
Por Juan Manuel de Prada
El doctor Sánchez acaba de presentar un sistema de monitorización llamado ‘Hodio’, con el que pretende rastrear y medir de forma sistemática la huella y el alcance de los ‘discursos de odio’ en las redes sociales y plataformas digitales. Naturalmente, este ‘odiómetro’, que se presenta como una herramienta para combatir la ‘polarización’ y exigir una mayor vigilancia a las grandes compañías tecnológicas, no es otra cosa sino un engendro urdido para el control social. Como avizora Edward Barneys en su clásica obra ‘Propaganda’ (1928), «a medida que la sociedad gana en complejidad y que la necesidad de un gobierno invisible se hace más patente, se inventan y desarrollan los medios técnicos indispensables para poder disciplinar la opinión pública».
De disciplinar no sólo la opinión pública, sino incluso las almas, se trata, en efecto. Tocqueville ya lo explicaba magistralmente en La democracia en América: «Los tiranos habían materializado la violencia; pero las repúblicas democráticas de nuestros días la han hecho tan intelectual como la voluntad humana que quieren reducir. El despotismo, para llegar al alma, golpeaba vigorosamente el cuerpo; y el alma, escapando a sus golpes, se elevaba gloriosa por encima de él. Pero en las repúblicas democráticas la tiranía deja el cuerpo y va derecha al alma. El amo ya no dice: «Pensad como yo o moriréis», sino: «Sois libres de no pensar como yo. Vuestra vida, vuestros bienes, todo lo conservaréis, pero a partir de ese día seréis un extraño entre nosotros. […]. Os dejo la vida, pero la que os dejo es peor que la muerte»».
En realidad, la expresión ‘discurso de odio’ es por completo grotesca; pues el odio es el líquido amniótico de las ideologías modernas y, por extensión, de la democracia, que es la forma política que las ampara y exalta. Las ideologías, originariamente, son filosofías políticas vulgarizadas y simplificadas; y, en su expresión actual, repertorios de consignas para alimento de masas cretinizadas, productos mentales degenerativos que suscitan entre sus adeptos automatismos que los acercan progresivamente al primate. Y, en ese acercamiento progresivo al primate, las ideologías necesitan estimular en la borregada que se adhiere a ellas un instinto de aniquilación. Todo adepto a tal o cual ideología necesita algo –o más bien alguien, pues en su grosera elementalidad desea ‘poner cara’ al enemigo– a lo que oponerse, descalificar, denigrar, difamar, destruir.
Las ideologías modernas están alimentadas por la metodología del odio. Ocurre en las ideologías calificadas de izquierdistas, donde el odio de clase del comunismo originario se ha convertido en sus sucedáneos y parodias (ya dijimos que las ideologías son productos mentales degenerativos) en odio a las más estrafalarias formas de ‘opresión’ (del ‘heteropatriarcado’ a la ‘cisnormatividad’) que cristaliza en esa apoteosis del odio llamada ‘cultura de la cancelación’. Y ocurre en las ideologías calificadas de derechas, donde las llamadas ‘batallas culturales’ (que no son tales, pues todas las ideologías modernas comparten las mismas premisas) a la postre hacen del odio el motor de su fe cetrina: odio al progre, al ‘woke’, al moro o a la ‘feminazi’. Así, las sociedades democráticas, fundadas en la confrontación de ideologías, se convierten en lo que Castellani llamaba una ‘demogresca’, un avispero constantemente irritado donde no existen vínculos comunitarios ni fuerzas unitivas; y donde los lazos más consistentes los crean las personas que odian las mismas cosas (en realidad a las mismas personas, pues como señalábamos el primate ideologizado desea ‘poner cara’ al enemigo).
Así se explica el odio rezumante de espumarajos que hallamos en las redes sociales, un vomitorio para que los primates ideologizados puedan escupir su rabia, propagar calumnias y liberar sus más abyectos instintos. Pero este odio, que es líquido amniótico de las ideologías, no preocupa al tirano democrático descrito por Tocqueville; y, en cualquier caso, sus consecuencias indeseables son un precio que ese tirano paga gustosamente, pues las redes sociales son el instrumento más sofisticado de control social jamás urdido, un nuevo anillo de Saurón «para gobernarlos a todos, para encontrarlos a todos, para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas». El tirano democrático no desea combatir el odio, sino los ‘discursos de odio’. ¿Y qué se oculta bajo este sintagma grotesco? Durante la presentación de su engendro, el doctor Sánchez mencionó, entre los ‘discursos de odio’ que pretende combatir, los que caracterizan a un ‘migrante’ como un delincuente o se burlan de una ‘persona trans’. Pero lo cierto es que ‘discurso de odio’ se considera también cualquier argumentación que establezca un vínculo entre la inmigración descontrolada y el aumento de la delincuencia, o incluso cualquier información periodística que revele la nacionalidad o los orígenes de un delincuente. Y, desde luego, se considera ‘discurso de odio’ no sólo la burla de una ‘persona trans’, sino en general cualquier posición que no acepte el credo ‘queer’ de cabo a rabo, cualquier juicio que se atreva a afirmar –o incluso sugerir– que el sexo es una realidad biológica o que una persona no puede ‘elegir’ su sexo, porque la realidad biológica no depende de la percepción del sujeto ni de lo que ese sujeto ‘sienta’. Es decir, ‘discurso de odio’ no es la injuria más sangrante y atroz, sino la exposición razonada de una evidencia, si tal evidencia se opone a la ideología gubernativa o a los paradigmas culturales reinantes, no importa que la ideología sea aberrante o los paradigmas completamente desquiciados.
Para conseguir que todo el mundo piense como el tirano desea, no basta con imponer o inducir conductas, no basta ni siquiera con fiscalizar las palabras e imponer una ‘neolengua’; también hay que penetrar en los recintos más recónditos de la subjetividad personal, de tal modo que nuestro propio cerebro se convierta en el miedoso carcelero de nuestros pensamientos. En esto consiste lo que Foucault denominaba la ‘microfísica del poder’, nueva forma de dominación que disciplina las almas y homogeneiza las conciencias, convirtiendo a personas únicas e intransferibles en rebaño gregario que acata y regurgita la ideología gubernativa. Y para convertir nuestro propio cerebro en el miedoso carcelero de nuestros pensamientos agitan el fantasma de los ‘discursos de odio’.

