
Por Juan Manuel de Prada
Ya hemos explicado en algún artículo anterior el desagrado que nos producen los dislates que inspiraron la construcción del Valle de los Caídos, en su día denunciados valientemente por el cardenal Segura: por un lado, un ‘culto a los muertos’ de inequívoco tufillo pagano; por otro, la pretensión de simbolizar la ‘reconciliación de los españoles’ mediante un zurriburri de restos fúnebres que mezcla a creyentes y ateos en terreno sagrado. Nuestro desagrado, sin embargo, no nos impide percibir con honda repugnancia el empeño del doctor Sánchez y sus mariachis por profanar una basílica católica, expresión furiosa del ‘odium fidei’ disfrazada de farfollas ideológicas.
Hoy quisiéramos denunciar el penoso allanamiento de la Iglesia ante este atropello, incurriendo en aquel horrendo pecado que San Juan llamaba ‘fornicar con los reyes de la tierra’. La basílica del Valle no es un escenario a disposición de las veleidades del poder, ni un decorado simbólico susceptible de ‘resignificaciones’ ideológicas. Se trata, según lo establece su estatuto jurídico, de un templo consagrado en toda su extensión. No sólo el altar y las bancadas que lo rodean, sino el edificio completo, con sus naves, sus capillas, su crucero y su cúpula. Tal evidencia no puede estar al albur de obispos al servicio de musas que soplan y no inspiran; y negarla es grave desconocimiento –o desprecio– del Derecho Canónico (y aun del Derecho a secas). Pero Cobo, arzobispo de Madrid, ha admitido inexplicablemente una arbitraria fractura de la unidad de la basílica en un desquiciado documento firmado el 4 de marzo de 2025. Un templo no se profana sólo con andamios y taladros; también se profana cuando, por miedo a que cualquier ministrillo Buñuelos nos traduzca del griego, amputamos lo sagrado con una firma y consentimos la amputación con nuestro posterior silencio.
En el documento de marras se afirma: «En el interior de la basílica se conservará como espacio destinado al culto la zona que ocupa el altar y las bancadas adyacentes. El resto de los espacios del interior de la basílica (vestíbulo, atrio, nave y cúpula) no están destinados al culto y podrán ser objeto de intervenciones de naturaleza artística y museográfica para la resignificación del lugar». Es decir, se pretende que la mayor parte del interior del templo no está destinada al culto, como si lo sagrado pudiera parcelarse a conveniencia del ministrillo Buñuelos o del curángano Cobista de turno. Pero el Derecho de la Iglesia no admite tal monstruosidad: no existe un templo ‘parcialmente dedicado a actividades profanas’ mientras no haya una desacralización. Fragmentar lo sagrado por decreto equivale a una desacralización ‘de facto’, sin procedimiento, sin competencia y sin autoridad (cc. 1210–1213 CIC). Porque, para más inri, Cobo carece de jurisdicción sobre la basílica, como él mismo ha reconocido.
La gravedad alcanza su clímax cuando el documento citado suscrito por Cobo normaliza la convivencia entre culto y usos profanos: «Dichas intervenciones serán compatibles con la celebración de actos de culto». Traducido a román paladino, significa que las misas podrían celebrarse encajonadas entre un museo de los horrores (que de eso se trata la ‘resignificación’ de marras), con un aquelarre de paneles que luzcan fotografías truculentas y proclamas ideológicas chillonas. O sea, misas en un templo profanado, donde el culto no sólo se desnaturaliza, sino que se vuelve ilícito conforme a la disciplina de los lugares sagrados y completamente sacrílego en su intención y significado.
Este documento que ampara el sacrilegio ha sido suscrito con suavidades de arrope por Cobo sin informar previamente a la comunidad benedictina encargada del culto en la basílica, que ha tenido que acudir a los tribunales para protegerla e intentar reparar el daño. Mientras tanto el ministrillo Buñuelos y demás mariachis del Gobierno utilizan el beneplácito de Cobo como respaldo práctico para su intervención, a la vez que en los mentideros de la Corte se burlan de él y presumen de tenerlo a su merced y con la retaguardia copada. Todo ello con creciente escándalo de los fieles, que no es mera reacción emocional, sino un hecho objetivo cuando una actuación induce a confusión sobre lo que la Iglesia enseña o consiente. Precisamente por ello, el obispo tiene el deber de vigilar que no se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica, de modo particular en lo relativo a la celebración de los sacramentos y al culto (c. 392 §2 CIC). Y cuando el daño es grave y el escándalo se ha producido, el ordenamiento canónico contempla expresamente la necesidad de repararlo (c. 1399 CIC). Al consentir la profanación de un templo, Cobo incurre en un grave escándalo que, si no es prontamente rectificado, legitima a los fieles a actuar en defensa del bien de la Iglesia, conforme a su ciencia, competencia y prestigio (c. 212 §3 CIC).
La autoridad eclesial no existe para disponer de lo sagrado según su antojo, sino para custodiarlo y protegerlo frente a cualquier forma de degradación o instrumentalización. Cuando la santidad de un templo no es defendida por quien tiene la obligación de hacerlo, se produce una quiebra grave en el ejercicio de la autoridad. Careciendo de competencia y jurisdicción sobre la basílica, Cobo firmó un documento donde se permite una intervención incompatible con su régimen jurídico y canónico. No se alcanza a ver ninguna razón legítima que explique una actuación de tal gravedad. Y si existieran presiones personales, mejor sería que Cobo se colgase al cuello una rueda de molino y se arrojase al mar. O siquiera que renunciase como obispo; pues sus posiciones comprometidas, que podrían ser aprovechadas por soplones de buñuelos, no pueden comprometer la integridad de un templo ni la confianza de los fieles.
Porque lo que aquí está en juego no es sólo el Valle de los Caídos. Si el doctor Sánchez y sus mariachis logran profanar un templo por puro ‘odium fidei’ disfrazado de ‘resignificación’ ideológica, se habrá creado un tenebroso precedente contra la inviolabilidad de todos los templos. Cuando se entregan margaritas a los puercos, primero las pisotean y después se vuelven para despedazarnos.

