
Por Ivone Alves García
El Estado de Israel no puede comprenderse únicamente como un actor político moderno. Para entender su lógica de acción es necesario observar el entramado de ideas que lo rodean y que, con el paso del tiempo, se han convertido en parte de su legitimación ideológica. En ese entramado aparece una afirmación central: la idea de que Israel representa al pueblo elegido por Dios. Esa noción, que proviene del relato bíblico del antiguo Israel, se proyecta sobre un Estado creado en el siglo XX, una construcción política contemporánea nacida en un contexto histórico muy específico.
La cuestión central es que en esa operación se produce una superposición entre dos realidades distintas. Por un lado está el pueblo israelita de la tradición bíblica, un concepto religioso y cultural que pertenece al terreno de la fe. Por otro lado está el Estado de Israel moderno, que surge en 1948 como resultado de procesos políticos, coloniales y geopolíticos propios de la época. Sin embargo, en buena parte del discurso sionista ambas dimensiones se presentan como una continuidad natural. Esa identificación permite dotar a un proyecto político de una legitimidad que trasciende la discusión racional, entendiendo por racional, la visión laica que prima en Occidente y lo coloca en un plano casi sagrado.
Esto es particularmente significativo si se observa el origen del propio sionismo. Muchos de sus fundadores no eran religiosos. Theodor Herzl y gran parte del liderazgo sionista inicial se movían en un horizonte secular, influido por el nacionalismo europeo del siglo XIX. El proyecto que impulsaban no era una restauración religiosa sino la creación de un Estado para los judíos. Con el tiempo, sin embargo, el discurso religioso fue incorporándose con creciente intensidad, hasta convertirse en uno de los pilares simbólicos que justifican la existencia y la expansión del Estado.
La apelación al “pueblo elegido” introduce un elemento problemático desde el punto de vista político. Si un pueblo se concibe a sí mismo como depositario de una elección divina, la relación con el resto de las naciones deja de ser una relación entre iguales. Se instala una jerarquía implícita. En esa lógica, la expansión territorial, la supremacía militar o la imposición política pueden presentarse no como decisiones estratégicas discutibles, sino como parte de un destino histórico o incluso espiritual.
En Medio Oriente, donde múltiples pueblos conviven sobre territorios cargados de historia y religión, esa idea produce tensiones profundas. La región está marcada por identidades religiosas fuertes, memorias históricas conflictivas y disputas territoriales que se remontan décadas. Cuando un Estado articula su legitimidad en torno a una narrativa de elección divina, la posibilidad de construir un orden político basado en derechos equivalentes se vuelve más difícil. La disputa deja de ser solamente territorial o estratégica y pasa a tener una dimensión simbólica que la vuelve más rígida.
A esta dinámica se suma un fenómeno externo que ha tenido un peso creciente en la política internacional: el apoyo del cristianismo sionista, particularmente en Estados Unidos. Dentro de ciertos sectores evangélicos existe la convicción de que el retorno del pueblo judío a la tierra de Israel forma parte de una secuencia profética que precede a los acontecimientos finales de la historia cristiana. Según esa interpretación, la reconstrucción del Tercer Templo en Jerusalén y la consolidación de Israel en la región serían pasos necesarios para el cumplimiento de esas profecías.
Estrictamente hablando, esta visión no surge del judaísmo sino de una lectura específica del cristianismo evangélico. Sin embargo, su impacto político es considerable porque millones de creyentes en Estados Unidos la consideran una verdad religiosa y la trasladan al terreno de la política exterior. El resultado es una alianza paradójica: un proyecto nacional judío respaldado por sectores cristianos que ven en ese proyecto un elemento necesario para el cumplimiento de su propia escatología.
Cuando esa convergencia entre religión y política se proyecta sobre la política internacional, las consecuencias se amplifican. Las decisiones de guerra, las alianzas militares o las sanciones económicas dejan de explicarse únicamente por cálculos estratégicos y comienzan a justificarse también en términos ideológicos o religiosos.
En este contexto aparece un fenómeno local que merece ser observado con cuidado. El actual presidente argentino ha expresado en numerosas ocasiones su adhesión a posiciones que se alinean con el sionismo político. Lo particular de esa postura es que no se presenta desde la tradición católica que históricamente ha marcado la identidad cultural del país, sino desde una identificación personal con el judaísmo y con ciertas lecturas religiosas que vinculan la política contemporánea con interpretaciones bíblicas.
La cuestión no es religiosa en sí misma. La Argentina es un país plural y cada dirigente tiene derecho a profesar la fe que considere, dicho eso, el problema aparece cuando esa convicción personal se traduce en decisiones de política exterior que comprometen al país en conflictos lejanos. Declarar a Irán como enemigo estratégico no es un gesto simbólico menor. Implica posicionar a la Argentina dentro de una confrontación internacional que responde a dinámicas geopolíticas complejas y que exceden ampliamente los intereses directos del país.
La mayor parte de la sociedad argentina observa estos movimientos sin comprender del todo el trasfondo ideológico que los impulsa. En el debate público se habla de alianzas, de seguridad internacional o de lucha contra el terrorismo, pero rara vez se discute el componente doctrinario que subyace a ciertas decisiones. Sin ese contexto, la política exterior se percibe como una sucesión de gestos diplomáticos cuando en realidad puede estar respondiendo a visiones del mundo profundamente arraigadas.
La combinación entre religión, identidad nacional y poder político ha sido una fuerza histórica poderosa. A lo largo de los siglos ha servido para movilizar pueblos, justificar conquistas y sostener proyectos de dominación. Cuando esas narrativas se trasladan al mundo contemporáneo sin un análisis crítico, corren el riesgo de convertirse en herramientas de legitimación para decisiones que afectan a millones de personas.
Lo que nos termina demostrando entonces, es que, el lenguaje religioso puede ser utilizado para sostener proyectos políticos y que esa utilización tiene consecuencias concretas en la política internacional. Ignorar esa dimensión solo contribuye a mantener el debate en un nivel superficial.
La cuestión de fondo es más amplia que un conflicto específico o una alianza circunstancial. Se trata de observar cómo determinadas ideas se transforman en estructuras de poder y cómo esas estructuras terminan influyendo en las decisiones de los Estados. Cuando se actúa con mala fe, la tergiversación de ideas religiosas se convierte en argumento político, y el análisis puede perder el equilibrio.
Entender ese proceso es el primer paso para discutir con mayor claridad qué intereses están realmente en juego y qué lugar ocupan los países que, como la Argentina, pueden terminar arrastrados a disputas que no nacen de sus propias necesidades ni de su propio proyecto nacional.
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Ivone Alves García
Productora general | AsiaTV
Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).

