La sal que se volvió polvo – Por Ivone Alves García

Por Ivone Alves García

Fijate en esto: en Corea del Sur, hoy, una mujer tiene en promedio 0,72 hijos en toda su vida. Leelo de nuevo, porque no es un error de tipeo: menos de uno. En España la cifra es 1,19, en Italia 1,24, en Estados Unidos 1,62. Son los números más bajos desde que existen registros, en cualquier país, en cualquier época. Y no es solo que no se tengan hijos: en Japón hay un millón y medio de personas de entre 15 y 64 años que llevan años encerradas en su cuarto, sin trabajo, sin amigos, sin salir. En Estados Unidos, uno de cada ocho adultos toma antidepresivos todos los días. En Europa, casi tres de cada diez hogares tienen una sola persona viviendo adentro.

Acá en Argentina pasamos de 777.012 nacimientos en 2014 a 460.902 en 2023 —cayó un 40,6%— y la proyección para este año ronda los 425.000, con una tasa de fecundidad de 1,4 hijos por mujer, muy lejos de lo que hace falta para que la población se sostenga. Brasil viene por el mismo camino: 1,57 en 2023, con proyección de 1,44 para 2040, y su población dejaría directamente de crecer en 2041.

Quizás la respuesta rápida sea culpar a la economía, al costo de las guarderías o a la falta de espacio en los departamentos; incluso hay quienes intentan llenar ese espacio adoptando una mascota, que tampoco exime de gastos ni de cuidados constantes. Pero hay algo mucho más profundo y difícil de admitir: una generación entera perdió la fe en que valga la pena construir un mañana.

Yo me acuerdo —y capaz vos también— de cuando la vida tenía una especie de guion compartido. Estudiabas algo, conseguías un trabajo, te casabas, comprabas una casa, un auto, te ibas de vacaciones una vez por año, tenías hijos, los veías crecer, llegabas a ser abuelo, y dejabas algo atrás cuando te ibas. No hacía falta ser un héroe para eso. Era, sencillamente, la manera en que una persona común se ataba al mundo, se sabía parte de una cadena más larga que ella misma, y le encontraba una dirección al tiempo. Esa era la respuesta, la de siempre, a la pregunta que nadie termina de responder del todo: ¿para qué estoy acá?

Esa base se rompió, y no fue por falta de recursos. El mundo produce hoy comida suficiente para diez mil millones de personas —lo dice la FAO—, cura enfermedades que hace cuarenta años eran sentencia de muerte, te conecta en segundos con cualquier punto del planeta y te pone el conocimiento acumulado de toda la humanidad en un aparato que entra en el bolsillo.

Y aun así, mientras 735 millones de personas todavía pasan hambre, quienes tenemos todo eso al alcance de la mano sentimos, cada vez más seguido, que nada de eso alcanza. Que nada pesa. Tener las herramientas nunca fue lo mismo que saber para qué usarlas, y cuando se pierde el sentido del proyecto, la tecnología no libera: dispersa. Sin un norte, cualquier camino da lo mismo, y lo que da lo mismo, tarde o temprano, deja de importar.

Hay una frase de Jesús a sus discípulos que explica esto mejor que cualquier estadística: «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?». La sal no alimenta a nadie por sí sola. Pero sin ella, el pan más rico del mundo sabe a nada. No habla de que falte comida. Habla de que falta lo que le da gusto a estar vivo, lo que convierte los días en algo más que una fila de horas. Y cuando la sal se pierde, no hay reemplazo de laboratorio que sirva. Hay que volver a la fuente.

La tradición cristiana lo tenía claro desde siempre: al ser humano lo hicieron para la trascendencia. No para escapar del mundo, sino para orientarse en él. Para esta mirada, el tiempo no es un círculo que se repite sin sentido; es una flecha, apunta hacia algún lado. La fe no es, como a veces creemos, una lista de prohibiciones, sino esa intuición profunda de que nuestra vida vale mucho más que nuestra productividad. Amar no es negociar, y la familia no es un contrato de conveniencia que se rompe cuando las cosas se ponen difíciles. Somos personas que se hacen cargo de lo que hacen, no simplemente consumidores de experiencias que tiramos a la basura cuando ya no nos sirven.

Esa sal se disolvió en gran parte de Occidente, y no hizo falta perseguirla de frente: alcanzó con la indiferencia, que corroe más despacio pero corroe mejor. A la fe la mandaron al rincón de la superstición o de lo privado, cuando no la ponen directamente en la mira ONGs bien financiadas que se dedican a eso. A la familia la tratan como un resabio que hay que desarmar, reducida por las políticas woke a una opción de convivencia entre tantas. Y al individuo lo disolvieron en una identidad líquida, que cambia según el humor del día. Todo eso lo vendieron como liberación. No lo fue: fue desarraigo. Porque al final, cuando te venden que podés ser cualquier cosa, te terminás quedando sin ser nadie.

Antes había una estructura que sostenía, roles que se entendían sin explicar, generaciones que se reconocían unas en otras. Ahora lo que queda no es una sociedad más libre: es una sociedad mucho más sola, y esa soledad no es falta de gente alrededor, es falta de un sentido para compartir con esa gente. Sin un proyecto en común, la comunidad se deshace y quedan individuos que se cruzan, se entretienen un rato, se consumen entre sí, y no construyen nada que los sobreviva. La tasa de suicidios entre chicos de 15 a 29 años viene subiendo hace diez años en casi todos los países desarrollados. A veces, sencillamente, ya no encuentran un motivo para seguir.

La Biblia no viene a darnos soluciones mágicas, pero nos recuerda algo que a veces olvidamos: que la vida es un regalo que recibimos, no un objeto que diseñamos a medida. En esa visión, amar se convierte en entregarse al otro en lugar de buscar un intercambio, y la familia deja de ser un acuerdo contractual para ser algo sagrado; somos mucho más que nuestra propia imagen o marca personal.

No es una política pública, sino la sal que le da sabor a la existencia. Sin ese condimento, los días se encadenan —trabajamos, compramos, envejecemos— pero esa sensación de plenitud parece escapársenos siempre de las manos.

No se trata de mirar atrás con nostalgia por tiempos que ya no existen, sino de recuperar la certeza de que el futuro vale la pena. Formar una familia, tener hijos o trabajar por algo que trascienda nuestra propia vida no son caprichos del pasado ni fantasías románticas, sino formas de mantener la fe en que, pase lo que pase, todavía podemos seguir adelante. Esa sal no se recupera con tecnología ni con planes oficiales; vuelve a aparecer cuando, en el día a día, alguien decide que su vida no le pertenece solo a sí mismo…

Que nos llamaran «la sal de la tierra» nunca fue un cumplido. Fue una advertencia. Si la sal se corrompe y se vuelve polvo, perdemos la capacidad de disfrutar lo que vivimos. Y ahí, con el banquete del progreso servido en la mesa, descubrimos con bronca que el hambre de verdad —la de sentido— sigue exactamente igual que siempre.

Ivone Alves García
Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).

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