
Por Diego Chiaramoni
Hay confluencias de sangre que son destinos. En nuestra historia nacional, por ejemplo, se dice que el Gral. Juan Galo Lavalle – el “León de Riobamba”-, con un legajo militar de ciento cinco combates, descendía por línea materna del mismísimo Hernán Cortez. Quizás eso explique su valor aventurero y, a la par, la indomable amplitud de su ego. Su muerte y su responso de polvo y sangre, adquieren dimensiones dramatúrgicas. Jorge Luis Borges por su parte, provenía de un linaje paterno de origen inglés y literario, ello se unía a sus ancestros maternos, criollos y guerreros, como su bisabuelo Isidoro Suárez, coronel del Ejército Argentino que participó en las guerras de la independencia hispanoamericana. Esta confluencia, alimentó su mito de origen y quizás por eso, Borges fue un escritor eclipsado por los duelos a cuchillo. Claro, como carecía del valor práctico que exige el combate, cada vez que en sus largas caminatas el suburbio real se le ponía espeso, volvía a refugiarse en la biblioteca de su padre.
Hay confluencias de sangre que son destinos decíamos, por ejemplo, el destino peculiar del hombre al que nos vamos a referir en estas líneas: nuestro admirado Lucio V. Mansilla. Hijo de Agustina Ortiz de Rosas –la mujer más bella de su tiempo según las crónicas, -hermana del Restaurador de las Leyes- y de Lucio Norberto Mansilla, héroe de la gesta de Obligado, bastión histórico de nuestra soberanía. Retoño de tan noble prosapia, Lucio Victorio nació el 23 de diciembre de 1831 en una casona de 16 habitaciones, donde abundaba el aroma a espliego en los armarios y 4 patios rebosantes de flores. Aquella casona edificada sobre los restos de lo que en tiempos de los españoles se llamó el “Presidio Viejo” hacía cruz con la Iglesia de San Juan en la intersección de las calles Tacuarí y Potosí (hoy Alsina), en el porteño barrio de Monserrat. Cuando por las noches, el niño Lucio escamoteaba el sueño, el tío Tomás, un negro que se encargaba de sus cuidados, solía decirle: “- Niño, ¿oye esos gritos? Son las almas en pena de los que están en los calabozos, bajo tierra”. Lo llamaron Lucio, como su padre, y Victorio en honor a Santa Victoria en cuyo día vio la luz. Escritor, periodista, militar, diplomático, viajero, duelista y dandi, la vida de Mansilla está jalonada de extravagantes estampas y episodios cinematográficos. Desde enamorarse perdidamente de Pepita, una modista de sombreros, francesita de tan solo 16 años (él contaba con 17) e intentar fugarse a Montevideo en una ballenera, hasta viajar por Oriente y Europa un año después, subir a la Pirámide de Keops en Egipto, recorrer Calcuta y frecuentar los salones de París. Desde descubrir por hambre su vocación de escritor, hasta ostentar un cargo jerárquico en la Guerra del Paraguay. Desde reunir a 18 hombres desarmados –entre ellos dos sacerdotes- e internarse pampa adentro rumbo a las tribus ranquelinas en Leubucó, hasta escribir un tratado psicológico sobre su tío -Don Juan Manuel de Rosas-, el hombre más importante de la política argentina del siglo XIX. Desde enamorar al poeta Verlaine y tratar cercanamente con Eugenia de Montijo, cónyuge de Napoleón III, hasta batirse a duelo en varias oportunidades. En uno de esos duelos nos demoraremos unos instantes, en un duelo que, no sabemos si fue el más resonante –Mansilla desafió a duelo a José Mármol, escritor de la novela Amalia, en el Teatro Nacional y frente a dos mil varones-, pero sí el más trágico: su duelo con Pantaleón Gómez.
Pantaleón Gómez, como Mansilla, era un hombre de su tiempo. Dos años menor que Lucio, había abrazado la carrera militar ascendiendo al grado de Coronel de guardias nacionales. Participó en las batallas de Cepeda, Pavón y en las sangrientas jornadas del sitio de Curupaytí el capítulo más cruento de la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay (que bien mirada podría llamarse “La Guerra de la Triple Infamia”). Presidió el Colegio de Escribanos de Buenos Aires y como periodista llegó a ostentar el cargo de director del periódico El Nacional.
Las semillas germinales del duelo Mansilla-Gómez se dieron en el marco de una polémica literaria. Lucio Mansilla, en sus columnas firmadas para El Pueblo Argentino, criticó irónicamente, en varias oportunidades y quizás sin malicia, el estilo gramatical de su antiguo amigo Aristóbulo del Valle. Desde las páginas de El Nacional, periódico en que Del Valle era figura áurica, la réplica mordaz a Lucio Mansilla, no se hizo esperar. La inauguración de una serie de columnas tituladas Ecos de Medio Siglo. Cosas de Lucio, se extienden desde el 13 de diciembre de 1879 hasta el 4 de febrero de 1880. El propósito de esas columnas era mostrar a Mansilla como un personaje cuya excentricidad estaba puesta al servicio de su propia frivolidad. Los ataques fueron in crescendo: su estética, su vestimenta, su infantilismo, la ligereza de sus ideas, etc. El autor de esas columnas –o al menos quien se hizo responsable de ellas-, no era otro que el mismísimo Pantaleón Gómez. El detonante final fue una pregunta que El Nacional no debía formular: “Lucio, ¿qué se hizo del valor?”.
El 5 de febrero de 1880, desde su columna publicada en El Pueblo Argentino, Lucio V. Mansilla escribió: “Este deslenguado, a quien en mala hora honré alguna vez con mi amistad, es como los gatos que ensucian siempre en el mismo lugar y a los que se escarmienta refregándoles en su propia inmundicia”. No había tiempo para nada más, a los duelos escritos le sucedió el campo del honor. Aquel sábado 7 de febrero de 1880 a las 11 de la mañana Gómez y Mansilla se dieron cita en la Quinta del Dr. Méndez. El cielo estaba despejado y una suave brisa que venía del río, apenas atemperaba la calurosa mañana. Los padrinos de Mansilla fueron los coroneles Uriburu y Godoy, y los de Gómez, los coroneles Meyer y Lagos. Godoy midió las distancias y espalda con espalda, Mansilla y Gómez caminaron diez pasos. Luego de dos intentos fallidos, llegó el momento de la tercera descarga, que fue simultánea. El disparo de Gómez pasó muy cerca de la oreja de Mansilla; dicen que se escuchó en ese preciso instante: “yo no mato a un hombre de talento” y fue lo último que sonó en los labios de Pantaleón Gómez. Lucio Mansilla apuntó al tercer botón de la chaqueta y allí quedó la bala, cerca del corazón de Gómez que murió instantáneamente. Cuentan las crónicas que Lucio lloró sobre el cuerpo yerto de Pantaleón Gómez, que luego partió a Montevideo, que no hubo juicio por el hecho y que el fantasma de aquel hombre acompañó a Mansilla hasta el final de sus días, como lo cuenta Daniel Sorín en su hermosa novela El dandi argentino. Gómez fue un espectro en los sueños de Mansilla como lo fue Dorrego para Lavalle, luego de su cruento fusilamiento en los campos de Navarro.
Cuentan también las crónicas que, por este hecho, Mansilla fue expulsado de la masonería. Hizo bien la Logia: Mansilla era un pura sangre e iba demasiado de frente para ser masón.
Diego Chiaramoni para KI, febrero de 2026

