voltarios ‘valores’ se alzan las inmutables virtudes, que los antiguos invocaban en circunstancias similares a las que nosotros ahora sufrimos; pero para que tales virtudes puedan ser invocadas, hace falta reconocer una ley moral de la que tales virtudes emanen, cosa a la que nuestra época no parece dispuesta.

Hoy se habla incansablemente, en una logomaquia aturdidora, de valores sociales, valores políticos, valores educativos, etcétera; pero hablar de ‘valores’ es como hacer un brindis al sol. Pues lo cierto es que los llamados ‘valores’ (término de inequívoco tufillo bursátil) son percepciones subjetivas sobre la realidad de las cosas, acuñaciones culturales que en tal o cual época se reputan convenientes o beneficiosas; y que, como todas las acuñaciones culturales, son necesariamente cambiantes, sobre todo en sociedades tan ‘diversas’ y ‘plurales’ como las nuestras, donde ‘coexisten’ (odiándose en sordina) personas con valores radicalmente opuestos e incompatibles. Referirse en una sociedad ‘plural’ a los valores es como referirse a los gustos personales: cada quisque elabora los suyos; y tratar de entenderse en medio de un hormiguero de valores personales inconciliables es tan ilusorio y grotesco como pretender hacerlo entre los escombros de la torre de Babel. En nuestras sociedades, más que una ‘crisis de valores’, hallamos una ‘plétora de valores’, un ‘supermercado de valores’ –a veces conformados por las ideologías en liza, a veces por la pura conveniencia personal– que las incapacita para los esfuerzos colectivos.

Pero es lógico que, faltándonos la capacidad para medir el bien conforme a una ley moral inmutable, acabemos cifrándolo en aquello que nos conviene o beneficia, en aquello que ratifica o exalta nuestras ‘opciones’ vitales, en aquello que postula nuestra ideología. Esta ‘plétora de valores’ es la consecuencia natural de la ‘autonomía personal’, que es un dogma inatacable de las democracias modernas. Cada persona juzga la naturaleza de sus acciones sin aceptar –sin considerar siquiera– la existencia de una fuente suprema de autoridad moral. Y faltando esa fuente suprema que determine dónde se halla el error, empezamos perdonándonos nuestros propios errores, hasta llegar a amarlos; y, una vez que los amamos, deseamos que tales errores sean reconocidos públicamente como aciertos (cosa que lograremos si una mayoría se adhiere a ellos). La ley moral ya no obliga a la voluntad de la persona –como pretendía el iluso de Kant–, sino que la voluntad de la persona establece a su capricho la ley moral, que ya no es ley ni moral, sino repertorio de valores ad hoc.

Esta ‘plétora de valores’ que no reconoce una ley moral puede aspirar a lo sumo a imponer una ‘disciplina ética’ que refrene nuestros apetitos e intereses, erigidos en criterio legitimador de nuestra conducta. Pero esa ‘disciplina ética’ acaba relajándose tarde o temprano, pues se limita a enjuiciar las acciones por sus consecuencias –criterio de pragmatismo–, sin atreverse a reconocer una norma suprema que enjuicie la naturaleza de las acciones en sí. Así, por ejemplo, la ‘disciplina ética’ vigente en nuestra época postula que las personas somos libres para actuar según nuestro deseo; y que tal libertad sólo será reprobable cuando acarree consecuencias dañinas para un tercero. Pero no se acepta la calificación de la naturaleza de nuestras acciones, independientemente de las consecuencias que acarreen; pues para ello tendríamos que restringir nuestra libertad, tendríamos que someterla a un freno moral previo. Y esto exigiría reconocer una ley moral universal que no puede ser modificada en atención a nuestras preferencias e intereses; y cuyo castigo no dependa –o sólo dependa a la hora de establecer su graduación– de las consecuencias dañinas que pueda acarrear a terceros. Mientras esa ley suprema no sea restablecida, todo intento de regeneración social será baldío; pues las ‘disciplinas éticas’ acaban relajándose, adaptándose a las circunstancias, para poder seguir satisfaciendo preferencias e intereses personales, hasta finalmente pudrirse. A esto lo solemos llamar ‘crisis de valores’, pero es la desembocadura natural de la ‘plétora de valores’.

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