El prójimo configurable: la industria que aprendió a vender amor sin riesgo – Por Ivone Alves García

Por Ivone Alves García

Hay máquinas que ya aprendieron a decir «te quiero», con tanta suavidad y dulzura que puede llegar a engañar a cualquiera, por supuesto que no lo sienten, pero está observado al más mínimo detalle del comportamiento humano. Quizás hasta logre convencerte de que es verdad.

En China, la empresa UBTech ya recibió más de trece mil pedidos de androides diseñados para dar compañía: piel sintética, rostro que sonríe, memoria que recuerda cada conversación, un algoritmo que detecta el estado de ánimo del dueño y responde en consecuencia. En Estados Unidos, Realbotix vende lo mismo con otro nombre: robots que pueden programarse para ser novia o novio, con la personalidad que el comprador elija. El rostro, la voz, el carácter, la forma de amar: todo viene en el menú.

Nadie fabrica un producto para llenar un vacío que no existe. Y este vacío no cayó del cielo. Alguien lo cavó, lo construyó despacito.

Durante las últimas tres décadas al menos, nos vienen enseñando que la ternura era una debilidad, que la disponibilidad era sometimiento, que la maternidad era una condena y que la familia era una jaula. Nos enseñaron que la mujer fuerte era la que se volvía contra todo lo que históricamente había sido femenino: la belleza, la delicadeza, el cuidado del otro. Hubo hasta una estética para eso: un feminismo que dejó de discutir derechos para discutir apariencia, y que impuso como bandera de coherencia política arrancar de raíz la delicadeza y la belleza natural de la mujer para imitar, en el cuerpo, la rudeza masculina que decía combatir. Los hechos hablan por sí solos: ellas mismas se encargaron de decirlo, convertidas en enemigas declaradas del hombre y hasta de la mujer que solo quería ser madre.

El error del feminismo radical es diagnosticar como ‘sumisión’ lo que en realidad es la mayor fortaleza de la mujer: su capacidad de cuidar, escuchar y pacificar. Cuando la tecnología o los servicios buscan la calidez de una voz femenina, no están codificando la opresión, sino reconociendo un arquetipo universal. La voz de la mujer —asociada desde la infancia al refugio materno— evoca una firmeza que no necesita ser estridente para hacerse respetar. Al intentar erradicar la dulzura y la paciencia bajo el pretexto de la liberación, este feminismo rabioso no emancipa a la mujer; la despoja de su identidad más valiosa y reduce su dignidad a la burda imitación de la agresividad masculina.

Esa misma lógica del menú a la carta —donde el rostro, la voz y el carácter de un robot se eligen como quien arma un pedido— no nació con la robótica. Nació antes, cuando se empezó a tratar el cuerpo y la identidad como algo que se configura y no como algo que se recibe. Esa lógica no se detuvo en lo simbólico: llegó al cuerpo de un adolescente. En Argentina, la ley considera «adulto» para decidir sobre su propio cuerpo a un chico de dieciséis años, y bajo ese umbral se habilitó el acceso a tratamientos hormonales de cambio de género sin que un padre o un juez tengan nada que decir. Más allá del debate médico, lo que emerge es un patrón ineludible: es la misma convicción, aplicada dos veces. Primero se dijo que el cuerpo y la identidad de una mujer adulta eran un menú que podía rehacerse a voluntad, mi cuerpo, mi vida. Después se dijo lo mismo del cuerpo de un chico. El paso que sigue —un vínculo que también se arma a pedido, con un androide— ya no es un salto. Es el mismo menú, aplicado por tercera vez.

¿Y los hombres? Tampoco salieron ilesos. A ellos les enseñaron otra cosa: que la sexualidad es consumo, que el compromiso es pérdida de libertad, que convivir con alguien es un riesgo que hay que evitar, y que ellos mismos —simplemente por ser hombres— eran sospechados de antemano. Por eso Realbotix vende tanto la versión femenina como la masculina: no es un detalle de catálogo, es la misma huida en las dos direcciones. Cuando a toda una generación se le enseña que el otro sexo es un adversario, no debería sorprender que millones —mujeres y hombres— terminen prefiriendo algo que nunca discute en serio, nunca envejece, nunca pide perdón porque nunca lo necesita, y que sobre todo no los señala como culpables antes de conocerlos. El robot no le está ganando la pulseada solo a la mujer real. Le está ganando la pulseada a un vínculo que ya venía perdiendo antes de que el primer androide saliera de fábrica.

Acá está lo que de verdad se está fabricando, y es más grande que un robot con forma de mujer. El producto promete conservar la belleza, la paciencia, la atención, la sexualidad, la compañía. Y promete eliminar la libertad, el conflicto, la vejez, la necesidad, lo imprevisible, la obligación moral de quedarse. Es decir: promete separar las cualidades de una relación de la persona libre que las sostenía. Eso ya no es un sustituto de la mujer. Es un sustituto del prójimo. De cualquiera que, pudiendo decir que no, decide quedarse.

Una máquina puede detectar tristeza y devolver la frase exacta que un algoritmo calculó que el usuario necesitaba oír. Lo que no puede hacer —lo que ninguna actualización de software va a resolver jamás— es entregar su vida por decisión propia, cuidar por convicción moral, perdonar una ofensa real, permanecer junto a alguien pudiendo elegir no hacerlo. Eso solo lo hace un ser libre. Y un ser libre es, por definición, alguien que también podría irse.

La soledad no es una epidemia que nos cayó del cielo, es la factura que estamos pagando por haber desplazado la interdependencia del terreno del cuidado al de la debilidad. Nos convencieron de que todo vínculo es una transacción de riesgo; el resultado es el prójimo sintético: un remedio programable, aséptico y seguro, diseñado precisamente para no exigir nunca lo que un ser humano libre —que, por definición, siempre nos puede reclamar algo— terminaría pidiendo.

El problema no es la tecnología en sí, sino el vacío que estamos intentando llenar con ella. La inteligencia artificial va a seguir avanzando y eso, por sí solo, no es lo que hay que temer. Podemos fabricar una voz que consuele, un rostro que sonría, un cuerpo que obedezca. Lo único que ninguna fábrica va a poder producir jamás es a alguien libre que, pudiendo marcharse, decida quedarse. El problema de estos robots no empezó en un laboratorio de Shenzhen. Empezó antes, cuando dejamos de enseñar por qué vale la pena correr el riesgo de amar a una persona real.

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