Por respeto a las víctimas – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

En alguna ocasión anterior hemos advertido cómo el fanatismo y cretinización de las masas alcanzan cumbres tales como creer que los gobernantes pueden contener el cambio climático y en cambio no pueden contener el precio de los alimentos básicos. Y son muchos millones de personas las que, en volandas del fanatismo y la cretinización, creen sinceramente tal delirio. Se nos olvidó añadir que también creen sinceramente algo aún más desquiciado: creen que, para que nuestros gobernantes puedan detener el cambio climático, nosotros tenemos que dejar de comer carne de ternera. Se trata, desde luego, de un pensamiento mágico que sólo pueden aceptar los cerebros hechos papilla (y conviene siempre recordar que la gente que acepta tales humillaciones de la razón vota); pero también una maligna forma de disciplinar a las masas cretinizadas en la ‘resiliencia’ y la asunción de culpas que no les corresponden, a la vez que acatan sin rechistar las injusticias más clamorosas. Así, el pobre diablo que no puede comer un filete de ternera porque su sueldo birrioso le obliga a conformarse con una pizza recalentada o una porquería del chino puede hacerse la ilusión de que colabora con sus gobernantes en la lucha contra el cambio climático.

Siniestros como el descarrilamiento de Adamuz nos permiten estudiar otra variante de este pensamiento mágico instilado en los cerebros hechos papilla. Han logrado que asumamos que el cambio climático es culpa nuestra, porque comemos demasiada carne de ternera o nos resistimos a desprendernos de nuestro coche con motor de combustión; pero, en cambio, hemos de aceptar que un apagón, un tren que descarrila o un túnel que se derrumba son catástrofes que no se pueden impedir ni prevenir. Y que tratar de dilucidar sus causas y atribuir responsabilidades es propio de gentes despiadadas y sin escrúpulos. Lo acaba de decir el mariachi del doctor Sánchez más comprometido por la muerte de cuarenta y cinco compatriotas: «Hablar de causas es poco respetuoso con las víctimas». Se trata de la misma estrategia que adoptaron con el apagón, cuando mearon sobre nuestras jetas tratando de ocultar la causa evidente (que siguen ocultando, nueve meses después); sólo que ahora, además, mean sobre los cadáveres de cuarenta y cinco compatriotas muertos y sobre quienes los lloran, desconsolados. Hablar de causas es una muestra de respeto hacia las víctimas; en realidad, es lo más respetuoso que se pude hacer por esas víctimas, después de rezar por la salvación de sus almas.

Pero el fanatismo y la cretinización de las masas acepta con naturalidad que no deben buscarse causas a los siniestros; a la vez que acepta que las aturdan con mentecateces sobre fenómenos naturales cuyas causas permanecen ignotas o sólo podemos explicar especulativamente. Y, en todo caso, para penetrar en la causa del siniestro, hay que esperar el comunicado oficial del Gobierno, como ocurría en aquella obra de Ionesco, ‘Las sillas’, en la que una pareja de ancianos que no hacen sino invocar recuerdos distorsionados y formular frases repetitivas preparaban decenas de sillas para una multitud de invitados invisibles, mientras aguardaban la llegada de un orador encargado de transmitir a la humanidad un mensaje trascendental; y cuando el orador finalmente llegaba, resultaba ser un sordomudo que sólo emitía sonidos ininteligibles o garrapateaba garabatos en una pizarra. Aquí el papel del orador lo encarnan esas cacatúas y loritos sistémicos (para que luego se diga que no empleamos el lenguaje inclusivo) que pretenden hacernos creer, desde sus púlpitos mediáticos, que el siniestro es una «tragedia fortuita» o, en el mejor de los casos, una jeroglífica «concatenación» de causas cuya mera formulación se convierte en un galimatías (de ahí que sea preferible ni siquiera formularlas, no sea que los cerebros hechos papilla estallen). Todo lo demás es bulo, fango y fachosfera.

Pero las causas de este siniestro son diáfanas y sencillísimas. Nuestra red ferroviaria está hecha una piltrafa porque no se invierte en su reparación y mejora, dado que nuestros gobernantes destinan el dinero procedente de las exacciones a las que estamos sometidos a atender las exigencias de la industria armamentística (recordemos que se han destinado miles de millones para la adquisición de armas que son convertidas en chatarra carbonizada tan pronto como cruzan la frontera ucraniana) o farmacéutica (recordemos que se han destinado miles de millones para la adquisición de ‘vacunas’ que se están pudriendo en sótanos). Nuestra red ferroviaria –una red que los españoles hemos sufragado durante generaciones– está hecha una piltrafa porque un Gobierno cipayo permite que grandes compañías extranjeras la utilicen de forma indiscriminada, sometiéndola a un trasiego insoportable de trenes que la crujen y desbaratan, a la vez que la propaganda sistémica incita a las masas cretinizadas al turismo bulímico y al frenesí viajero. Nuestra red ferroviaria está hecha una piltrafa porque, como nos enseñaba Belloc, en las antiguas formas de despotismo el Estado se adueñaba de las grandes compañías; mientras que, en las nuevas formas de despotismo, son las grandes compañías las que se adueñan del Estado y le imponen sus reglas.

Y en España estamos en manos de una chusma que está entregando los bienes de dominio público y favoreciendo el desmantelamiento o deterioro de las infraestructuras para que las grandes compañías extranjeras hagan su agosto, mientras ellos desvían millonadas obedeciendo mandatos plutocráticos. Es todo sencillísimo y extraordinariamente diáfano; y hay que decirlo por respeto a las víctimas, aunque por decirlo esta chusma nos estigmatice y decrete nuestra muerte civil (pero creemos en un Dios que sabe cómo sacarnos de la tumba).

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