
Por Juan Manuel de Prada
Resultan grimosas esas condenas progres a la agresión de Estados Unidos en Venezuela que empiezan subrayando el autoritarismo de Maduro, o sus violaciones de los «derechos humanos», o no sé cuántas zarandajas más. Aunque Maduro hubiese sido san Francisco de Asís redivivo, Estados Unidos habría cometido la misma tropelía; pues le importa un comino que los regímenes políticos de las naciones que desea someter y despojar sean autoritarios, con tal de que asuman el papel lacayuno que les ha asignado. Así que esos progres que sueltan el sermoncito censorio preliminar sobre Maduro son agentes encubiertos al servicio del imperialismo yanqui, mucho más alevosos que los cantamañanas derechoides que aplauden la agresión.
Habría que empezar recordando que el derecho internacional, en un mundo dominado por el anglosionismo, es una rama de la literatura fantástica. Además, a diferencia de sus predecesores (que envolvían sus agresiones en farfollas retóricas aparentemente respetuosas del derecho internacional), Trump no se anda con paños calientes y declara sin ambages que desea apropiarse del petróleo y los recursos naturales venezolanos. Ciertamente, para justificar el secuestro de Maduro los yanquis han montado el «relato» del «narcoterrorismo», como en otra ocasión montaron el «relato» de las «armas de destrucción masiva»; pues, como nos enseña cierto maestro de la propaganda, cualquier intoxicación que se precie debe adaptar su nivel a sus destinatarios más imbéciles. Pero, fuera de estas concesiones a los imbéciles, debemos agradecer a Trump su avaricia de tiburón empresarial, sus modales zafios, su descarnada franqueza, que hacen más patentes los propósitos rapaces de Estados Unidos.
A los derechoides que aplauden una acción tan vil como en su día lo fueron la voladura del Maine o el ataque de Dewey a la flota española en Cavite les ha desconcertado que Trump se dirigiera con palabras respetuosas a Delcy y que, en cambio, se refiriese con displicencia a esa señora que le quitó el premio instituido por el inventor de la dinamita. Pero Trump no hace sino aplicar a Venezuela el modelo que en su día Kissinger aplicó en España. Primeramente, se deshacen del gobernante que impide o dificulta la «transición» que han diseñado (Carrero Blanco en España, Maduro en Vanezuela); y a continuación promueven una «transición» tutelada contando con los traidores del viejo régimen, a los que añaden en contubernio o zurriburri una «oposición» de gentes al servicio del tío Sam que ofrezcan una imagen fresca y renovadora. En España se hizo condenando a la irrelevancia a estantiguas como Carrillo, incluso a Nicolás Redondo, y encumbrando a Felipe González, que era el mocetón predilecto de la CIA. Y ahora en Venezuela Trump se quita de encima a la estantigua nobelera, para propiciar un apaño entre traidores del viejo régimen y postulantes cipayos que no estén quemados y puedan engañar lo mismo a progres que a derechoides ingenuos.

