
Por Juan Manuel de Prada
A nadie se le escapa el desaliento que postra a la mayoría de los maestros y profesores. Sus lamentos, que ya suenan afónicos (y agónicos) de tanto repetirse, se han convertido en ese ruido de fondo al que nadie presta demasiada atención, al menos hasta que se produzca el definitivo cataclismo que nos ahogue a todos. Si cada época propicia el sacrificio de un grupo social, sobre cuyas espaldas se arroja el peso de una responsabilidad sobrehumana, nadie dudará que ese papel ingrato se ha asignado en nuestro tiempo a los maestros, cada vez más abandonados a su suerte en sus tareas educativas. Hemos logrado despojar de significado aquel refrán que asociaba la labor docente con la pobreza («pasa más hambre que un maestro de escuela»), pero a cambio hemos volcado sobre quienes la ejercen la misión ímproba de servir de parapeto y muro de contención frente a la destrucción de los vínculos humanos.
Pero la raíz de este mal no debemos buscarla en las aulas, sino en el ámbito familiar. La desmembración de la familia deja al niño expuesto a la intemperie, huérfano de ese cimiento sin el cual resulta imposible levantar el edificio educativo. Y es que el edificio educativo, como la propia institución familiar, se sustenta sobre la tradición (del latín traditio, que significa «transmisión, entrega»), esto es, sobre los vínculos que unen a unas generaciones con otras. La tradición es una larga cadena viviente en la que cada generación absorbe el acervo moral y cultural que la precede y lo entrega a la generación siguiente; y en ese proceso de transmisión, que no es inerte ni fosilizado, cada generación contribuye a enriquecer el legado recibido mediante aportaciones propias. La civilización humana ha crecido de este modo, sobre el humus fecundo de los tesoros que las generaciones anteriores se han encargado de ceder en herencia a quienes venían después; y la familia ha sido el cauce natural de esta herencia ininterrumpida. Por supuesto, el esfuerzo sistémico de desmembración de la familia (o su suplantación por parodias desquiciadas) no es inocente: quienes lo impulsan saben que las personas desvinculadas dejan de ser tales para convertirse en papilla humanoide; saben que, desamparado de la tradición, el hombre se convierte en carne de ingeniería social.
La creación de vínculos entre los seres humanos genera relaciones de respeto y comprensión mutua; la creación de vínculos nos impulsa a mirar al otro con un afecto nuevo en el que hay algo sublime y misterioso. De repente, descubrimos en ese otro una grandeza nueva, y ese descubrimiento impulsa en nosotros el anhelo de participar en ella, a la vez que hace surgir en nosotros la preocupación de ser indignos de esa persona. Los vínculos que los hombres establecen entre sí generan comprensión; y el principio de toda comprensión reside en que uno conceda al otro lo que es: que le reconozca autoridad y lo respete, que ame e imite sus cualidades, que se apiade de sus defectos y los corrija amorosamente, que deje de considerarlo con los ojos del egoísmo. Y ese deseo de comprensión genera compromisos fuertes: ya no consideramos al otro un cuerpo extraño que se usa y se tira, sino una persona con una ordenación vital fecunda de la que deseamos participar y aprender. Y ese deseo de conocimiento nos obliga a desprendernos del propio yo, nos obliga a entregarnos al otro, nos obliga a participar de su dignidad, de su libertad, de su nobleza.
Nuestra sociedad, tan hipercivilizada, es también una sociedad desvinculada, con familias hechas añicos. La familia ha dejado de ser aquel recinto hospitalario donde el niño asimilaba, mediante herencia secular, una visión abarcadora de las realidades naturales y sobrenaturales, una forma de ser y de estar en el mundo, para convertirse en el páramo o escombrera donde el niño crece sin brújula, expuesto a influencias que lo empujan al borde de un precipicio donde se agazapa el caos. Arrancados de ese tejido familiar que antaño los protegía, los niños ya no van a la escuela para completar el alimento espiritual que recibían en casa. Ahora, los niños –y esto bien lo saben los desalentados maestros– son enviados allí por padres pasotas y dimisionarios (o bien enfermizamente hiperprotectores), tan desorientados como sus propios hijos, para que se desfoguen y desbraven, puesto que en su familia nadie se ha preocupado de hacerlo antes. Así, el niño llega a la escuela asilvestrado y prepotente, poco dispuesto a acatar la autoridad del maestro.
Y todo esto ocurre porque hemos roto esa larga cadena viviente que es la tradición; y el futuro de toda sociedad desvinculada es el paulatino apagamiento y la posterior pudrición.

