
Por Juan Manuel de Prada
Me resultaron muy intrigantes e instructivas las reacciones que la reciente película de Santiago Segura, ‘Torrente, presidente’, suscitó entre los zoilos adscritos a los negociados ideológicos en liza: mientras en el negociado de izquierdas ha levantado urticarias mejor o peor disimuladas, en el negociado de derechas ha provocado universal regocijo y ditirambos tan desmelenados como sonrojantes. Desde ciertas tribunas arrebatadas por un triunfalismo ilusorio, esta discrepancia se ha querido explicar aduciendo que la izquierda actual, en su metástasis estiradilla y ‘woke’, ha perdido el sentido del humor, o siquiera ha generado una suerte de sentido del humor hemipléjico que le impide reírse de sí misma y de cualquier sátira que se burle de sus falsos dogmas. Por el contrario, según esta misma visión ilusoria y triunfalista, la gente de derechas se habría vuelto mucho más gamberra y desinhibida, mucho más desprejuiciada y liberada de corsés, tal vez por el ‘efecto búmeran’ de la estigmatización progresista. Si aceptamos esta visión simplista, el éxito multitudinario de ‘Torrente, presidente’ podría anunciar una suerte de revolución sociológica, prefigurando el ascenso y pujanza de una derecha que por fin ha conseguido sacudirse el yugo de la ‘complejitis’ y mandar al basurero de la Historia los decrépitos paradigmas culturales de la izquierda.
Inevitablemente, tal interpretación ha azuzado nuestra curiosidad de ‘reaccionario por asco de la greña jacobina’ que contempla los rifirrafes de los negociados en liza con irónico desdén; pues lo que se presenta ante el mundo como una batalla cósmica no son sino querellas intestinas entre gentes que comparten las mismas premisas (todas ellas erróneas). Así que hemos ido a ver la película de marras, con la actitud distante pero abnegada del entomólogo que espía la vida íntima de las hormigas. No busquen, pues, las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan ningún juicio artístico sobre ‘Torrente, presidente’, que aquí sólo examinamos como obra generadora de ‘relatos’ ideológicos.
Habría que empezar señalando que el personaje protagonista de la saga, que hasta esta quinta entrega no estaba asociado a ningún partido político, había sido previamente configurado como una versión caricaturesca del ‘facha’ en su versión más casposa y extrema: salido, putero, farlopero, corrupto, racista, etcétera. Una etopeya ciertamente burda concebida sobre todo para halagar al imaginario progresista que, sin embargo, encarna a cierto prototipo de político sociata, de Luis Roldán a José Luis Ábalos, pasando por Francisco Javier Guerrero o Tito Berni. Lo cual demuestra, por un lado, que –como nos enseña Wilde– la naturaleza imita al arte; pero, sobre todo, que –como nos enseña Prada– la auténtica encarnación de ese clima mental cochambroso que caricaturiza Torrente es el partido de Estado, usufructuario auténtico del peor ‘franquismo sociológico’, según hemos explicado en otro lugar. Así que, puesto a encajar a ese personaje putero y farlopero en un partido político concreto, Santiago Segura no tendría sino que haberlo adscrito al partido de Estado, por honestidad intelectual pero también por respeto a la más elemental verosimilitud. Y la meteórica carrera política que Torrente protagoniza en esta quinta entrega de la saga habría propiciado, si el personaje hubiese militado en las filas socialistas, situaciones muchísimo más convincentes, pues se nos habría brindado la oportunidad de disfrutar con la farisaica pantomima del progresismo contemporáneo, tan putero en la intimidad y tan feminista y partidario de abolir la prostitución ante la galería.
En cambio, ‘Torrente, presidente’ obliga al espectador a una desquiciada ‘suspensión de la incredulidad’, situando a su protagonista en un partido de derechita valiente que lo instruye contra los ‘micromachismos’ y trata de que trufe sus discursos con farfollas ‘wokes’. Se trata de una contorsión terriblemente forzada e inverosímil de Santiago Segura, que siempre ha sido un navegante a favor de corriente, un cineasta que desde sus orígenes ha acatado la ‘degradante esclavitud de ser un hijo de su época’, abrazando con ardor el ‘ethos’ progresista hegemónico y poniendo su talento al servicio de la ideología reinante; sólo que con los años y los millones se ha convertido –como tantos otros– en un ‘progresista paralizado’ que, por no haber dimitido del sentido común, no transige con las ‘ruedas de molino’ que el ‘wokismo’ ha puesto en circulación. Él mismo lo reconocía en una entrevista con Lucía Cabanelas: «Hay cosas que son de cajón, que son lógicas, de sentido común, y si las dices te acusan de ser sectario. No lo puedo entender».
Santiago Segura lo entiende demasiado bien. Tan bien que esas quimeras aberrantes o desquiciadas contra las que se rebela su sentido común las atribuye equitativamente a tirios y troyanos. Segura se ha convertido, con los años y los millones, en un ‘progresista paralizado’ que no comparte la deriva de quienes hasta hace poco eran sus jaleadores y turiferarios; pero en lugar de quedarse tranquilamente en su sitio, necesita correr detrás de ese progresismo que se aleja del sentido común, mostrándose equidistante y repartiendo mandobles a izquierda y derecha; para lo que tiene que desfigurar a la derechita valiente y caracterizarla con los atributos del partido de Estado (¡con la cantidad de dardos verosímiles que se podrían haber lanzado contra ella!). En realidad, Torrente, presidente es un garrafal ‘acto fallido’ –en el sentido freudiano, claro está– de quien sólo puede pronunciar la verdad poniéndole un disfraz incongruente, en lugar de proclamarla sin tapujos. Y el alborozo que este ‘acto fallido’ ha provocado entre gentes del negociado de derechas demuestra que, lejos de haberse sacudido el yugo de la complejitis, siguen sometidas a él, de forma todavía más masoquista, pues no sólo aceptan deportivamente que satiricen sus atributos menos lustrosos, sino también que les adjudiquen los más fétidos del adversario ideológico. Y es que el destino del negociado de derechas no es otro sino ir recogiendo con un badil las cagarrutas del progresismo, para comérselas religiosamente y luego regurgitarlas en versión atenuada. Esto ya lo decía Balmes; pero nosotros lo traducimos a un lenguaje más guarrete, para que lo entiendan los forofos ‘torrentistas’.

