Ya me come, ya me come – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Para juzgar en su justa medida el hundimiento del partido de Estado en Aragón (como el que ha sufrido recientemente en Extremadura, como el que pronto sufrirá en Castilla y León), conviene recordar que la población de Cataluña excede con creces las poblaciones de Aragón, Extremadura y Castilla y León juntas. Y en Cataluña el partido de Estado no se hundirá, sino que acaparará el voto independentista en las próximas elecciones generales. Nada hay secreto que no llegue a saberse; y el partido de Estado, puesto al timón del Régimen del 78 con la misión de destruir España, acabará siendo votado, en efecto, por quienes no desean ser españoles. Pero, trágicamente, el Régimen del 78 se ha probado una fábrica insomne de españoles que no desean serlo; y así se da la paradoja de que el partido de Estado pueda seguir aspirando a ganar unas elecciones generales.

Las elecciones aragonesas, por lo demás, han vuelto a probar lo que ya probaron las elecciones extremeñas: los peperos convocan a las urnas con el propósito de sacudirse la dependencia voxera y el resultado de las urnas torna aún más gravosa dicha dependencia. A nuestro juicio, los peperos viven instalados en una suerte de distorsión cognitiva que les hace creer que los votantes voxeros regresarán, como el hijo pródigo, a la casa paterna, en volandas del ‘voto útil’, el ‘mal menor’ o parecidas zarandajas. No han entendido, los pobres, que quienes votan a Vox, si son gente talluda, se han juramentado para no volver a votar al partido que los defraudó repetidamente en cuestiones que consideran medulares e irrenunciables; y, si son chavalada, consideran a los peperos patéticos ‘progres de derechas’ que les provocan asco e irrisión. La distorsión cognitiva pepera incluye, además, el convencimiento grotesco de que si Vox no pacta la formación de gobiernos estables, provocando repeticiones electorales, se hundirá; pero nada de esto ocurrirá, pues Vox ha consolidado un votante que no está dispuesto a aceptar cambalaches (y, además, a cada nueva elección, suma nuevas voluntades de gente hastiada). El votante voxero podrá, desde luego, desengañarse en el futuro; pero, para que se desengañe, Vox tendrá que defraudarlo, y para poder defraudarlo antes tendrá que gobernar.

Los peperos tendrán que gobernar con Vox para provocar ese desengaño o afrontar una catarsis profunda, con nuevos líderes y nuevas ideas, que borre la patética imagen de ‘progres de derechas’ que tienen entre la chavalada y recupere la confianza de la gente talluda que exige defender cuestiones medulares. De lo contrario, sólo les quedará gemir ante el ascenso de Vox, como al rey Sancho en el romance: «Ya me come, ya me come,/ por do más pecado había». Huelga decir que el doctor Sánchez calculará el momento exacto en que el ascenso voxero azuce más intensamente el voto del miedo entre sus huestes, para intentar otra mayoría precaria en compañía de toda la jarca de quienes no desean ser españoles.

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