El Salto Tecnológico como Disruptor Estratégico – Por Marcelo Ramírez

El Salto Tecnológico como Disruptor Estratégico
Por Marcelo Ramírez

Hay una guerra que se libra sin cañones ni misiles, pero que define con igual contundencia el equilibrio del poder global. No es visible a los ojos de la mayoría, y, sin embargo, condiciona cada conflicto, cada alianza y cada movimiento geopolítico. Es la guerra tecnológica.

Estados Unidos ha dominado el escenario global durante décadas, y lo ha hecho, en buena medida, gracias a su supremacía tecnológica. Desde Silicon Valley hasta la DARPA, la innovación ha sido el lubricante de su maquinaria militar, económica y cultural. Pero ese dominio empieza a resquebrajarse. China, y en menor medida Rusia, están rompiendo el cerco.

No se trata sólo de producir más microchips o lanzar más satélites. El verdadero salto, el que preocupa en serio a los estrategas de Washington, es cualitativo. Hablamos de inteligencia artificial militar, de sistemas autónomos de combate, de interconexión de plataformas en red, de guerra electrónica avanzada, de misiles hipersónicos, de plataformas furtivas de sexta generación. Y ahí, China y Rusia están mostrando los dientes.

La reciente presentación del J-36 chino —un caza de sexta generación con diseño sin cola, alta maniobrabilidad y capacidad de operar en red con drones— no es un simple avance aerodinámico. Es un mensaje. Una declaración de que ya no aceptan el rol de seguidores tecnológicos. Y lo preocupante para Occidente no es solo la capacidad del aparato, sino el ritmo. Porque China ya no imita, innova. Y lo hace con velocidad de vértigo.

Mientras tanto, Estados Unidos se ve obligado a responder con anuncios más que con hechos. El F-47, presentado con bombos y platillos por Trump, no es más que un render. No hay prototipo visible, ni pruebas públicas. Ni siquiera una maqueta. Solo una promesa. Un dibujo. Y eso, en términos estratégicos, es un síntoma: el músculo ya no obedece al cerebro como antes.

La elección de Boeing como empresa responsable del nuevo caza generó más dudas que certezas. Una firma golpeada por escándalos de calidad en la aviación civil, que no diseña un caza original desde los años treinta, es ahora la encargada de producir el avión más avanzado del arsenal norteamericano. No se trata de una decisión técnica. Es una apuesta política. Una jugada para sostener empleo industrial, reactivar una empresa clave y evitar que Lockheed Martin concentre todo el poder.

Pero el problema de fondo sigue siendo otro. Mientras Occidente invierte fortunas en sistemas cada vez más caros, menos operativos y con mayor dependencia de cadenas logísticas globales vulnerables, Oriente opta por otra lógica: eficacia, escala, adaptabilidad. Rusia, por ejemplo, trabaja en el MIG-41, un interceptor hipersónico con capacidad antisatélite y operación estratosférica. No busca competir con los F-35 en marketing o diseño, sino en capacidad de negar el espacio aéreo y destruir objetivos estratégicos antes de que crucen su frontera.

Este nuevo paradigma tecnológico reconfigura el poder. Ya no alcanza con tener portaaviones si un enjambre de drones puede saturar tus defensas. Ni sirve esconderse con sigilo si un radar cuántico te detecta igual. Tampoco basta con tener la mayor cantidad de misiles si no podés garantizar su eficacia ante una guerra electrónica avanzada.

Lo que está en juego es el corazón del modelo de dominación occidental. Si pierde su ventaja tecnológica, pierde todo. Por eso, Estados Unidos apuesta fuerte: más inversión en I+D, más contratos militares, más presión sobre sus aliados para que compren armas obsoletas que sostienen un sistema en decadencia. Pero los números no mienten. Los F-35 son más caros de mantener que lo que aportan en eficacia. Y si el F-47 sigue el mismo camino, no será un salto adelante, sino un salto al vacío.

China y Rusia, en cambio, juegan con otra lógica. No necesitan controlar el mundo. Les basta con que no los controlen. Su salto tecnológico no busca imponer un nuevo orden global, al menos no por ahora. Busca negar el actual. Impedir que se los someta. Y lo están logrando.

Occidente, al no entender esto, responde con propaganda. Exagera sus capacidades, oculta sus debilidades, y finge un control que ya no tiene. Pero la tecnología no perdona. No hay relato que tape un radar que ve más lejos, un dron que vuela sin ser detectado o un misil que viaja cinco veces más rápido que el sonido. En el campo de batalla real —y también en el simbólico— esa diferencia es letal.

El mundo asiste a una transición histórica. El eje del poder se mueve. Y el motor de ese movimiento no es ideológico ni militar. Es tecnológico. Quien controle esa llave, controlará el siglo. Y mientras unos se preocupan por paradas militares y discursos, otros ya están construyendo el futuro.

Fuente: https://youtu.be/6jjd3xuWRqw

CONTRA LA CENSURA: Si le gustó nuestro trabajo apoye a KontraInfo con su suscripción. No recibimos ni recibiremos jamás dinero de ONG's ni partidos políticos. Por hacer un periodismo alternativo venimos siendo sistemáticamente censurados y desmonetizados.

*Ayúdenos con su suscripción, ingresando a este enlace.


Si va a reproducir este material, cite la fuente: www.kontrainfo.com