No se ha producido ninguna ‘evolución moral’ en estos cinco siglos – Por Juan Manuel de Prada

Mucho abuso
Por Juan Manuel de Prada

Recientemente treparon a los titulares de las portadas unos comentarios del Jefe del Estado español que causaron gran revuelo y no poca consternación. Ante el embajador de México, el Jefe del Estado señaló que, durante la Conquista de América, hubo «desde el primer día controversias morales y éticas sobre cómo se ejerce el poder. Desde los Reyes Católicos, la Reina Isabel, con sus directrices, las leyes de Indias, todo el proceso legislativo… hay un afán de protección que no se cumple como se pretende y hay mucho abuso […] con nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores». En contra de lo que se señaló desde ciertos sectores un tanto exaltados, no creemos que sean palabras que asuman o alimenten el discurso de la Leyenda Negra; en cambio, nos parecen palabras profundamente equivocadas, y no sólo por la cuestión coyuntural de que fuesen pronunciadas ante el representante de México (cuyos gobernantes han lanzado acusaciones demagógicas e infames sobre la actuación española durante la Conquista) y pudiesen ser interpretadas como una ‘petición de perdón’.

El error que envenena las palabras del Jefe del Estado es de una naturaleza bien distinta. Presupone que en el ser humano se produce una ‘evolución moral’; y que esa evolución implica un progreso, de tal modo que lo que hace cinco siglos pudiera parecer loable, juzgado con «nuestros valores» actuales nos parece ignominioso. Esta reflexión, muy característica de la mentalidad progresista, es completamente falsa. Como nos enseña C. S. Lewis, las leyes morales son como los colores primarios: siempre las mismas, siempre inmutables; trascienden todas las culturas y todas las épocas, no pueden ser cambiadas, reemplazadas ni ‘superadas’ sin destruir nuestra condición humana. No existen, pues, ‘valores’ que en cada época puedan transformar las leyes morales según su ‘sensibilidad’; puede haber, en todo caso, un refinamiento del discernimiento moral. Pero lo que nuestra época llama ‘valores’ no son sino deseos, conveniencias, apetitos convenientemente rebozados de ideología. Violar a una indígena era tan inmoral hace quinientos años como hoy; hacerla abortar después de dejarla embarazada también. Si ‘nuestros valores’ han encumbrado institucionalmente el segundo crimen como ‘derecho sexual y reproductivo’ es porque se ha destruido nuestra condición humana.

En realidad, que las personas involucradas en la Conquista de América cometiesen abusos es algo consabido y, en cierta medida, irrelevante. Los hombres que emprendieron aquella empresa, a fin de cuentas, estaban moldeados con el mismo barro que nosotros mismos; eran, por lo tanto, avariciosos y lascivos, iracundos y soberbios como nosotros mismos (aunque, como nosotros mismos, tenían una conciencia capaz de reprimir sus acciones malvadas). Sin embargo, los abusos que algunos de ellos pudieran cometer no estaban protegidos institucionalmente, porque los reyes españoles habían sancionado leyes y fomentado una religión que castigaban a quienes los cometían; esto es lo auténticamente relevante.

La naturaleza de aquellos hombres era la misma que la nuestra, no se ha producido ninguna ‘evolución moral’ en estos cinco siglos que nos haga mejores que ellos; sólo ha cambiado en estos cinco siglos la posición institucional ante el crimen. Es posible que, en algún caso, hace cinco siglos faltase un poco de discernimiento en ciertas materias morales; pero, desde luego, no se había producido esa ofuscación máxima de la conciencia que llama día a la noche, o derecho al crimen. Dicha ofuscación es específica de nuestra época, cuyos gobernantes protegen, patrocinan y exaltan el crimen, encumbrando a quienes lo perpetran, para poder ellos mismos perpetrar a su vez crímenes aún más aberrantes. En la Conquista de América no encontramos ningún tinglado al estilo de la isla de Epstein, por ejemplo; o, mejor dicho, dicho tinglado se llamaba imperio azteca y fue desmantelado por los conquistadores españoles, con la ayuda de sus víctimas tlaxcaltecas, cholulanes, totonacas, texcocanas, huejotzincas, chalcas, acolhuas, otomíes, zapotecas o mixtecas, que los españoles salvaron de ser esclavizadas y sacrificadas sobre las duras piedras de Teotihuacán, donde los aztecas se dedicaban a arrancar corazones de cuajo y a beber a morro de la sangre que brotaba de las carótidas.

Cuando ciertos gobernantes mexicanos denuncian los abusos de los españoles, no puedo evitar pensar que son descendientes directos de aquellos aztecas que esclavizaban y masacraban a los demás pueblos indígenas. Y que, cinco siglos después, les sigue jodiendo que los españoles les cambiaran la dieta.

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