Fascistas – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Hasta ahora todas las filiaciones y calificaciones políticas se hacían desde el discernimiento del propio interesado y se conjugaban en primera persona. Se aseveraba con orgullo o resignación: «Yo soy conservador», o socialista, o liberal, o comunista, o lo que fuera… Pero desde hace algún tiempo ha surgido una calificación nueva que no se conjuga en primera persona, sino en segunda o tercera. «Fulanito es un fascista», se dice; o bien, imprecatoriamente: «¡Eres un fascista!». Ya no se trata de una declaración que hace el interesado, sino una suerte de diagnóstico que nos llega desde fuera, como si nos dijeran: «Fulanito tiene cáncer» o «Usted es diabético». Uno estaba en Babia, desprevenido, y entonces llega alguien que, sin analizarnos la sangre ni hacernos una biopsia, sin tomarnos la temperatura ni olernos siquiera el aliento, dictamina infaliblemente que somos fascistas, sin comerlo ni beberlo.

El fascismo es la primera idea política que se asigna como un cargo honorífico, sin intervención del candidato, que no tiene que postularse ni hacer méritos para la atribución. Además, como el fascismo no es un partido político, ni una organización civil, ni nada concreto y reconocible, no hay por dónde agarrarlo, ni por dónde trazar la línea divisoria y hamletiana entre el ‘ser o no ser’. Uno piensa que el fascismo se asocia, pongamos por caso, con la exaltación del Estado y entonces se convierte en un apóstol del municipalismo y el principio de subsidiariedad; o bien, tras descubrir que el fascismo se caracteriza por la glorificación del militarismo, se vuelve acérrimo detractor de la OTAN. Pero da lo mismo; porque, aunque uno se mueva de sitio, el diagnóstico de fascista nos persigue doquiera vayamos, como la nubecita borrascosa y relampagueante perseguía a cierto personaje del tebeo, apareciendo siempre sobre su cabeza. Además, como no hay unas listas –ni cerradas ni abiertas– donde figure el elenco de los fascistas, ni un boletín de inscripción, nadie sabe si figura entre los numerarios de esta adscripción política. No hay que pagar cuota, no hay que afiliarse ni suscribirse a ninguna publicación, como hacen los conservadores o los progresistas, los socialistas o los liberales. Ni siquiera puede uno apuntarse a una manifestación o acto de protesta; tampoco a un ciclo de conferencias o un festival lírico. No hay modo de saber si uno es fascista o no; todo depende de lo que un señor de Cuenca al que no conocemos de nada o la vecinita drogata que pone la música a toda pastilla piensen de nosotros.

Decía Pemán que lo más parecido que había a esto del ‘fascismo’ era el nombramiento de ‘hijo adoptivo’. Estamos durmiendo tranquilamente la siesta en casa, sin tener ni siquiera conocimiento de la existencia de Villaconejos de Arriba; y, de repente, nos llaman de su Ayuntamiento para comunicarnos que acaban de designarnos hijo adoptivo por cualquier razón peregrina. Claro que, al menos, en estos nombramientos de ‘hijo adoptivo’ nos endosan un diploma o una plaquita que nos permite demostrar que el nombramiento es verídico y no fantástico. Pero quienes nos diagnostican de fascista no nos regalan ningún diploma o plaquita, ni siquiera nos expiden un modesto recibito donde conste nuestra adscripción. Además, el título de fascista no nos lo adjudica quien desea condecorarnos, a diferencia del título de hijo adoptivo, sino más bien quien desea infamarnos: es como si hijo adoptivo de Villaconejos de Arriba no nos nombrasen los oriundos de esta villa, sino cualquier mendrugo de Villaconejos de Abajo que odia a sus vecinos y los considera a todos unos hijos de la grandísima puta; y, no contento con ello, cuelga el sambenito de la filiación adoptiva de Villaconejos de Arriba a todo señor o señora que le cae un poco gordo, aunque sean por completo ajenos al pleito entre villaconejenses.

Uno puede profesar todos los mitos del catecismo demócrata, del sufragio universal a la separación de poderes, pero de repente alguien lo señala como fascista; y entonces todos los demócratas de su pandilla, que antes nos jaleaban, nos hacen el vacío, como si fuéramos un leproso, temerosos del contagio. De este modo, descubrimos que la democracia es como un juego de cartas en el cual uno de los jugadores se levanta y deja el juego a medias cuando le apetece. Y el que se queda solo con las cartas en la mano, como no puede seguir jugando a la democracia, resulta que es un ‘fascista’. Porque los demócratas conciben la democracia como un carrito de los helados que lo empujan a su gusto y se lo llevan a otra parte… donde no tiene cabida un fascista como tú o como él. Así uno pasa de demócrata a fascista como quien se queda compuesto y sin novia. ¡Qué fatiga!

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