
ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, CON LA SOCIEDAD CIVIL Y CON EL CUERPO DIPLOMÁTICO
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Plaza Independencia (Montevideo)
Viernes, 6 de noviembre de 2026
distinguidas Autoridades y miembros del Cuerpo diplomático,
señoras y señores:
He aceptado con mucha alegría la amable invitación que se me ha dirigido para visitar esta tierra uruguaya. Agradezco, señor Presidente, las palabras que acaba de pronunciar y las atenciones con que han querido recibirme. Mi saludo se extiende igualmente a quienes representan aquí a las instituciones de la República y a las naciones acreditadas ante el país.
Desde este primer encuentro deseo hacer llegar mi saludo a todos los uruguayos, dondequiera que se encuentren. Durante estos días tendré la alegría de recorrer algunos lugares de esta tierra, acercarme a su historia y encontrarme con hombres y mujeres que, en realidades muy diversas, forman parte de la vida del país. Entre esos lugares, Florida ocupa un sitio particular, donde se venera a Nuestra Señora de los Treinta y Tres, Patrona del Uruguay. Al comenzar mi visita deseo poner bajo su protección a quienes encontraré en mi camino. Su presencia acompaña una página decisiva de la historia nacional y continúa reuniendo hoy a generaciones muy distintas de uruguayos.
Esa misma historia conserva otro episodio que quisiera traer aquí a la memoria. Pienso en el Éxodo del Pueblo Oriental de 1811, conocido también como la Redota. No necesitamos alejarnos de este lugar para evocarlo, puesto que el monumento a Artigas, situado en el centro de esta plaza, lleva en su pedestal un friso de bronce en el que Angelo Zanelli representó escenas de aquella marcha. Quisiera detenerme en algunos detalles de esas figuras, pues ofrecen un punto de partida concreto para mirar también al Uruguay de hoy.
En lo alto del monumento, Artigas aparece solo, a caballo. Más abajo, en el relieve frontal, vuelve a aparecer entre sus hombres, formando parte de aquella multitud. Este detalle trae a la memoria unas palabras que pronunció poco después ante los representantes orientales reunidos en el Congreso de abril de 1813: «Mi autoridad —dijo— emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana» (Oración inaugural: Archivo Artigas, t. XI, doc. 82). En una frase unía el origen de la autoridad y la responsabilidad de quien la ejerce: recibirla de una comunidad concreta y responder ante ella.
En 2025 se cumplieron cuarenta años de democracia ininterrumpida en Uruguay, durante los cuales se sucedieron distintos gobiernos por decisión de los ciudadanos. La autoridad pública encuentra su razón de ser en el servicio al bien común y está llamada a ejercerse dentro del orden jurídico, respetando la libertad y la responsabilidad de los ciudadanos (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 74). De ahí el valor de los cauces que permiten participar en la vida pública, delimitar con claridad las competencias de las instituciones y elegir a quienes asumen el encargo de gobernar (cf. ibíd., 75).
El bien común comprende también la responsabilidad de transmitir a quienes vendrán después los bienes que hoy hemos recibido. Como recordó mi Predecesor, el Papa Francisco, «la noción de bien común incorpora también a las generaciones futuras» (Carta enc. Laudato si’, 159). Esta responsabilidad se traduce en las decisiones que afectan al uso de los recursos naturales y a las fuentes de energía. En las últimas décadas Uruguay ha transformado profundamente su matriz de generación eléctrica, que hoy se apoya casi enteramente en fuentes renovables. Es un resultado notable que ha requerido decisiones sostenidas durante años y la participación de diversos sectores del país. El paso dado plantea ahora nuevos desafíos en el transporte, la producción y el uso responsable de la tierra, el agua y la energía. Pensar a largo plazo significa precisamente administrar estos bienes sin comprometer las posibilidades futuras.
La mirada hacia el futuro alcanza también a quienes habrán de habitar esta tierra: a las condiciones en que podrán nacer y crecer, y a las oportunidades que encontrarán a lo largo de su vida. La evolución demográfica del Uruguay hace especialmente concreta esa preocupación. En uno de los frisos que se encuentran en el monumento, se representa a una mujer que lleva en brazos a un bebé. Lo sostiene estrechamente mientras a su alrededor continúa la marcha.
Ese gesto de protección nos lleva a pensar en la vida que comienza, también en aquella que todavía crece en el seno materno. Quien todavía no ha nacido pertenece ya a la familia humana y al futuro de su pueblo. Su dependencia absoluta de la madre no disminuye la dignidad que le corresponde ni la protección que merece. Jesús mismo quiso asumir esta condición al encarnarse. Acoger una nueva vida requiere que el padre se comprometa junto a la madre, que la familia preste su apoyo y que existan unas condiciones sociales que permitan a ambos criar y cuidar a sus hijos. La protección de quien va a nacer y el apoyo de quienes lo acogen son inseparables. La familia sigue siendo el primer ámbito en el que cada persona es acogida y aprende a vivir con los demás. San Juan Pablo II, que también tuvo la alegría de visitar esta tierra, lo expresó con una frase que conserva toda su fuerza: «el futuro de la humanidad se fragua en la familia» (Exhort. ap. Familiaris consortio, 86).
En otra parte del friso, vemos a varios niños que caminan junto a los adultos. Ellos forman parte del pueblo incluso antes de poder participar en sus decisiones o contribuir con su trabajo. Quienes entonces avanzaban junto a los adultos acabarían recibiendo, a su vez, la responsabilidad de continuar la vida común. Por eso, cuidar a los más pequeños incluye necesariamente asegurarles una educación adecuada. El hogar en el que un niño crece, la alimentación que recibe y la presencia de adultos que lo acompañan sostienen sus primeros años; la educación prolonga esa tarea, desarrolla sus capacidades, forma su juicio y lo prepara para participar con libertad y responsabilidad en la vida de la sociedad (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Gravissimum educationis, 1).
La formación recibida ha de abrir también oportunidades concretas para incorporarse a la vida laboral, poner en práctica lo aprendido y adquirir autonomía mediante el propio esfuerzo. El trabajo se convierte así en uno de los cauces que permiten a cada persona desarrollar sus capacidades y contribuir al bien de los demás. Conviene recordar que «el trabajo está “en función del hombre” y no el hombre “en función del trabajo”» (S. Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 6). Este criterio conserva toda su actualidad ante los rápidos cambios de la tecnología y de la inteligencia artificial. El desarrollo de estas tecnologías debe ampliar las capacidades humanas, facilitar tareas y crear nuevas posibilidades, procurando que la persona que trabaja no quede reducida a una simple pieza prescindible dentro del proceso productivo.
Entre las figuras del monumento encontramos también a una anciana encorvada, que avanza con dificultad apoyándose en un bastón. En torno a una de las carretas, varias personas se acercan unas a otras y extienden los brazos; algunas parecen más pendientes de ayudarse entre sí que de apresurar el paso. También quienes necesitaban apoyo para continuar formaban parte de aquel pueblo. Su pertenencia no dependía de la fuerza, la autonomía o la capacidad de aportar. Tampoco hoy puede medirse el valor de una persona por lo que produce, por su trabajo o por su capacidad de valerse por sí misma. «La dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada» (Carta enc. Magnifica humanitas, 53).
El bronce conserva sus rostros y sus gestos, pero nada nos dice de lo que cada uno llevaba dentro mientras avanzaba entre los demás. También hoy podemos vivir rodeados de personas, compartir con ellas el trabajo, la calle o incluso el propio hogar, y desconocer el peso que llevan consigo. La soledad, la angustia y la pérdida de esperanza pueden llegar a ser tan profundas que una persona deje de encontrar razones para continuar viviendo. Ante la dolorosa realidad del suicidio, la atención sanitaria, los vínculos familiares y la cercanía de la comunidad resultan inseparables. Nadie debería llegar a sentirse extraño entre los suyos ni pensar que su ausencia importa menos que su presencia.
Otras formas de sufrimiento se manifiestan en el cuerpo o en las condiciones de vida. La enfermedad, la discapacidad, el dolor físico, la pérdida de autonomía, la pobreza, la falta de trabajo o la exclusión pueden hacer especialmente necesaria la ayuda de los demás. Recientemente he experimentado en primera persona las limitaciones que impone la enfermedad y he recibido cuidados por los que estoy profundamente agradecido. Esta experiencia me lleva a pensar en tantos hombres y mujeres que carecen de medios para obtener un diagnóstico oportuno o recibir los tratamientos que necesitan. Procurar que la atención sanitaria esté al alcance de cada persona, independientemente de sus recursos, es una responsabilidad que interpela a toda sociedad. Quien atraviesa cualquiera de estas situaciones no deja por ello de ser miembro pleno de la sociedad ni pierde nada del valor de su vida. En esas circunstancias, su fragilidad hace más urgente que reciba la asistencia, los recursos y el acompañamiento que necesita.
La atención debida a quienes sufren compromete a toda la familia humana. Para la Iglesia, este deber encuentra una razón particular en el mandato de Jesucristo de reconocerlo y servirlo en los más necesitados (cf. Mt 25,40). Como recordó Benedicto XVI, «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre» (Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 38). De ahí que a todos corresponda procurar que cada persona pueda vivir con dignidad, recibir los cuidados que necesita y ser acompañada hasta el término natural de su vida.
Por medio de sus diócesis y comunidades y de tantas personas dedicadas al servicio de los demás, la Iglesia desea colaborar con cuantos trabajan por aliviar el dolor cuando es posible y por sostener a la persona cuando este no puede ser eliminado. A esta tarea común aporta lo que le es propio: una esperanza que no se extingue cuando los recursos humanos encuentran su límite y que recuerda a quien atraviesa la prueba que su vida conserva siempre un sentido y un valor, que no está solo y que tampoco en la oscuridad ha dejado de ser amado por Dios.
Aquella multitud que avanzaba junto a Artigas reunía también a personas de muy diversa condición. En el relieve, una mujer de atuendo distinguido sigue a pie una carreta, mientras otros conducen los animales o transportan sus pertenencias. Aquellas diferencias también forman parte de la historia del Uruguay, donde generaciones de hombres y mujeres de distintas procedencias y condiciones sociales hicieron de esta tierra una patria común.
Quienes forman parte de un mismo pueblo pueden partir de situaciones muy diferentes y disponer de recursos desiguales. Por ello, la manera en que se organiza y orienta la economía termina repercutiendo directamente en las condiciones de vida de las personas y en sus posibilidades de construir su propio futuro. La creación de riqueza, la inversión y la iniciativa económica —tanto pública como privada— son necesarias para el desarrollo de un país, pero sus frutos han de traducirse también en bienes y oportunidades que alcancen efectivamente a todos, pues «son las personas concretas las que cuentan, cada una de ellas y sus familias» (Carta enc. Magnifica humanitas, 58).
La convivencia entre personas de distintas procedencias y tradiciones forma parte también de la historia del Uruguay. Esa pluralidad se expresa hoy en las creencias y convicciones de sus ciudadanos. El carácter laico del Estado está llamado a garantizar un espacio en el que creyentes y no creyentes puedan convivir con libertad y respeto, porque hay valores que son universales. Esta neutralidad no exige que la dimensión religiosa quede confinada al ámbito privado. Como enseña el Concilio Vaticano II, nadie debe ser obligado a obrar contra su conciencia ni impedido de actuar conforme a ella, tanto en privado como en público, individualmente o en asociación con otros, dentro de los debidos límites (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, 2-3). Desde esta libertad, las personas y las comunidades religiosas pueden contribuir al bien común, respetando la autonomía de las instituciones civiles.
El respeto y la convivencia que se procuran dentro de una nación han de orientar también sus relaciones con otros pueblos. La propia Constitución uruguaya dispone que, en los tratados internacionales, la República procure que las controversias sean resueltas mediante el arbitraje u otros medios pacíficos y promueva la integración social y económica de los Estados latinoamericanos (cf. art. 6). Que Montevideo sea además sede de la Secretaría del Mercosur da particular concreción a esa vocación de favorecer espacios de entendimiento y cooperación en la región. En tiempos en que las diferencias pueden convertirse fácilmente en motivo de enfrentamiento, perseverar en el respeto al derecho, en la negociación y en la búsqueda paciente de acuerdos constituye un servicio que Uruguay puede seguir ofreciendo a sus vecinos.
Quisiera volver, antes de concluir, a aquella marcha representada en el centro de esta plaza. La Redota ocupa un lugar singular en la memoria uruguaya: recuerda a un pueblo puesto a prueba, que debió dejar atrás mucho de lo que tenía y procuró permanecer unido en medio de la incertidumbre.
Los relieves de este monumento se prolongan por las cuatro caras del pedestal. Desde un solo lugar apenas podemos contemplar una parte de aquella multitud. Para descubrir a los demás es necesario acercarse, recorrerlo y detener la mirada en sus personajes. El pueblo aparece precisamente en el conjunto. En aquella multitud podemos reconocer algo que permanece en la vida del Uruguay: la responsabilidad de unos hacia otros, que permite a personas de distintas generaciones y condiciones continuar construyendo una historia común.
A ese Uruguay he venido como Sucesor de Pedro y como pastor, con el deseo de encontrarme con la Iglesia que peregrina en esta tierra y de acercarme, con afecto, a todo su pueblo. Los vínculos entre la Santa Sede y el Uruguay se remontan a los primeros años de su vida independiente. En ese contexto, mi Predecesor, el Papa Gregorio XVI, confirmó las facultades del Padre Dámaso Antonio Larrañaga y lo designó Vicario Apostólico de la República mediante un breve apostólico del 14 de agosto de 1832. Aquel acto, de naturaleza eclesiástica, ha sido interpretado también como un reconocimiento implícito de la independencia del nuevo Estado oriental, que entonces procuraba afianzar su posición entre las naciones.
Con una historia de fe y servicio que se remonta a siglos atrás, la Iglesia desea seguir ofreciendo al pueblo uruguayo aquello que ella misma ha recibido —a Jesucristo y la esperanza de su Evangelio— y colaborar desde su propia misión con cuantos trabajan por el bien común y la dignidad de cada persona.
Que estos días nos permitan fortalecer cuanto nos une y renovar la confianza con la que se afrontan las dificultades y se prepara lo que está por venir. Que Dios bendiga al Uruguay y que María Santísima, a quien este pueblo se confió en las horas de su nacimiento, siga acompañándolo a lo largo de su historia. Muchas gracias.
ENCUENTRO CON LA REALIDAD SOCIAL DE CASAVALLE
SALUDO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Parroquia de Nuestra Sieñora de Guadalupe (Montevideo)
Sábado, 7 de noviembre de 2026
La bendición de Dios viene en muchas formas. Hoy queremos pedir su bendición sobre cada familia aquí representada, sobre sus seres queridos, sobre todas las familias que viven aquí en esta zona.
Una bendición grande viene cuando estamos reunidos en comunidad, cuando aprendemos a trabajar juntos, a colaborar en un proyecto común y a decir que la vida es importante, que nuestra fe nos sostiene. Y que queremos ser fieles a Jesús, nuestro mejor amigo.
Que el Señor esté con ustedes. La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes. Amén.
Discurso del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!
Es una gran alegría para mí poder visitar esta parroquia, este barrio, recorrer las calles y conocer las obras que con tanto esfuerzo se han realizado. Viéndolos, me siento como en casa, recordando las visitas a distintas comunidades como misionero. Agradezco al Cardenal Daniel Sturla, Arzobispo de Montevideo, al P. Pablo Coimbra, párroco de esta comunidad, y a la señora Carmen Albana Sanz por sus palabras de bienvenida; y a todos ustedes por su presencia hoy aquí y por haber preparado este encuentro con tanto entusiasmo. De modo especial quiero agradecer a quienes han dado sus testimonios, abriendo sus corazones para compartir con nosotros el triunfo de la vida, la fe y la esperanza. Gracias a Angélica, Alan y Katherine.
Esta parroquia está dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe, a quien mis predecesores declararon “Patrona de América Latina” y “Emperatriz de las Américas”. Esa presencia amorosa de nuestra Madre del cielo en este continente nos invita a mirar más allá de la realidad que nos circunda, a ver más allá de las fronteras y, elevando la mirada, a abrir nuestros corazones a las realidades eternas. Asimismo, María nos enseña a hacer lo que nos dice su Hijo Jesús (cf. Jn 2,5), y esa es la misión de las parroquias: ser como un faro que señale la presencia de Jesucristo, ofreciendo a todos la luz de la Palabra de Dios, el auxilio de los Sacramentos, la ayuda de la oración y el bálsamo de la caridad fraterna. En esta comunidad parroquial se ha llevado adelante un proyecto de construcción de varias viviendas destinadas a familias de escasos recursos. Me alegra haber podido contribuir a esta hermosa iniciativa a través de los benefactores de la Papal Foundation, a quienes agradezco sinceramente su generosidad. Que estas viviendas sean para sus familias mucho más que un techo: un verdadero hogar donde puedan crecer en dignidad, paz y esperanza, sintiendo siempre la cercanía y el amor de Dios.
Quisiera compartir con ustedes una historia que Jesús contó a sus discípulos —seguramente la conocen—; me refiero a la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,29-37). En ella se cuenta que un hombre «cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto» (v. 30). Este hecho fue muy lamentable e injusto. A la terrible agresión que recibió el hombre que iba por el camino, se le sumó, además, el dolor causado por la indiferencia de aquellos que, aun viéndolo necesitado, pasaron de largo (cf. vv. 31-32). Pero la historia no termina allí; en el relato se enciende una luz de esperanza: un samaritano, al verlo se conmovió, se acercó, curó sus heridas, lo condujo a un albergue y ofreció los medios necesarios para su cuidado y recuperación (cf. vv. 33-35).
Queridos hermanos y hermanas, esta historia la podemos ver muchas veces replicada también hoy en los numerosos casos de inseguridad y de violencia que lamentablemente amenazan la paz de nuestros barrios, e incluso la vida de nuestros seres queridos, y a los que tantas veces la sociedad responde con la indiferencia. Al mismo tiempo, podemos ver la otra cara, es decir, la acción de numerosas instituciones y personas de buen corazón que contribuyen a fomentar la paz y que ayudan a las personas a hacer frente a sus necesidades de manera concreta. Un luminoso ejemplo es la vida entregada del Padre Cacho, que supo tender puentes, derribar muros y generar encuentro, como nos ha contado Angélica en su testimonio.
Necesitamos seguir apostando por la cercanía caritativa del buen samaritano que, al advertir la desgracia ajena, no fue indiferente, sino que se hizo cargo de la vida de su hermano. No podemos pasar de largo cuando sabemos que hay niños en Uruguay que no van a la escuela por miedo a no volver. No podemos acallar nuestra conciencia cuando constatamos que una madre no tiene los medios para alimentar a sus hijos. No podemos ignorar que en nuestro entorno hay mucha gente que sufre, que está sola y es vulnerable. Lo escuchamos en primera persona, en las conmovedoras palabras de Katherine. Un hijo de este país, tan rico en recursos, no debería irse a dormir sin comer, ni debería renunciar a recibir una educación y un futuro dignos debido a la inseguridad que reina en las calles. Mucho menos debería sufrir violencia hasta el extremo de llegar a perder la vida.
Tenemos que trabajar unidos: la Iglesia, la comunidad civil y el Estado. Necesitamos despertar de nuestras inercias y abogar por el bien común. Es la experiencia que nos ha compartido Alan, que hoy ofrece gratuitamente lo que a su vez ha recibido. En nosotros está la decisión de construir una nueva ciudad, en la que nadie sea excluido, o de seguir cómodamente sumido cada uno en sus propios asuntos. Nos decía el Papa Francisco que «la inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos. Enfrentamos cada día la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo» (Carta enc. Fratelli tutti, 69).
La labor de la Iglesia nace de la caridad evangélica, «que la impulsa a acercarse a las heridas de la humanidad en los momentos en que estas se manifiestan con mayor gravedad. Cuando interviene, lo hace imitando al buen samaritano, con discreción y cercanía, consciente de que lo que surge de una necesidad inmediata no puede convertirse en norma, ni sustituir las responsabilidades institucionales propias de la comunidad civil» (Carta enc. Magnifica humanitas, 21). Unamos por tanto nuestros esfuerzos y respondamos con generosidad a la llamada a edificar juntos una patria de hermanos.
Queridos amigos, la parábola del buen samaritano concluye con este envío de Jesús: «Ve, y haz tú lo mismo» (Lc 10,37). Se trata de un mandamiento que todo cristiano debe oír resonar cada día en su corazón (cf. Exhort. ap. Dilexi te, 107). Dejemos que estas palabras nos renueven y nos impulsen para seguir construyendo juntos una nueva ciudad, donde reinen el amor y la paz. Que Dios los bendiga y nuestra Madre de Guadalupe, a quien profeso especial afecto y veneración, pues en su fiesta recibí la ordenación episcopal, los ampare con su manto celestial. Muchas gracias.
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ENCUENTRO CON EL MUNDO DE LA EDUCACIÓN
SALUDO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Universidad Católica de Uruguay (Montevideo)
Sábado, 7 de noviembre de 2026
Me alegra mucho poder reunirme con ustedes, que, a ejemplo de Jesús, el Divino Maestro, dedican su vida al servicio de la educación. Saludo al Cardenal Daniel Sturla, S.D.B., Gran Canciller de esta Universidad Católica. Saludo a los señores Obispos, al Rector, el padre Julio Fernández Techera, S.I., y a todas las autoridades civiles. Mi saludo especial a los profesores y a los estudiantes, venidos de tantos Centros educativos de este país.
Hace poco más de treinta y ocho años, san Juan Pablo II visitó esta Casa de estudios, que en ese entonces estaba dando sus primeros pasos. Hoy, deseo agradecerles de corazón la labor educativa que han realizado y siguen realizando en las comunidades de formación y de enseñanza, en los distintos niveles y etapas del aprendizaje, en favor del anuncio del Evangelio y de la dignidad de la persona humana. Esa constancia demuestra que la educación católica en Uruguay ha llegado a ser «la forma concreta con la que el Evangelio se convierte en gesto educativo, relación, cultura». Nos afirma, además, que «el Evangelio no envejece, sino que “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Cada generación lo escucha como una novedad que regenera. Cada generación [descubre] su poder seminal y multiplicador» (cf. Carta ap. Diseñar nuevos mapas de esperanza, Proemio, 1.1).
El objetivo de la misión pastoral en el ámbito educativo es que el estudiante, el profesor, el directivo del centro de educación, escuche, vea, guste, toque, huela la Buena Noticia; que ilumine los sentidos, como lo hacen los vibrantes murales de este Campus universitario, para que quien participa de la comunidad educativa crezca y fortalezca su inalienable dignidad de persona humana. Lo mismo ocurre en los entornos de educación extraescolar e informal, en las comunidades educativas y de reinserción social o terapéutica, donde, más aún que las palabras, cuenta la presencia atenta y el testimonio de vida de adultos creíbles, competentes y que cooperan entre sí.
Para que se alcance esa meta, ante la realidad mundial que estamos viviendo, considero necesario «superar las visiones dualistas: El ser humano es “unidad de cuerpo y alma”. La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona» (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 14; Audiencia general, 9 septiembre 2026).
Los invito, por ello, a que hagamos un breve “paseo” por nuestros cinco sentidos y, reflexionando en ellos, redescubramos la belleza del Evangelio y la magnificencia de nuestra humanidad.
Empecemos comentando el versículo de un salmo: «Cuando contemplo el cielo» (Sal 8,4). El salmista nos conduce hasta una de las operaciones más sublimes de nuestros ojos: contemplar. Contemplar, hoy en día, es mirar con atención, casi maravillado, algo espiritual o material. La conciencia de nuestro lugar en el plan de Dios y de nuestra responsabilidad personal y colectiva en el cuidado de la armonía original nace de la contemplación de la creación y del encuentro con Él. Esto podemos apreciarlo también en los doce edificios del Campus, que se fusionan armoniosamente en el entorno de este barrio.
Contemplar es evangelizar en ese proceso cognitivo cada vez más difícil: La atención. Cuando se crece en este proceso, nuestros niños y jóvenes logran la profundidad que añoran; adquieren espacios de silencio y discernimiento; crecen en la familiaridad del diálogo con la conciencia y con Dios (cf. Carta ap. Diseñar nuevos mapas de esperanza, 10.3). Les pido que en su labor educativa la contemplación tenga un lugar privilegiado.
En segundo lugar, el salmista, al decir «el cielo, obra de tus dedos» (Sal 8,4), continúa en su contemplación, hasta el punto de que logra ver los dedos de Dios, como los de un artista que va dejando en la creación luminarias, ángeles, seres vivos que se mueven en el firmamento, en la tierra y en las aguas. De todos estos seres, sólo el hombre tendrá dedos que, unidos en sus manos, trabajarán la tierra, producirán frutos, saludarán a sus semejantes, acariciarán, abrazarán. No obstante, no podemos olvidar que, en la actualidad, los dedos humanos están produciendo la más terrible de las “obras humanas”: la guerra (cf. Discurso en la sede de la UNESCO, 25 septiembre 2026).
La educación católica que ustedes desarrollan está llamada a que la comunidad educativa descubra la importancia del tacto, de las manos, de los dedos, para fomentar la paz. Si nuestros estudiantes sienten el abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, anhelarán el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestros niños y jóvenes se sientan como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio (cf. Francisco, Evangelii gaudium, 144). Quien se siente abrazado por el Padre es, inevitablemente, un constructor de paz.
En el paseo que estamos haciendo, el apóstol Pedro nos dirige hacia el sentido del gusto, diciendo: «Han gustado qué bueno es el Señor» (1 P 2,3). Este sentido evoca el sabor, la sabiduría que viene de experimentar, de rumiar, de degustar. Hablo de la sabiduría que nos acerca a la bondad de Dios; la sabiduría que nos hace hermanos; la sabiduría que nos hace santos. Gustar no se limita a reconocer sabores, clasificar alimentos, agrupar comidas. De la misma manera, no puede ser considerado sabio aquel que reúne información, sin discernir, sin reflexionar, sin conocer el contexto.
Es urgente, entonces, que nuestra educación escolar y universitaria contribuya al «uso sabio de las tecnologías y la IA, colocando a la persona antes que el algoritmo y armonizando las inteligencias técnica, emocional, social, espiritual y ecológica» (cf. Carta ap. Diseñar nuevos mapas de esperanza, 10.3). Que nuestros niños y jóvenes saboreen «lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (Rm 12,2).
Para considerar el olfato, podemos remitirnos al episodio de la unción en Betania relatado por el evangelista Juan: «La casa se llenó de la fragancia del perfume» (Jn 12,3). «El mundo se ha llenado de la buena fama, porque olor bueno es la buena fama», nos recuerda san Agustín (Comentario a san Juan, Tratado 50, n. 7). La fama del hombre de hoy ha sufrido innumerables golpes, hasta el punto de que desechar, rechazar, menospreciar, se ha convertido en un olor nauseabundo, aceptado por nuestro olfato.
El proceso de deshumanización que estamos viviendo es un desafío para nuestras instituciones escolares y universitarias. «La paradoja resulta cada vez más evidente: mientras se atribuye “inteligencia” a los sistemas computacionales, nos cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas, cuyas vidas se juzgan según el criterio de la eficiencia y, cuando se considera que ya no son productivas, son rechazadas y descartadas» (Discurso en la sede de la UNESCO, 25 septiembre 2026).
Es indispensable que defendamos el buen olor de la persona humana, fundamentados en el buen olor del Mesías. Necesitamos proclamar de nuevo que la vida humana se respeta en todas sus fases y estados. Nadie puede ser rechazado.
Finalizamos nuestro paseo con el sentido de la escucha, citando al evangelista Mateo, que dice: «El que tenga oídos, que oiga» (Mt 13,9). Terminamos aquí con la intención de que cuanto hemos reflexionado en esta Casa de estudios sea oído y, posteriormente, escuchado en sus instituciones educativas. Afinar el oído es importante en el mundo de hoy. Discernir lo que escuchamos marca la diferencia. «San Agustín, al injertar la sabiduría bíblica en la tradición grecorromana, comprendió que el maestro auténtico suscita el deseo de la verdad, educa la libertad para leer los signos y escuchar la voz interior» (Carta ap. Diseñar nuevos mapas de esperanza, 2.2).
Nuestra educación católica no puede estar proyectada en un circuito cerrado. Más bien, debe acostumbrarse a escuchar a las familias, a la sociedad civil, a las autoridades políticas y administrativas, así como a los representantes de los sectores productivos y de las categorías laborales. Hoy en día, nuestros niños y jóvenes “escuchan” cuando participan del voluntariado, de la misión o del proyecto comunitario. El que escucha reconoce al otro como un bien, no como una amenaza. En las Sagradas Escrituras, escuchar al Señor ha sido visto como un acto de sabiduría, de prudencia y de justicia (cf. Pr 1,2-5;2,1-9). Estas tres virtudes deben adornar nuestros proyectos educativos, teniendo en cuenta que las generaciones cambian mucho más rápido que antes y que, estar al día, sin abandonar la sana tradición, es todo un desafío.
Queridos hermanos y hermanas, les pido que sigan caminando, evangelizando y contemplando a toda la persona: «cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 3). No nos está permitido detenernos. Sigamos caminando en Aquel que se hizo Camino, Verdad y Vida. Agradezco nuevamente la labor educativa que realizan, y poniéndola bajo el amparo de la Bienaventurada Virgen María, Sede de la Sabiduría, les imparto de corazón la Bendición Apostólica.
Saludo improvisado del Santo Padre al término del encuentro con el mundo de la educación en la Universidad Católica de Uruguay
Muchas gracias. Buenas tardes a todos y gracias por estar aquí. Voy a decirles que tengo en mi corazón un deseo grande: que el entusiasmo que ustedes están viviendo hoy, lo encuentren todos los días y que puedan ser ustedes esa voz que Uruguay necesita para descubrir de verdad cuánto es importante la fe en Dios, cuánto es valiosa la vida humana y cuánto valor tiene la vida de cada uno de ustedes.Que sigan viviendo con este entusiasmo, con esta alegría. La alegría les anuncia el gran Don. Muchas gracias. Que Dios los bendiga.
VIGILIA DE ORACIÓN
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Estadio Centenario (Montevideo)
Sábado, 7 de noviembre de 2026
Doy gracias a Dios por la oportunidad que me da de encontrarme aquí con ustedes. Agradezco también al cardenal Sturla, arzobispo de Montevideo, las palabras de bienvenida que me ha dirigido, así como a Federica, Giovanni y la familia Gutiérrez Hernández la sinceridad con la que han compartido sus testimonios. Sé que, detrás de lo que puede verse en una visita breve, hay años enteros de fidelidad. Pienso en las familias que han transmitido la fe, en los sacerdotes y consagrados que han entregado su vida, en los laicos —muchos de ellos jóvenes— que sostienen sus comunidades y en tantas personas que se ponen al servicio de los demás por amor a Dios. Gracias por haber hecho presente a Jesucristo en tantas vidas. Él nos eligió para que vayamos y demos fruto (cf. Jn 15,16), y quizá mucho de ese fruto permanece allí donde nosotros mismos ni siquiera alcanzamos a verlo. La Iglesia les está profundamente agradecida.
Estar con ustedes esta noche me permite compartir una reflexión sobre algo que hoy experimentan muchas comunidades cristianas: el avance de la secularización y de una indiferencia religiosa cada vez más extendida. En muchos lugares, la fe ha dejado de transmitirse con la naturalidad de generaciones anteriores y crece el número de quienes atraviesan buena parte de su vida sin una relación habitual con la Iglesia ni con la práctica religiosa. Los creyentes que peregrinan en Uruguay han tenido que aprender a vivir y anunciar su fe en ese escenario, como hemos podido escuchar esta noche. Por eso, su experiencia puede ayudar a hermanos y hermanas en otras partes del mundo que comienzan a descubrir, de distintas maneras, qué significa ser una minoría. Pero, aun en estas circunstancias, hay quienes perseveran: padres que rezan con sus hijos, profesores que procuran vivir y testimoniar la fe, jóvenes que han descubierto a Cristo y desean seguirlo incluso cuando se sienten solos, hay comunidades que continúan reuniéndose y sacerdotes que recorren grandes distancias para llevar los Sacramentos a los fieles. Al pensar en todo esto, me venía una y otra vez a la memoria una pequeña ciudad bíblica: Belén.
El profeta Miqueas la había llamado «pequeña entre los clanes de Judá» (5,2); san Mateo, en cambio, dirá: «De ningún modo eres la menor» (2,6). Belén seguía siendo pequeña. Nada había cambiado en su tamaño ni en su importancia política. Quizá Belén pueda enseñarnos algo sobre esta realidad: cuando somos pocos, cuando disminuyen las fuerzas o cuando comprobamos que nuestra presencia social ya no es la misma, existe el riesgo de empezar a juzgar nuestra situación con criterios muy humanos. El Evangelio nos invita a mirar de otro modo. Dios escogió Belén, y esa elección basta para que no identifiquemos pequeñez con insignificancia.
Basta pensar en la Eucaristía: ¡el Señor del universo presente bajo las humildes apariencias del pan y del vino! Esa misma lógica divina se manifiesta ya en su nacimiento. San Lucas nos cuenta que, llegado el momento del parto, «no había lugar para ellos» (2,7). Todo estaba ocupado. Quizá podemos ver en esta frase una imagen de la indiferencia actual. La vida se llena de ocupaciones, afectos, proyectos y distracciones, hasta que la ausencia de Dios deja de sentirse como ausencia. Se puede llegar a vivir sin buscarlo y, más aún, sin advertir cuánto lo necesitamos.
Sin embargo, Cristo viene, pero la casa está llena. No hay lugar dentro y termina recostado en un pesebre; poco después, Herodes intentará acabar con Él, incapaz de soportar un reinado que no controla. Hay algo de Belén que sigue repitiéndose: Dios puede ser considerado innecesario y la fe confinada al ámbito privado, como si nada tuviera que aportar a la vida en común. Cuando se pretende construir un mundo sin Dios, se corre el riesgo de dejar también al hombre sin lugar. Pero nada de eso cambia la realidad: aquel Niño es Dios y viene a salvar-nos. Y en este “nos” estamos todos, porque la indiferencia puede entrar también, poco a poco, en la vida de quienes creemos.
Belén nos hace una pregunta muy sencilla: ¿hay lugar para Él? Lugar en nuestro tiempo, en nuestra lógica, en nuestros hogares; lugar para escucharlo, para recibir su perdón, para dejarnos corregir por su Palabra. Necesitamos custodiar a Cristo en el centro de nuestra vida mediante la oración, la Misa, la Confesión y la lectura meditada del Evangelio. Todos hemos de volver una y otra vez a ser discípulos. Si queremos que otros encuentren a Cristo, necesitamos conocer personalmente el camino hacia Belén.
A Belén fueron también unos Magos que habían visto un astro desde lejos. No eran expertos en las Escrituras, no sabían dónde terminaría su viaje y ni siquiera podían explicar aquello que buscaban. Pero aquella luz despertó en ellos una inquietud que los puso en camino. Queridos amigos: ustedes, con humildad y sencillez, pueden reflejar la luz de Cristo en su vida. Tal vez haya personas que nunca abran una Biblia por iniciativa propia, que lleven años sin pisar una iglesia o que ni siquiera sepan decir si creen en Dios. Pero, viéndolos a ustedes, puede despertarse en ellos el deseo y la búsqueda de Dios, pueden descubrir que vale la pena jugarse la vida.
Amigos jóvenes, ustedes mismos atrévanse a dar el paso casándose y formando una familia. ¡No le teman al “para siempre”! Matrimonios, abran su casa a la vida, incluso cuando el mundo les diga que un hijo es una carga. Si alguno siente que Cristo lo llama a dejarlo todo para seguirlo en el sacerdocio o en la vida consagrada, no ignore esa voz por miedo a perder otras posibilidades. Cuando ser justo y honrado tenga un precio, páguenlo. Cuando perdonar parezca una derrota, perdonen. Cuando todos les digan que piensen primero en ustedes mismos, no tengan miedo de hacerse los últimos; sean capaces de entregar tiempo, dinero, comodidad y proyectos para servir a los demás. Que quien los mire pueda preguntarse: “¿Por qué vive así? ¿De dónde saca esta libertad? ¿Por qué se aman tanto?”.
La estrella que vieron los Magos no era la meta. Su misión era conducir a Belén, donde está Cristo. Si nuestra vida despierta una pregunta, habrá dado fruto cuando esa pregunta guíe a alguien hasta Jesús. Para iluminar mucho no hace falta ser muchos, sino reflejar la luz del Señor.
San Lucas nos lleva ahora a otra escena: unos pastores que pasan la noche cuidando de sus rebaños. No han seguido a la estrella, no han emprendido ningún viaje ni parecen estar buscando nada. Están sencillamente en medio de su vida, haciendo lo que hacen cada noche. Y es precisamente allí donde Dios sale a su encuentro: «No teman, porque les anuncio una gran alegría, que será para todo el pueblo» (2,10). En este anuncio se inspira el lema de mi visita entre ustedes.¡Les anuncio una gran alegría!
Dichas palabras deberían ocupar siempre un lugar central en la vida de la Iglesia. Las buenas noticias necesitan testigos. Y nosotros hemos recibido una que merece ser gritada al mundo: ¡Jesucristo! ¡El Hijo de Dios se ha hecho hombre! ¡Es Dios con nosotros!
Por Él sabemos que el pecado puede ser perdonado. Podemos acompañar a quien está muriendo y decirle que su vida no terminará en la nada. Podemos llevar pan y vino al altar y recibir su Cuerpo y Sangre. Podemos decirle a quien ha caído: “levántate, todavía puedes comenzar de nuevo”. ¡Miren lo que se nos ha confiado! ¡Jesucristo es nuestra esperanza! La sociedad puede encontrar en otras instituciones muchas cosas muy valiosas, pero ninguna puede sustituir el anuncio de que el amor de Dios es más fuerte que la muerte, el odio, la violencia, la guerra y el pecado. Esa es la alegría que llevamos, esa es la alegría que el Papa viene a recordarles.
Notemos que el ángel añade que dicha alegría está destinada a «todo el pueblo». No dice “para quienes estaban esperándolo”, ni “para los que sean perfectos”. Algunas personas, como los Magos, ya están buscando y debemos acompañarlas en su camino. Otras, en cambio, como los pastores de Belén, no están buscando nada. A ellas, esa alegría tiene que ir a encontrarlas en medio de su noche.
Los pastores, después de escuchar el anuncio, se dijeron: «Vayamos a Belén» (Lc 2,15). Allí encontraron a María, a José y al Niño. El evangelista añade que volvieron a sus campos «glorificando y alabando a Dios» (Lc 2,20). Volvieron al mismo trabajo, a los mismos caminos, probablemente a los mismos problemas. Pero ellos ya no eran los mismos. Habían encontrado a Cristo.
Queridos amigos: ¡que este encuentro sea como Belén para que ustedes vuelvan a su vida de otra manera! Que Cristo entre de verdad en lo que hacen, en lo que aman, en lo que eligen, también en aquello que nadie ve. ¡Sean santos! No se conformen con una vida simplemente correcta ni con una fe de costumbre que se contente con lo indispensable. No le den a Dios solamente una parte de ustedes, ¡dense por completo! Santos significa hombres y mujeres que rebosan de la abundancia de vida en Cristo, libres y auténticos, personas cuya vida hace antojable un sí rotundo al amor, a la verdad, a la felicidad. No tengan miedo de aspirar a eso. Cristo no nos llamó a la mediocridad, nos llamó a una vida nueva y plena como la suya.
Queridos hermanos y hermanas, querido Uruguay: ¡que se note que hemos estado en Belén! Que se note que Cristo vive y que encontrarse con Él hace la diferencia. Aquel mismo Jesús que nació en Belén, que murió y resucitó, vive para siempre y permanece con nosotros. Cristo nos espera realmente presente en la Eucaristía. ¡Qué hermoso que Belén signifique precisamente “casa del pan”! Allí nació quien se nos daría como Pan de Vida. Y hoy podemos seguir encontrándonos con Él, tan cercano y tan humilde, en cada sagrario. Búsquenlo allí, en la adoración eucarística. Hablen con Él como con un amigo y déjense mirar por Él.
Pongamos también nuestra vida bajo la mirada de Nuestra Señora de los Treinta y Tres. Que Ella, Estrella de la mañana, que nos conduce hacia su Hijo, nos enseñe a reconocerlo y a seguirlo. Pidamos al Señor la gracia de responder siempre, como Ella, a su llamada: Heme aquí Señor, he aquí tu siervo, tu sierva, ¡hágase en mí lo que Tú quieras!
Muchas gracias.
HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Catedral Basílica de Florida, Santuario Nacional de la Virgen de los Treinta y Tres (Florida)
Domingo, 8 de noviembre de 2026
Palabras improvisadas del Santo Padre frente a la Parroquia de Santa Teresita en Juanicó
¡Buenos días y feliz domingo! Ustedes no lo saben, pero estoy de verdad muy contento por este breve momento en la parroquia de santa Teresita. La primera parroquia en Uruguay dedicada [a ella], después de su canonización. Mi familia, especialmente mi papá, teníamos una gran devoción a santa Teresita. Y entonces, poder pasar por aquí en este día de fiesta —ustedes saben que estamos en camino a Florida para celebrar la fiesta de Nuestra Señora de los Treinta y Tres— es un momento de devoción, un momento de agradecimiento, un momento para reconocer que la gracia de Dios, el amor de Dios, está siempre con nosotros; y que Dios nos acompaña en todo momento, ya sea en los momentos felices como también cuando sufrimos, quizás por enfermedad, dolor y tantas dificultades.
Vamos a pedir la bendición del Señor sobre cada uno de ustedes y sus familias, que han traído rosarios, objetos de devoción, también los bendecimos en este momento. Y vamos a pedir al Señor que nos ayude a todos a crecer en la fe, a vivir nuestra fe con valentía, a no tener miedo de decir: “Yo soy cristiano, yo soy católico, yo creo en Jesucristo”. Jesús nos ha dado una vida que nos enseña a vivir a nosotros también, sirviendo a los demás, caminando unidos y buscando la presencia de Dios y compartiendo la alegría de ser cristianos con todos.
El Señor esté con ustedes…
Bendito sea el nombre del Señor…
Nuestro auxilio está en el nombre del Señor…
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes. ¡Felicidades, feliz día y feliz domingo!
Queridos hijos e hijas de esta tierra uruguaya:
Con gran entusiasmo, junto a Nuestra Señora de los Treinta y Tres, me encuentro hoy aquí con ustedes. Vengo como peregrino para compartir la fe y el cariño con que este pueblo ha mirado durante generaciones a la Madre de Dios. A quienes han venido desde distintos lugares, a quienes peregrinan hasta aquí desde hace años y a quienes hoy se acercan por primera vez, los abrazo con afecto y los encomiendo a la protección de María.
La Palabra de Dios pone hoy ante nosotros a dos mujeres que vivieron en tiempos muy distintos y sobre las que resuena casi la misma bendición. A Judit, después de la liberación de su pueblo, le dicen: «Bendita seas, hija, ante el Dios Altísimo, más que todas las mujeres de la tierra» (Jdt 13,18). Muchos siglos después, Isabel recibe a María en su casa y exclama: «Bendita tú entre las mujeres» (Lc 1,42).
La tradición cristiana reconoció muy pronto esta relación. En Judit contempló a una mujer que, en un momento difícil para su gente, no se dejó dominar por el miedo. Rezando y ayunando, tomó una decisión que la llevó a arriesgar su propia vida (cf. Jdt 8-10). Cuando llegó la victoria, Judit no se la atribuyó. Sabía bien quién había salvado a Israel y decía: «Canten a mi Dios con tamboriles, entonen al Señor himnos con címbalos» (Jdt 16,1). Por eso son tan grandes las palabras con que su pueblo la recibe: «Tú eres la gloria de Jerusalén, tú el orgullo de Israel, tú el insigne honor de nuestra raza» (Jdt 15,9). En Judit, el pueblo celebraba lo que Dios había hecho en su favor.
Escuchar hoy estas palabras ante la Patrona de este país tiene una resonancia particular. Esta pequeña imagen está vinculada a una hora decisiva de la historia del Uruguay. En 1825, quienes luchaban por la libertad de esta tierra acudieron también a María, para poner aquel comienzo bajo su protección. Aquel gesto nos recuerda que tampoco la historia de los pueblos se comprende del todo cuando se prescinde de Dios. Así, desde una de las horas fundacionales de la patria, Uruguay quedó íntimamente ligado a una Madre. Desde entonces han pasado distintas generaciones, han cambiado las circunstancias e incluso la relación de muchos uruguayos con la fe. Ella ha permanecido aquí. Mientras María acompañaba la historia de este pueblo, en tantos hogares fueron otras mujeres las que conservaron la fe y la entregaron a sus hijos.
Pienso en las madres que pusieron en los labios de sus hijos las primeras palabras de oración, que los llevaron a bautizar, los prepararon para recibir los sacramentos y les enseñaron a vivir la caridad cristiana. Pienso en las abuelas que conservaron un altar en casa, que rezaron por los vivos y por los difuntos, que hicieron presente a Dios en las cosas ordinarias de la vida. Ya en los primeros tiempos de la Iglesia encontramos algo semejante: la fe de Timoteo tenía detrás dos nombres de mujer. El Apóstol recuerda con afecto a su abuela Loida y a su madre Eunice, en quienes había habitado primero aquella «fe sincera» que Pablo reconocía también en él (cf. 2 Tm 1,5). La Escritura nos dice poco de aquellas dos mujeres. Sabemos, sin embargo, que de aquella fe aprendida en casa se nutrió quien llegaría a ser un estrecho colaborador de san Pablo (cf. Hch 16,1-3).
Esta tierra tiene también nombres de mujer inscritos en su historia de fe. Entre ellos está santa María Francisca Rubatto, que quiso quedarse entre ustedes y servir aquí a los más necesitados. Están también las beatas mártires Dolores y Consuelo Aguiar-Mella, dos hermanas nacidas en Montevideo. Son vidas muy distintas, pero en las tres encontramos una fidelidad llevada hasta el extremo.
Pero la mayor parte de esta historia no quedó escrita en los libros. Se fue transmitiendo silenciosamente de generación en generación, dentro de las familias. Cuando uno se pregunta de dónde vino la fe que lleva dentro, muchas veces aparece el nombre de una mujer concreta: una madre, una abuela, una madrina, una religiosa, una catequista. Tal vez no recordamos todas las palabras que nos dijeron, pero sí cómo rezaban, cómo hablaban del Señor y con qué convicción vivían lo que nos enseñaban.
A todas esas mujeres quisiera hoy darles las gracias. Gracias por haber creído y por haber mantenido abierto en tantas familias un camino hacia Dios. Algunas pudieron hacerlo apoyadas en una tradición familiar que venía de lejos; otras tuvieron que sostener esa fe con mayor esfuerzo, quizá sin encontrar siempre comprensión o apoyo dentro de su propia casa. Sé que muchas cargan una pena muy concreta. Enseñaron a rezar a sus hijos y hoy esos hijos ya no rezan. Iban juntos a Misa y hace años que no entran en una iglesia. Hablaron a sus nietos de Dios y ahora no saben si aquellas palabras dejaron alguna huella. A veces se preguntan si hicieron algo mal o si todo aquello terminó perdiéndose. Permítanme recordar aquí a santa Mónica. Ella conoció bien ese dolor. Rezó durante años por un hijo que parecía cada vez más lejos de Dios, y no dejó de confiar en la gracia. Por eso, no den por perdido aquello que sembraron. El Señor mismo nos enseñó que la semilla puede crecer sin que el sembrador sepa cómo (cf. Mc 4,27).
Madres y abuelas: ¡no se cansen de transmitir la fe! Prediquen con su vida y también con su palabra. Insistan en la oración, en el amor y en la esperanza: insistan a tiempo y a destiempo (cf. 2 Tm 4,2). Háganlo con paciencia, sin dureza y sin desaliento. Aunque sus seres queridos parezcan lejos de Dios, sigan poniéndolos ante Él. No dejen de bendecir, de acompañar, de recordarles con sencillez aquello que un día recibieron. Hay puertas que ustedes no pueden abrir, pero Dios sí.
Quisiera dirigirme también a los varones, a los padres y a los abuelos. Sus hijos y nietos necesitan ver que la fe ocupa un lugar verdadero en la vida de los hombres de su familia Queridos padres y abuelos, los jóvenes necesitan verlos rezar, acercarse a los sacramentos, tratar con respeto a sus esposas, pedir perdón y vivir con honradez también cuando hacerlo exige sacrificios. Un hijo aprende mucho al ver que su padre puede arrodillarse delante de Dios sin sentirse menos hombre por ello.
La Escritura pide al pueblo que las palabras recibidas de Dios permanezcan en el corazón y que las enseñe a sus hijos, hablando de ellas «estando en casa y yendo de camino, al acostarte y al levantarte» (Dt 6,6-7). Dios tenía un lugar en la conversación, en las decisiones y en la vida diaria de la casa. Así aprendían los hijos que la fe recibida de sus padres era también aquello por lo que sus padres vivían. También los obispos, los sacerdotes y las personas consagradas están llamados a sostener a las familias en esta tarea, ejerciendo con generosidad su paternidad y maternidad espiritual, acompañando a quienes vacilan y ayudando a muchos a reencontrar el camino de Dios.
Transmitir la fe significa llevar a otros a Cristo, a quien nosotros mismos hemos recibido. María nos muestra precisamente cómo hacerlo. En el Evangelio, Isabel la recibe exclamando: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1,42). María no retiene aquella alabanza. Isabel la proclama bendita y ella responde cantando las grandezas del Señor (cf. Lc 1,46-55). En Caná, cuando recurren a ella, los remite a su Hijo: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5).
San Pablo, en la segunda lectura, formula explícitamente una verdad que toda la vida de María proclama: «Hay un solo Dios y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús» (1 Tm 2,5). Toda la grandeza de María nace de su relación con Cristo: lo acoge, vive de Él y conduce a otros hacia Él. Ese encuentro con el Maestro es la meta de toda evangelización y de toda auténtica devoción mariana. El Hijo de Dios se ha entregado por todos; nadie puede quedar fuera de la oración de la Iglesia. Por eso san Pablo nos pide que recemos «por los reyes y por todos los constituidos en autoridad» (1 Tm 2,2), y por todos los hombres, porque Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2,4).
En esta fiesta de la Patrona del Uruguay, llevemos ante el Señor a todo este pueblo. Recemos por quienes tienen la responsabilidad de gobernarlo, para que busquen con rectitud el bien de todos; por las familias, por los jóvenes, por quienes sufren, por quienes se sienten lejos de Dios y por quienes necesitan volver a Él y cambiar de vida.
San Lucas nos muestra cómo comienza esa misión. Después de concebir al Hijo de Dios, María «se levantó y se puso en camino de prisa» (1,39). No espera a que Isabel venga a buscarla: sale a su encuentro y entra en su casa llevando consigo al Señor. Allí, el niño salta de alegría e Isabel queda llena del Espíritu Santo (cf. Lc 1,41-44). Ese movimiento de María señala también nuestro camino. No podemos esperar siempre a que quienes se han alejado regresen por sí solos. Uruguay: ¡hay que ponerse en camino! ¡Hay que entrar de nuevo en las casas, acercarse a las personas, escuchar sus preguntas y llevarles a Cristo! Cada uno sabe hacia quién debe dar ese paso: quizá un hijo, un amigo, un vecino, alguien que dejó de creer hace mucho tiempo o que nunca ha tenido cerca a una persona que le hablara de Dios.
Que la Reina del Cielo sostenga a quienes continúan sembrando la fe y nos enseñe a reconocer a Cristo en el pobre, en el enfermo y en quien está solo, y a llevarlo allí donde todavía no es conocido.
Dentro de poco depositaré la Rosa de Oro ante esta imagen. Con este gesto deseo honrar a quien es verdaderamente «el orgullo de nuestra raza» (Jdt 15,9) y hacer visible el cumplimiento de aquellas palabras que ella misma pronunció: «me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1,48).
A María, Capitana y Guía de este pueblo, quiero consagrar de nuevo esta nación, confiar a su amparo esta tierra y a cuantos viven en ella, y suplicar a Dios que, por su poderosa intercesión, quebrante las obras del demonio y preserve al amado Uruguay de cuanto quiera apartarlo de Cristo. Que esta Rosa de Oro, ofrecida como signo de veneración y de amor filial, recuerde también a sus hijos que están llamados a imitarla: a amar a Cristo como Ella lo amó, a llevarlo a los demás como Ella lo llevó. Así sea.








