
Por Marcelo Ramírez
Trump entró a esta guerra con una idea primaria y bastante simple: control. Control que, como cualquiera que haya visto dos guerras en su vida sabe, simplemente no existe. Es una ilusión, una fantasía de escritorio que se evapora en cuanto empiezan a caer los primeros misiles. Él calculó que podía acompañar la ofensiva israelí, exhibir músculo, disciplinar a Irán de una vez y luego emprender una salida ordenada desde una posición de superioridad clara. Pero ocurrió exactamente lo contrario de lo que había imaginado. Los objetivos se le fueron corriendo, la guerra se extendió, se complicó y terminó escapándosele por completo de las manos.
Mucho de lo que estamos viendo ahora nosotros ya lo veníamos anticipando desde hace más de un año. Decíamos que esto era una locura, que era una guerra que no le convenía a nadie y mucho menos a Estados Unidos. Irán no colapsó como algunos soñaban. Otra de las evaluaciones que resultaron obvias fue que los aliados de Washington empezaron a tener problemas entre ellos. No se alinearon como la Casa Blanca aspiraba. Y Washington quedó atrapado, exactamente en el medio, entre la lógica implacable de Netanyahu y sus propios límites reales.
A medida que pasaban los días, la Casa Blanca fue endureciendo las metas. Ese es siempre el primer síntoma clásico cuando uno planifica mal políticamente y las cosas no salen como se esperaba: en lugar de ajustar el plan, se sube la apuesta. Ahí aparece el primer punto central de toda esta historia: Trump no condujo a Estados Unidos hacia una operación con objetivos bien definidos de principio a fin. No fue “entramos, hacemos esto, aquello y salimos de forma ordenada”. Nada de eso. Parece más bien que fue arrastrado a una escala cuya racionalidad responde mucho más a la necesidad israelí de ampliar el conflicto que a cualquier estrategia estadounidense cerrada y coherente.
¿Quién quiere realmente esta guerra? Lo venimos diciendo desde hace rato. Ahora parece que se está generalizando la idea de que Netanyahu es el verdadero autor de todo esto y que Trump no es más que un monigote que se mueve al ritmo que le marcan. ¿Se acuerdan cuando decíamos que era el golem de Israel? Bueno, cada vez queda más claro que no estábamos exagerando.
Israel necesita llevar esta guerra a una escala donde ya no se discuta ningún acuerdo, donde no haya margen para negociaciones. Lo que busca es la destrucción definitiva de la capacidad de Irán y una reconfiguración completa de la región a su favor. Esos son sus objetivos reales y no los oculta. Trump, en cambio, necesita mostrar fuerza para no quedar como un zombi metido en una guerra larga, cada vez más costosa y cada vez más incierta. Ya están admitiendo que los gastos exceden largamente lo que se había presupuestado. Y esta tensión queda expuesta en los hechos diarios: mientras Washington, a pesar de toda su retórica incendiaria, siempre está buscando alguna salida o alguna forma de bajar la temperatura, Israel mantiene una política diametralmente opuesta de presión militar constante. Desconfía, rechaza y desalienta cualquier arreglo que permita que Irán siga vivo, en pie y con algún margen para reponerse.
La lectura de que Trump fue presionado por Israel no necesita ninguna confesión pública. Basta con mirar con un mínimo espíritu crítico la secuencia de hechos que se han ido produciendo. La guerra no mejoró de manera decisiva la posición interna de Netanyahu, como él esperaba. Tampoco le permite retroceder con facilidad. El conflicto no le dio el salto claro en las encuestas que necesitaba y, aun así, sigue buscando evitar una votación anticipada. Eso significa que la guerra tampoco le resolvió sus problemas domésticos. Por lo tanto, la necesidad de seguir empujando la escalada, de convertir el frente militar en capital político, sigue absolutamente vigente.
Cuando un aliado regional necesita profundizar la guerra para no quedar expuesto políticamente y la superpotencia que lo patrocina necesita terminarla sin admitir que fracasó en su intento inicial, ocurre algo muy claro: la superpotencia deja de mandar. Es la que termina subordinada a las decisiones de esa potencia regional. Así de crudo.
El segundo error grave de Trump fue creer que el viejo reflejo atlántico iba a funcionar de forma automática. Es decir, “nosotros vamos y Europa viene atrás nuestro sin chistar”. Esta vez no funcionó. Los socios habituales de Washington, aquellos que en otras épocas armaban las grandes coaliciones para destruir países enteros, dudaron, se resistieron, empezaron a hacer sus propios cálculos y llegaron a tener el tupé de decirle en la cara a Trump: “Esa no es nuestra guerra”. Algo que es absolutamente cierto, pero que nadie esperaba que lo dijeran abiertamente.
Trump terminó atacando verbalmente a la OTAN, acusando a sus aliados de no haber pasado la prueba de lealtad frente a Irán. Hasta los medios registraron su irritación con el Reino Unido y otros miembros de la alianza por no haberse involucrado en la ofensiva del modo que él esperaba. Esto ya deja de ser liderazgo y se transforma en una estructura occidental que cada vez acompaña menos a Washington. Y tiene una explicación profunda: esa estructura es el globalismo, que no quiere a Trump porque representa un modelo diferente. No significa que el globalismo no hubiera terminado yendo contra Irán, China o Rusia, pero sus planes económicos, sociales y estratégicos no son los mismos. Trump rompió ese consenso. Y qué mejor oportunidad para desgastarlo y sacárselo de encima que esta guerra.
La supuesta coalición que pretendía armar Trump quedó reducida a casi nada. ¿Quiénes acompañan realmente a Estados Unidos? Argentina, o más bien Milei en lo personal —porque ni siquiera queda claro cuál es la posición oficial del país, ya que no se informa nada y a nadie parece interesarle el tema—. A veces nos enteramos por medios extranjeros de algún ofrecimiento que ha hecho el gobierno argentino. Otros países que se suman tampoco parecen determinantes. El último en sumarse fue Uganda. Para aquellos que decían que Trump era un supremacista blanco y demás, ahí tienen: el apoyo lo tiene de Uganda y de la Argentina. Vieron que la lectura simplista no cerraba.
Estados Unidos puede seguir siendo la única potencia todavía capaz de golpear a gran escala, como lo ha demostrado. Pero una cosa es poder atacar y otra muy distinta es construir legitimidad política, una masa militar aliada sólida y la profundidad estratégica necesaria para sostener una guerra de desgaste. La diferencia entre hegemonía real y simple músculo militar queda expuesta precisamente en estos momentos: cuando Washington y los demás dudan, retrasan, limitan su apoyo o se reservan para el día después, aparece el aislamiento político relativo. No es una soledad absoluta, pero sí es una ruptura clara en ese automatismo occidental de los mosqueteros que siempre iban todos para el mismo lado. Ahora ya no funciona así.
El tercer error fue subestimar la capacidad de Irán para absorber golpes sin desmoronarse ni militar ni políticamente. Teherán no se comporta como alguien que está derrotado, por más que Trump lo repita. Evidentemente no se enteraron, porque siguen actuando como un actor golpeado pero lejos de estar neutralizado. Y no solo eso: cuando Estados Unidos habla de acuerdos, Irán rechaza las propuestas por considerarlas sesgadas y mantiene firmes sus condiciones. Básicamente le está diciendo al mundo: “Si nosotros perdimos la guerra, la guerra no la perdimos, la estamos ganando”. Y ahí está exactamente el problema. Estados Unidos fijó condiciones como si ya hubiera ganado y Irán tuviera que aceptarlas sin chistar. Parece que Irán no comparte esa lectura.
Los medios occidentales muestran que las posiciones siguen duras en ambos bandos, por eso un arreglo rápido se ve muy difícil. El problema del estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los factores decisivos, tal como estaba previsto. Irán no logró una victoria decisiva, eso es cierto, pero tampoco fue reducido a la condición de un actor sin capacidad de cambiar las cosas. Para el cálculo original de Trump, solo eso ya representa una derrota clara del diseño que había imaginado.
Y apareció en escena quien era lógico que apareciera en algún momento: Turquía. Erdoğan se metió en esta historia y no tiene la misma lectura que Estados Unidos. Se habla de Pakistán y otros países que están mediando entre Washington y Teherán. Eso, al menos, prueba que existe un intento diplomático y que el conflicto todavía no está cerrado en términos de negociación. No significa que Turquía vaya a resolverlo, ni mucho menos, pero sí demuestra que fuera del eje Estados Unidos-Israel hay actores muy relevantes en la región que no compran la lógica de guerra ilimitada que impulsa Israel y que trabajan sobre otra hipótesis: la de una salida negociada.
No existe una sola evidencia que vuelva más visible el error de Trump: se metió en una guerra cuya clausura política no controla. La única forma que tiene de cerrarla es rindiéndose e yéndose. Y lo más curioso es que Erdoğan no tuvo ningún empacho en decir abiertamente en un discurso que esta es la guerra de Israel. Lo venimos diciendo desde hace mucho tiempo: siempre fue la guerra de Israel. Estados Unidos está siendo arrastrado.
Hubo además un error adicional y grave: entrar en esta campaña sin evaluar seriamente que los costos podían terminar siendo mucho más altos que los beneficios. En esta mentalidad estadounidense, si la guerra hubiera sido breve y quirúrgica, Trump podía presentarse como el garante de la paz, mostrar decisión y decir “acá mando yo, miren lo que pasa cuando no me obedecen”. Pero una guerra prolongada es otra cosa completamente distinta: gasto descomunal, tensión con los aliados, desgaste industrial, presión sobre las rutas energéticas y riesgo político interno creciente.
No se olviden que Trump llegó al poder haciendo campaña precisamente para terminar con los gastos millonarios en Ucrania, preguntándose en voz alta por qué Estados Unidos entregaba cientos de miles de millones a un conflicto que no era de su interés. Bueno, este conflicto es todavía menos de interés para Estados Unidos que el de Ucrania y se está llevando, y se va a llevar, mucho más. Estados Unidos ya tenía todo arreglado en la región: acuerdos con las monarquías del Golfo que manejan la parte del león del petróleo, excelente relación con Arabia Saudita, Irán había insinuado que podía dejar de lado su programa nuclear, Egipto mantenía buena relación. ¿Cuál era la necesidad real de usar a Israel como gendarme? Hoy está sucediendo lo contrario de lo esperado. El vehículo de destrucción, ese golem que mencionábamos, terminó siendo Estados Unidos.
Los reportes siguen llegando: combates continuos,
tanques Merkava ya destruidos por Hezbolá. Las sorpresas aparecen por todos lados. A Hezbolá lo habían dado por desarticulado después de que Israel dijera que lo había desmantelado. Parece que no fue tan así. Y todavía falta ver cuál será el resultado real de esta invasión al Líbano. La historia no ha sido particularmente bondadosa con Israel en este tipo de operaciones.
Cuanto más dure esta contienda, más difícil va a ser para Trump venderle esto al público estadounidense como una operación exitosa, limitada en el tiempo y verdaderamente necesaria. El estadounidense común ya piensa que la guerra no tiene sentido, que no sabe bien por qué está allí y que le están aumentando los costos mientras él paga la cuenta. La última encuesta que circuló es elocuente: el 92% de los estadounidenses pregunta “¿qué estamos haciendo en esta guerra?”. Ni los más fanáticos trumpistas, ni los demócratas, ni los maga quieren esto.
Circulan además historias de extraños “accidentes”: problemas con F-15, F-18, F-35, sistemas Patriot dañados, el portaaviones Gerald Ford incendiado y fuera de servicio. Todo, según la versión oficial, por errores propios. Los iraníes no hicieron nada, claro. Nosotros ya habíamos dicho que mandar el Gerald Ford al Mar Rojo no parecía una buena idea. Ahora está golpeado y fuera de combate. El portaaviones insignia de la Marina estadounidense, el más nuevo, el más poderoso, el más grande. No hace falta insistir demasiado.
El problema para Trump es real y se le nota: se le escapó de las manos. No puede manejarlo con su discurso porque oscila permanentemente: promete presión decisiva, luego habla de negociar, después vuelve a la presión. Queda expuesto como alguien que no tiene una política definida. Trump dice que Irán tiene la oportunidad de abandonar sus ambiciones y sumarse a una nueva victoria diplomática. Pero Irán le responde que no y mantiene las mismas exigencias de siempre. Todo lo que sale de la Casa Blanca queda en un vacío absurdo, completamente desautorizado por la realidad.
La distancia entre lo que se dice en Washington y lo que ve todo el mundo confirma que Estados Unidos no puede dictar las condiciones para el cierre del conflicto. Solo está intentando mantener la imagen de que todavía controla una situación que ya se le fue de las manos. La ampliación regional no hace más que agrandar el problema. El Líbano ya forma parte decididamente de la crisis. Ormuz sigue siendo el punto neurálgico. Y cuanto más países, más grupos y más frentes se suman, menos probable es que aparezca una salida rápida y limpia.
Entraron para resolver un problema y ahora tienen una dinámica mucho más complicada y dispersa en varios frentes. Eso es exactamente lo que se llama un mal cálculo estratégico: una operación pensada para disciplinar que termina generando más dispersión, más costos, más medidas externas y una pérdida clara de control político.
La conclusión salta a la vista, nítida y sin adornos: Trump creyó que podía usar la guerra de Israel para reposicionarse como líder fuerte en Estados Unidos, exhibir autoridad, sentarse de igual a igual con China y forzar después una rendición diplomática. Terminó metido en un escenario peor de lo esperado, con objetivos que cambian todo el tiempo, aliados reticentes, una Turquía miembro de la OTAN que empuja canales alternativos que Israel no quiere, un Irán que sigue en condiciones de imponer costos cada vez mayores porque Israel no logra contener los ataques de manera efectiva.
Ya se estima en círculos militares que Israel carece de los medios suficientes para detener todos los misiles y que tiene que empezar a hacer triage: elegir qué blancos interceptar y cuáles dejar pasar según su importancia, porque los interceptores se están acabando. Esto no parece la operación firme y decidida de una gran potencia. Parece más bien la agenda de alguien que sobredimensionó su capacidad de ordenar el sistema, creyó ser más de lo que realmente era y ahora está desesperado buscando una salida que no termina de encontrar.
Y hay algo interesante en todo este relato mediático: mientras los medios y los actores políticos hablan de Trump —el pedófilo Trump, el asesino Trump— y lo llenan de todo tipo de calificativos negativos, muy curiosamente hablan poco o nada del verdadero cerebro de esta historia, que es Israel. ¿Por qué nadie habla del verdadero responsable de esta guerra? Erdoğan lo dijo claramente, pero los medios occidentales y los nuestros prefieren no tocar el tema.
Hay varias razones para este silencio. Una es que quien sigue fijando en buena medida el encuadre internacional es Occidente: Israel es el aliado que hay que proteger e Irán es la amenaza que hay que contener. Ese sesgo no niega todos los hechos, pero sí altera el punto de partida del relato. Se termina hablando más de la respuesta de Irán, del estrecho de Ormuz, del petróleo y de la estabilidad regional que del dato políticamente más incómodo: ¿por qué escaló esta guerra? ¿Quién determinó que tenía que producirse?
Otra razón es el blindaje diplomático superior que tiene Israel. Incluso cuando Europa intenta bajar la tensión, el lenguaje dominante sigue siendo de solidaridad con Israel. Uno ve las declaraciones de los líderes europeos: “somos solidarios con Israel y advertimos a Irán”. Si Irán fue el atacado, ¿no debería ser al revés? El presidente del Consejo Europeo expresó solidaridad con Israel y puso el acento en que Irán detenga los ataques. Estamos ante una lógica invertida.
Muchos gobiernos prefieren hablar de “escalada” porque esa palabra diluye responsabilidades. Escalada suena a fenómeno natural: uno sube, el otro responde, y nadie tiene la culpa porque “se están peleando”. Pero la guerra no es una tormenta que apareció de la nada. Tiene causas concretas y responsables concretos. Deberían preguntarse quién empujó esta fase ofensiva que desató todo este lío. Pero prefieren no hacerlo.
Internamente en Israel, Netanyahu necesita esta guerra para seguir existiendo políticamente. Si no, tendría complicaciones serias. Por eso habla de la amenaza iraní como algo natural. Su interés político en mantener la escalada es más que visible. Que Israel aparezca como motor de una guerra regional cada vez es más difícil de ocultar.
Estados Unidos también necesita ese encuadre porque si reconoce abiertamente que quien empujó el conflicto es Israel, queda demasiado expuesto el hecho de que la Casa Blanca no domina ni el curso de la guerra, ni al adversario y ni siquiera a su propio aliado. Eso es exactamente lo que decíamos al principio.
La pregunta que debería instalarse con fuerza es: Israel. ¿Por qué nadie reconoce la evidencia obvia del papel central que tiene en todo esto? Porque reconocerlo implicaría admitir cosas muy incómodas: que la guerra no fue una acción defensiva (eso siempre fue mentira), que Washington fue arrastrado a una guerra que no controla, que no fue él quien lideró nada, que Europa acompaña de forma selectiva, que la ampliación al Líbano busca crear otra zona de amortiguación, ocupar territorios y que en el fondo no estamos ante una operación limitada sino ante una extensión deliberada de la guerra por parte de Israel.
Nombrar a Israel como instigador rompería el relato de legitimidad que se impone en Occidente. Pasaría de la narrativa de “contención” a la de “provocación”. Y eso dejaría demasiado visible que esta pesadilla regional no nació de una explosión espontánea, sino de una decisión política y militar empujada por Israel y acompañada por Estados Unidos.
Israel está abandonando su papel clásico. Durante décadas adoptó el papel de víctima permanente, de actor siempre agredido que reclamaba solidaridad automática. Ahora pasa a ser una potencia que castiga. Ya no le interesa ser compadecida; quiere ser temida. Se sacó la piel de oveja y quiere que se la vea como lobo. Ya no busca solo respaldo moral; busca obediencia estratégica.
El anuncio de una zona de seguridad en el sur del Líbano, junto con la destrucción de infraestructura y la expansión territorial de facto, muestra claramente una lógica de dominación y no de mera contención. El propio ministro de Defensa israelí habló de ocupar una franja amplia en el sur libanés, mientras Netanyahu habla de ampliar esa zona de control. Lo mismo que pasó en Siria, en Gaza, en Jordania. Se nota la inflación territorial.
Es interesante también la comparación que hizo Netanyahu entre Gengis Khan y Jesucristo. No es solo un asunto religioso literal, sino el cambio de arquetipo político. Durante mucho tiempo Israel se presentó ante Occidente como heredero de un sufrimiento histórico que le daba inmunidad moral. Por eso le regalaban submarinos, le permitían un programa nuclear y miraban para otro lado. Pero ahora la cosa cambió. Ya no es un Estado que pide compasión; es un Estado que proyecta terror. Abandonó el registro de víctima y entró en el registro imperial. Ya no dice “ayúdenme porque me persiguen”. Ahora dice “obedézcanme porque puedo destruir”.
Occidente sigue hablándole como si todavía fuera la víctima de siempre. La Unión Europea expresó solidaridad con Israel y pidió que Irán detenga los ataques, aun después del ataque conjunto del 28 de febrero. Esa es la anomalía central: Israel actúa como un poder ofensivo y expansor, pero sigue beneficiándose del blindaje narrativo de víctima.
Quiere ser temido y obedecido. Esa fórmula resume el cambio de fase. La legitimidad sentimental ya no le alcanza para ordenar la región. Ahora busca una legitimidad de hecho, fundada en el castigo, en la devastación ejemplificadora y en la señal clara de que desafiarlo tendrá un costo insoportable. Eso es disciplinamiento regional por terror disuasivo.
Israel ha dejado de conformarse con ser la víctima intocable. Aspira ahora a convertirse en un poder al que nadie se atreva a desafiar. Ya no busca compasión internacional. Busca terror, subordinación y obediencia. Y ahí reside precisamente lo peligroso de toda esta situación. Cuando un Estado pretende reemplazar la legitimidad por el miedo, deja de pedir seguridad y empieza a imponer dominio. Y si ese Estado además tiene armas nucleares, la situación se vuelve aún más grave.
Esta es la realidad cruda, sin anestesia. Trump creyó que controlaba el tablero. Terminó siendo controlado. Israel empujó la escalada. Estados Unidos paga los costos. Irán resiste. El resto del mundo mira con preocupación. Y la guerra sigue extendiéndose mientras los que la iniciaron siguen negando su responsabilidad. Así de simple, así de duro y así de profundo es el pantano en el que se metieron.
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Marcelo Ramírez
Analista geopolítico | AsiaTV – Humo y Espejos
Analista geopolítico, escritor y conferencista argentino especializado en análisis geopolítico y militar, conflictos contemporáneos y dinámica del mundo multipolar. Fundador y director de AsiaTV y creador de la plataforma de análisis estratégico Humo y Espejos. Autor del libro La OTAN contra Rusia. Propaganda y guerra híbrida (Editorial Letras Inquietas, 2022). Cofundador de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI), iniciativa orientada a fortalecer el diálogo estratégico entre el mundo ruso y la comunidad iberófona.

