
Por Ivone Alves García
En marzo de 2026, mientras los titulares se llenan de tensiones comerciales, anuncios de aranceles y movimientos diplomáticos, es fácil quedarse en la superficie de los hechos. Sin embargo, debajo de ese movimiento cotidiano se está configurando un cambio más profundo en la arquitectura del poder global. La presidencia india de los BRICS este año ofrece una ventana clara para observar cómo operan esos mecanismos estructurales.
India lanzó oficialmente su presidencia con el lema “Building for Resilience, Innovation, Cooperation and Sustainability”. Este marco responde a las lecciones aprendidas en las últimas décadas: la fragilidad de las cadenas de suministro expuestas durante crisis sanitarias y conflictos, la concentración excesiva de decisiones financieras en pocos centros, y la necesidad de construir capacidades internas que permitan a los países absorber shocks sin perder rumbo propio. Los cuatro ejes —resiliencia, innovación, cooperación y sostenibilidad— buscan articular respuestas prácticas en salud, alimentación, tecnología y reforma de instituciones multilaterales, con un enfoque que coloca a las personas y al desarrollo inclusivo en primer plano.
El bloque que India preside ya cuenta con once miembros plenos. A los cinco fundadores (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) se sumaron Egipto, Etiopía, Irán, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia como miembro reciente. Además, opera con un círculo de socios que incluyen naciones de diversas regiones. Esta ampliación no transforma al grupo en un actor monolítico, sino en un espacio más heterogéneo donde conviven intereses distintos. Las tensiones entre China e India, por ejemplo, son conocidas y limitan cualquier lectura simplista de “bloque contra bloque”.
Lo relevante desde la perspectiva estructural no es el tamaño numérico, sino la modificación gradual de relaciones de fuerza y dependencias. Durante mucho tiempo, el orden predominante concentró el control de flujos financieros, estándares tecnológicos y acceso a mercados en instituciones que, aunque se presentaban como neutrales, reflejaban equilibrios de poder específicos. Los BRICS exploran alternativas: mayor uso de monedas locales para reducir exposición al dólar en transacciones bilaterales, fortalecimiento del Nuevo Banco de Desarrollo como fuente de financiamiento con menos condicionalidades políticas, y coordinación en sectores estratégicos como minerales críticos, energía y capacidades digitales.
India enfatiza la resiliencia en sistemas de salud y seguridad alimentaria, la innovación que impulse startups y soluciones tecnológicas accesibles, la cooperación para actualizar organismos como el FMI, el Banco Mundial o la OMC, y la sostenibilidad entendida no solo como ambiental, sino como equilibrio entre crecimiento y bienestar social. Este enfoque “humanidad primero” busca construir redes que permitan a los participantes ganar margen sin aislarse.
Para Iberoamérica, este proceso abre un abanico de posibilidades diferenciadas. Brasil, con su peso económico y su tradición de diplomacia activa, encuentra en los BRICS un espacio para equilibrar sus vínculos históricos con Occidente y sus necesidades de diversificación. Países con reservas importantes de litio, petróleo o tierras agrícolas ven oportunidades de acceso a nuevos mercados y financiamiento para proyectos de infraestructura. Sin embargo, estas aperturas no son automáticas ni gratuitas. La región enfrenta simultáneamente presiones de un enfoque transaccional que prioriza el acceso preferencial a recursos estratégicos y el control de rutas comerciales.
El mecanismo de poder que opera aquí es sutil pero efectivo: no siempre se trata de imposiciones directas, sino de condicionar las opciones disponibles. Un país que depende excesivamente de un solo mercado de exportación o de una única fuente de financiamiento pierde capacidad de negociación. Cuando se abren nuevos canales —ya sea hacia Asia, el Medio Oriente o África— el desafío consiste en evitar reemplazar una dependencia por otra. La autonomía real se mide en la capacidad de definir prioridades internas sin que las relaciones externas terminen dictando el ritmo de las políticas domésticas.
Este cambio también afecta los marcos de percepción. Narrativas que presentan la multipolaridad como un “declive inevitable” de ciertos centros o como una “victoria automática” del Sur Global simplifican un proceso mucho más complejo. En la práctica, estamos ante una reconfiguración donde las asimetrías persisten y donde la ganancia de margen para unos puede significar mayor condicionamiento para otros si no se gestiona con visión de largo plazo.
En las sociedades iberoamericanas esto se traduce en efectos concretos. Sectores productivos vinculados a exportaciones sienten la presión de aranceles variables o de competencia en cadenas de valor. Comunidades que dependen de industrias extractivas enfrentan dilemas sobre qué socios priorizar para la explotación y procesamiento de recursos. Al mismo tiempo, espacios de cooperación Sur-Sur permiten explorar modelos de desarrollo que incorporen más componentes locales de valor agregado, en lugar de limitarse a la exportación de materias primas.
El verdadero desafío para nuestra región no es alinearse rápidamente con uno u otro polo, sino desarrollar la capacidad de leer estas dinámicas estructurales con claridad. Eso implica evaluar cada acuerdo no solo por sus beneficios inmediatos, sino por cómo modifica el nivel de autonomía en decisiones clave: inversión en infraestructura, regulación tecnológica, seguridad energética y políticas sociales.
Entender el rol de la presidencia india de los BRICS en 2026 no consiste en celebrar o temer un “nuevo orden”. Consiste en observar cómo se están redefiniendo los mecanismos que condicionan las opciones reales de las sociedades. En un mundo donde los flujos de capital, tecnología y recursos estratégicos definen cada vez más el margen de acción, la capacidad de análisis estructural se convierte en una herramienta de soberanía práctica.
No se trata de rechazar la cooperación internacional, sino de participar en ella desde una posición que preserve espacio para definir rumbos propios. Las sociedades que logren combinar apertura selectiva con fortalecimiento interno serán las que mejor naveguen esta transición. Las que se dejen llevar por narrativas polarizadas o por la urgencia de soluciones rápidas corren el riesgo de ceder autonomía sin ganar estabilidad duradera.
En última instancia, el Nuevo Orden Mundial no es un destino fijo, sino un proceso en curso moldeado por relaciones de fuerza, dependencias cambiantes y la construcción cotidiana de legitimidad. Observarlo con atención, sin sesgos o simplificaciones, es el primer paso para que las sociedades del Sur Global —y particularmente las de Iberoamérica— dejen de ser objetos pasivos de estos cambios y empiecen a influir en ellos con mayor claridad de propósito.
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Ivone Alves García
Productora general | AsiaTV
Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).

