Adaptaciones – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Se ha discutido mucho este verano sobre la ‘adaptación’ de La Odisea perpetrada por Christopher Nolan, en algunos casos para ensalzarla, en otros para denigrarla; en cambio, apenas se ha discutido sobre el sentido de una ‘adaptación’, que habría ayudado a centrar el debate.

Mucha gente que ha denigrado la película de Nolan se aferra a hechos circunstanciales y menores que alimentan el rifirrafe ideológico. Así, por ejemplo, se cuestiona que a Helena la interprete una actriz de raza negra, siendo un personaje al que Homero designa «la de blancos brazos»; pues la palidez era entonces un signo de aristocracia, y una mujer de la realeza debía impedir que su piel fuese ‘mancillada’ por el sol. Nolan, desde luego, elige una actriz negra para encarnar a Helena por sumisión ideológica, por mucho que trate de presentarlo como un acto de libertad creativa. Pero tal elección es anecdótica y, a la postre, irrelevante; si Nolan hubiese vivido, por ejemplo, en la Inglaterra isabelina y hubiese hecho una adaptación teatral de La Odisea, habría tenido que elegir a un hombre para interpretar a Helena, pues la moda ideológica del momento y del lugar prohibía que las mujeres trabajasen como actrices (no ocurría lo mismo en España, por cierto). En la Inglaterra isabelina, Julieta, lady Macbeth o Desdémona eran interpretadas por hombres en todos los escenarios; y el público lo aceptaba resignada o dócilmente, como hoy aceptamos las modas ideológicas que nos imponen una inverosímil Helena de raza negra. Pero estas imposiciones grotescas o humillantes que pisotean el sentido común no logran destruir la vigencia de los mitos que Helena o Julieta encarnan: aunque las interpreten mujeres de una raza incongruente, aunque las interpreten hombres barbados, aunque las interpretasen alienígenas, Julieta o Helena siguen vivas en la ‘memoria de la especie’, incólumes a las rapiñas ideológicas del momento. A la postre, cambiar de raza a Helena resulta tan patéticamente inane como obligarla a vestir anacrónicamente, con estética punk o cualquier otro dislate de los que estuvieron rabiosamente de moda hace unos pocos años (recordemos, por ejemplo, los montajes operísticos de Calixto Bieito).

Pero una Helena de raza negra o vestida por Chanel, incluso una Helena que desata una guerra nuclear, pueden ser ‘adaptaciones’ aceptables, aunque delaten a un adaptador de chichinabo que necesita recurrir al aspaviento chirriante para llamar la atención. Otra cosa bien distinta es aprovecharse de los grandes relatos literarios –de la impronta que han dejado en la ‘memoria de la especie’– y de los personajes míticos que tales relatos contienen para construir otro relato y otros personajes que, más allá de ciertas coincidencias onomásticas o argumentales, poco o nada tienen que ver con los originales, llegando incluso a ser su refutación o antítesis. ¿Sería legítimo, por ejemplo, hacer una ‘adaptación’ del Quijote en donde el ingenioso hidalgo fuese un tipo rijoso que se beneficia a Maritornes y Altisidora, olvidándose de su lealtad a Dulcinea? ¿Sería legítima una ‘adaptación’ de la Divina Comedia donde el infierno resultase un lugar apacible y acogedor? Desde luego, un artista es muy dueño de imaginar un caballero andante rijoso o un infierno placentero, pero que meta en tal olla podrida las figuras de don Quijote o de Dante nos resulta inaceptable; y mucho más presentar esa discutible ocurrencia como una ‘adaptación’ de las obras maestras que nos proponen exactamente lo contrario.

Al adaptador le exigimos la humildad para asumir y acatar el universo creativo que se dispone a adaptar. No puede reconfigurar a su capricho el carácter de los personajes, no puede alterar la cosmovisión del autor ni pretender que su obra aborda asuntos que le eran por completo ajenos; mucho menos puede mutilar interesadamente la obra que adapta, privándola de elementos capitales para su comprensión, o pretender que las pasiones y sentimientos que animan a los personajes sean otros distintos a los que su creador eligió; tampoco puede interesadamente utilizar la obra que adapta para colarnos sus obsesiones personales, si tales obsesiones nada tienen que ver con las del autor adaptado. Pues el engendro que de todo esto resulte no será una ‘adaptación’, sino una traición o refutación de la obra original, que se aprovecha de su resonancia y su aura para colarnos gato por liebre. He aquí, a mi juicio, el principal problema de la obra de Nolan, que lejos de ser una ‘adaptación’ de La Odisea se nos antoja una desquiciada y mentecata malversación de la obra homérica, propia además de un pobre diablo que nada sabe de la complejidad de la naturaleza humana, con la cabeza atiborrada de tópicos y burdos esquematismos.

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