
Por Marcelo Ramírez
Hay procesos que aparecen en notas aisladas y requieren trabajo, lectura y paciencia para entenderlo. Lo que está ocurriendo hoy en China pertenece a esa categoría, no es un episodio diseñado para ocupar titulares, pero es central para comprender cómo se está reordenando el poder global. Mientras en Occidente se amplifica cualquier hecho interno de Estados Unidos como si tuviera relevancia universal, los movimientos profundos en China suelen pasar desapercibidos. Sin embargo, es allí donde se está definiendo la arquitectura del nuevo orden mundial. China no es un actor más del sistema: es el actor central.
Para entender lo que sucede es imprescindible abandonar el marco mental occidental. China no explica sus políticas. No comunica como Estados Unidos o Europa por las Redes, China actúa silenciosamente. Primero neutraliza un problema, luego lo reordena internamente y recién después comunica lo mínimo indispensable, con un lenguaje moral, disciplinario y deliberadamente escueto. Esa forma de operar genera un vacío informativo, y ese vacío es llenado en Occidente con especulación, rumores o interpretaciones erradas. Pero China no se interpreta por rumores: se lee observando tres elementos concretos. Los comunicados formales, siempre sobrios y vagos para el estándar occidental; los cambios de organigrama y, sobre todo, las ausencias; y las líneas editoriales de un puñado de medios clave del sistema chino.
En ese marco se inscribe la investigación contra altos mandos de la Comisión Militar Central, presentada oficialmente como “graves violaciones de disciplina y ley”. En la narrativa militar china, el hecho aparece como un golpe a la capacidad de combate y como parte de la campaña anticorrupción dentro del Ejército Popular de Liberación. En Occidente, esa fórmula se traduce casi automáticamente como corrupción económica. Esa lectura es insuficiente. En China, bajo ese rótulo se discuten cuestiones mucho más profundas: poder, lealtad política y control del núcleo militar.
El Ejército Popular de Liberación no es una institución más dentro del Estado chino. Es el pilar del poder real. El órgano supremo en China es el Partido Comunista, que gobierna al Estado a través del control político del ejército bajo un principio explícito y estructural: el partido manda al fusil. No es una consigna ideológica ni una preferencia cultural, es la forma en que funciona el sistema. El corazón del poder chino es la Comisión Militar Central, que no depende del Estado sino del Partido Comunista. Allí se concentra el control de todas las fuerzas armadas, la doctrina, la planificación estratégica, los ascensos, los nombramientos, la disciplina y las purgas. El Ministerio de Defensa es secundario. El poder real no pasa por allí.
Por eso cualquier investigación, purga o reordenamiento dentro de la Comisión Militar Central no puede leerse como un hecho administrativo. Es política de poder en estado puro. Bajo la bandera de la anticorrupción se dirimen disputas por lealtades, redes internas, control de adquisiciones y contratos, es decir, dinero y poder, y sobre todo el rumbo estratégico del país: Taiwán, Estados Unidos y las prioridades militares futuras.
La concentración de los tres ejes del poder en una misma figura —Partido, presidencia formal del Estado y presidencia de la Comisión Militar Central— explica la magnitud del mensaje que envía la caída de figuras de alto rango. No se trata de individuos aislados. Es una cadena de mando bajo observación. Cuando el aparato disciplinario se endurece de este modo, el mensaje interno es inequívoco: nadie es intocable si el Partido decide actuar. Y el mensaje externo es igual de claro: el núcleo del poder está cohesionado.
Las purgas no son una anomalía en la historia china. Son parte del funcionamiento del sistema. Desde 2016, las reformas impulsadas por Xi Jinping redujeron feudos internos y concentraron aún más el control en la Comisión Militar Central. Entre 2023 y 2025 ya se habían producido caídas de mandos influyentes, muchas asociadas a áreas sensibles como adquisiciones militares. La diferencia con Occidente no es moral, es estructural. En Occidente, los grandes escándalos de defensa rara vez terminan con responsables claros. En China, la remoción existe porque es una herramienta de control político.
Lo que ocurre a comienzos de 2026 no es una ruptura ni una anomalía, sino continuidad. Llama la atención por la jerarquía de los involucrados y por el momento elegido. El paraguas de “violaciones de disciplina y ley” incluye corrupción económica, abuso de poder, indisciplina política, faccionalismo y deslealtad al núcleo del poder. Son lógicas que existen en todos los sistemas, pero que en China se resuelven con métodos más directos y explícitos.
Desde Occidente se intentó leer este proceso como señal de inestabilidad. Sin embargo, la lectura rusa es diferente. Para los analistas rusos, lo que se observa es una colisión de corrientes internas y una respuesta preventiva del liderazgo chino. No un debilitamiento, sino una concentración del mando. No un síntoma de caos, sino una reorganización deliberada del Ejército Popular de Liberación de cara a escenarios de máxima presión, particularmente un eventual choque con Estados Unidos donde Taiwán aparece como punto determinante.
En esa lectura aparecen paralelismos históricos conocidos: purgas destinadas a eliminar mandos excesivamente autónomos, limpiezas internas en contextos de guerra o pre-guerra, y mecanismos de disciplinamiento que buscan evitar fracturas cuando la presión externa aumenta. Desde esa perspectiva, no resulta decisivo establecer si existió o no un intento de golpe. Lo relevante es lo verificable: hubo una purga, hubo un reordenamiento del mando y el resultado es un aparato militar más cohesionado y más disciplinado.
El objetivo del Partido Comunista es claro: maximizar el control vertical, depurar redes internas, asegurar que el ejército sea absolutamente confiable y evitar que, bajo presión externa, aparezcan flaquezas en las cúpulas dirigentes. La experiencia internacional demuestra que Estados Unidos no siempre vence por fuerza militar directa, sino por infiltración, corrupción de redes de seguridad y fractura de lealtades internas. China parece decidida a no repetir ese patrón.
En este contexto, la posible visita de Donald Trump a Beijing en abril adquiere un valor estratégico central. La purga se produce en la antesala de una negociación de alto nivel. El mensaje es inequívoco: China llega a la mesa con un liderazgo unificado, sin ambigüedades internas, con un ejército formalmente subordinado al Partido y con capacidad demostrada para disciplinar cualquier desviación. No se trata de mostrar debilidad, sino exactamente lo contrario.
China no se está preparando necesariamente para iniciar una guerra. Se está preparando para negociar desde una posición de fuerza y para disuadir. Refuerza la lealtad interna, reduce los márgenes de maniobra de facciones y proyecta cohesión. El sistema chino no es un régimen personalista caótico, sino un entramado institucional complejo con reglas duras y mecanismos de control robustos. Por eso resulta altamente improbable una traición al estilo de otros países.
De cara a la negociación con Estados Unidos, China buscará previsibilidad, evitar que Taiwán sea utilizado como acelerador de crisis y preservar su acceso a los mercados internacionales. Para Estados Unidos, Taiwán es una carta de negociación. Para China, es un asunto estructural. Esa asimetría define gran parte del juego. En la reorganización del mundo que se está produciendo hay ganadores y perdedores, y quienes apostaron a una fractura interna de China probablemente estén leyendo mal el momento.
Insisto en que lo que está ocurriendo en China no es espectacular ni diseñado para titulares. Es coherente con su forma de operar: disciplina, previsibilidad, control interno y preparación. China no se desordena. Se ordena antes de sentarse a negociar. Y ese es el dato que Occidente, una vez más, parece no querer leer.

