La Argentina no eligió esta guerra, Milei sí – Por Ivone Alves García

Por Ivone Alves García

Hay una diferencia entre tener una posición internacional y convertir al país en un blanco, y Javier Milei decidió cruzar esa línea. Lo hizo al declarar que Irán es enemigo de la Argentina y al elegir hablar como portavoz de una coalición extranjera, y no como presidente de una nación que debería actuar con prudencia, responsabilidad y sentido de preservación. Sigue esta conducta cada vez que usa el nombre de la Argentina para exhibir obediencia ideológica ante Washington, Trump e Israel. Milei no está elevando al país; por el contrario, lo está exponiendo de la peor manera posible.

Un presidente no tiene derecho a inventarle enemigos a la Nación para satisfacer su fanatismo personal, tampoco tiene derecho a comprometer la seguridad de millones de argentinos solo para cosechar aplausos en el exterior, como si fuera una estrella de rock. Y, sobre todo, no puede hablar en nombre de un pueblo que no fue consultado para entrar en una guerra ajena, en una confrontación lejana y en una lógica de bloques que no responde al interés nacional argentino.

Pero el fondo del problema es este: Milei no actúa como jefe de Estado, sino como instrumento de una causa externa. Utiliza la presidencia como tribuna de militancia internacional y la política exterior como escenario para su vanidad. Convierte a la Argentina en material de intercambio simbólico para ganar centralidad en el circuito de poder que lo fascina. Eso no es liderazgo, sino degradación institucional.

Durante años, la dirigencia argentina administró con torpeza, manipulación y cobardía la cuestión iraní, especialmente alrededor de los atentados que marcaron nuestra historia reciente. Hubo acusaciones, hubo fallos, hubo líneas judiciales, pero también hubo operaciones, encubrimientos, irregularidades y una estructura de impunidad que nunca permitió cerrar del todo esa herida con seriedad histórica. En semejante contexto, lo último que debería hacer un presidente es usar ese dolor como combustible para su exhibicionismo geopolítico. La memoria de las víctimas no puede ser utilizada como carnet para entrar a una guerra que no es nuestra.

Milei parte de una idea tan simple como peligrosa: cree que alinearse sin reservas con Estados Unidos e Israel fortalece a la Argentina. Esto es absolutamente falso, lo único que fortalece es su personaje, volviéndolo útil y previsible para unos y funcional para otros, pero sin fortalecer a la Nación. Un país como la Argentina, con debilidad económica, vulnerabilidad estructural y una capacidad limitada para responder a crisis de seguridad, no puede darse el lujo de actuar como si fuera una potencia capaz de desafiar a quien quiera sin pagar consecuencias. Esa fantasía no es valentía: es irresponsabilidad.

La política exterior sirve para proteger intereses permanentes, evitar daños, ampliar márgenes de maniobra e impedir que un país quede atrapado en conflictos que no controla, no para sobreactuar convicciones personales. Milei, por su parte, hace exactamente lo contrario. Achica márgenes, destruye equilibrios, reemplaza diplomacia por provocación y, al creer que la testosterona verbal es una estrategia, incurre en lo que es apenas una forma estridente de la subordinación.

Y el problema no termina en la frase sobre Irán, la gravedad real está en el contexto. Milei no sólo se pronuncia, sino que se alinea y se ofrece. Busca ser reconocido como el alumno más obediente de una arquitectura de poder que tampoco oculta sus intereses. El Gobierno oficializó el ingreso argentino al Board of Peace impulsado por Donald Trump, y al mismo tiempo intervino administrativamente el Puerto de Ushuaia, una pieza de enorme valor geopolítico por su proyección antártica, atlántica y logística. Sobre la versión de que Ushuaia habría sido ofrecida como moneda de cambio no hay prueba oficial concluyente; hoy existe como denuncia política y periodística. Pero aun sin dar por probado ese extremo, el cuadro ya es grave. Cuando un gobierno radicaliza su alineamiento externo y simultáneamente mueve piezas estratégicas del sur argentino, la obligación del resto del sistema político es desconfiar, investigar y frenar. No aplaudir ni callar.

Acá aparece otra cuestión decisiva. ¿Qué busca Milei con todo esto? Busca varias cosas, y todas son malas para la Argentina: arrastrarse detrás de Estados Unidos, de Trump y de la agenda de confrontación que hoy organiza buena parte del tablero internacional; mostrarse como socio incondicional de una cruzada ajena; y obtener reconocimiento, protección y validación externa. Busca también cambiar el eje de discusión dentro del país. Un gobierno con resultados cada vez más discutibles, con tensiones sociales crecientes y con un desgaste inocultable necesita fabricar una épica para no ser juzgado por su gestión, reemplazar la evaluación de su fracaso por la excitación ideológica y construir un enemigo externo para tapar el vaciamiento interno.

Ese mecanismo es viejo: Cuando un gobierno no puede ofrecer bienestar, ofrece fanatismo; cuando no puede garantizar estabilidad, ofrece espectáculo; y cuando no puede exhibir grandeza real, fabrica una ficción de heroísmo prestado. Milei está usando la política exterior como cortina de humo, como dispositivo de polarización y como ritual de fidelidad a poderes externos que lo legitiman más que la propia realidad argentina.

Lo más indignante es que pretenda presentar todo esto como si fuera una defensa de principios. No está defendiendo principios, sino comprometiendo al país en función de sus impulsos. No está protegiendo a la Argentina, sino poniéndola en la mira. No está haciendo diplomacia firme, sino rompiendo una regla elemental del oficio presidencial: nunca exponer gratuitamente a la Nación a riesgos que no necesita correr.

Algunos dirán que se trata sólo de palabras. También eso es falso, ya que en política internacional la palabra presidencial no es decoración: ordena percepciones, activa respuestas, modifica cálculos y produce consecuencias materiales. Cuando un presidente declara a otro Estado como enemigo, abre una secuencia que, en medio de una guerra regional de alta intensidad, puede volverse mucho más peligrosa. Teherán ya reaccionó políticamente a esos dichos y, aunque se haya intentado distinguir entre Milei y el pueblo argentino, el problema sigue intacto: los Estados leen señales, no estados de ánimo, y la señal que envía Milei es hostilidad.

Acá no hay ninguna ganancia argentina —no hay ventaja económica, beneficio diplomático, mejora en la seguridad ni ampliación de soberanía—; hay apenas la voluntad enfermiza de un presidente de ser aceptado como pieza fiel de un bloque extranjero. La Argentina no recibe poder de esa conducta, sino riesgo, exposición, pérdida de autonomía y degradación.

Y mientras tanto, la oposición casi no existe: calla, titubea o calcula, dejando pasar una anomalía mayúscula como si se tratara de una excentricidad más del personaje. Esto no es una excentricidad, sino una amenaza. Un presidente que usa el nombre del país para inscribirlo en enemistades externas, que desplaza la política exterior hacia el terreno de la obediencia ideológica y que juega con activos estratégicos sensibles, debería encontrar una respuesta política inmediata. Al no encontrarla, esa ausencia vuelve todavía más peligroso al oficialismo, porque le confirma que puede seguir corriendo límites sin pagar costo institucional.

La condena, entonces, tiene que ser total. Milei está actuando contra el interés nacional, poniendo en riesgo a la Argentina por una combinación de fanatismo, vanidad y subordinación. Está reemplazando la prudencia por el delirio, la diplomacia por la provocación y la soberanía por la obediencia. No gobierna como presidente de un país periférico que necesita inteligencia estratégica, sino que se comporta como un activista exaltado que cree que la política internacional consiste en elegir amo, repetir consignas y esperar recompensa.

La Argentina no eligió esta guerra. El pueblo argentino no eligió esta enemistad ni votó para convertirse en apéndice emocional de conflictos que le son ajenos. La responsabilidad tiene nombre y apellido: Javier Milei está llevando al país a un lugar peligroso, innecesario y humillante. Y cuanto más tarde la dirigencia en decirlo con todas las letras, mayor será el costo para la Nación. Lo que es muy claro desde mi punto de vista es que un presidente puede ser imprudente, fanático y servil, pero lo que no puede es usar a la Argentina como rehén de sus obsesiones. Y eso es exactamente lo que está haciendo Javier Milei.

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Ivone Alves García
Productora general | AsiaTV
Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).

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