
Por Marcelo Ramírez
La inteligencia artificial no viene solamente a cambiar el modo de producir, viene a tocar el corazón del orden moderno que es el trabajo, el salario, la familia, el Estado y la idea misma de pueblo. La pregunta decisiva no es qué hará la máquina, sino quién la controlará cuando millones de seres humanos empiecen a sobrar dentro del sistema que antes los necesitaba. Esto no es una fantasía, esta es una realidad de la que el poder prefiere no hablar, por ahora.
Durante más de dos siglos, el mundo moderno se sostuvo sobre una premisa que parecía inamovible, la mayoría de los hombres debía trabajar para sobrevivir. Esa obligación podía ser dura, injusta, agotadora, incluso humillante, pero importante porque organizaba el conjunto de la vida social. El salario permitía comprar alimentos, pagar una vivienda, sostener una familia, educar a los hijos, proyectar una vejez, hasta consumir lo necesario y también lo superfluo. Alrededor de ese salario entonces se levantó una arquitectura social compleja con un Estado que recaudaba, empresas que vendían y bancos que prestaban permitiendo a las familias planificar. Los sindicatos negociaban, los partidos prometían, las escuelas preparaban y la política, con mayor o menor honestidad, pretendía representar a quienes vivían de su trabajo.
Ese mundo no era necesariamente justo, pero tenía una lógica. Incluso la explotación social reconocía una verdad elemental que era que el trabajador era necesario. Podía ser mal pago, disciplinado violentamente, reemplazado por otro sin más o encerrado en la rutina gris de una vida sin épica, con escaso futuro, pero seguía ocupando un lugar dentro del sistema. El capital, el Estado y el mercado lo necesitaban, la sociedad moderna, con todas sus hipocresías, todavía no podía declarar superflua a la mayoría de los seres humanos porque nos necesitaba.
La inteligencia artificial y la robotización abren hoy una etapa distinta. No son una simple evolución de la modernización técnica, ni una herramienta más para hacer las cosas un poco más rápido, mejor o más baratas. Lo que aparece ante nosotros en el horizonte es una mutación del orden económico, social y político con la posibilidad concreta de producir cada vez más con cada vez menos trabajo humano. Cuando un sistema descubre que puede sostener buena parte de su producción sin necesitar a las mayorías como fuerza laboral, la situación deja de pertenecer al mundo de la economía y entra de lleno en el terreno más oscuro de la política.
La discusión habitual es pobre, casi infantil porque se pregunta apenas si la inteligencia artificial va a destruir empleos o si va a crear otros nuevos. Como soluciones se habla de capacitación, reconversión, adaptación, perfiles híbridos y todas esas frases que sirven para tranquilizar al gran público mientras el suelo se mueve bajo sus pies. El problema real, sin embargo, es mucho más profundo y bastante más incómodo porque nos lleva a pensar qué sistema reemplazará al capitalismo salarial cuando el trabajo humano deje de ser el eje de la economía. Es simple pero a muchos les cuesta aceptarlo, si el salario se debilita como columna vertebral de la vida colectiva porque se reduce el trabajo, también se debilitan el consumo, la recaudación, la movilidad social y con ello la estabilidad familiar, la legitimidad política y la propia idea de ciudadanía económica.
La primera fase de esta transformación ya comenzó aunque no necesita mostrarse como catastrófica para serlo, nadie quiere turbulencias sociales antes de tiempo. La inteligencia artificial no lleva a reemplazar a todos los empleos humanos de un solo golpe, le basta con reemplazar tareas, vaciar funciones, achicar equipos, fusionar responsabilidades y así eliminar puestos iniciales, congelar contrataciones, presionar salarios y convencer a cada trabajador de que ahora debe hacer más, en menos tiempo, con menos ayuda y con la obligación adicional de manejar las herramientas que, en algún momento, pueden sustituirlo. Quienes no lo hagan serán los primeros en bajarse del barco, y así se genera la ilusión de poder escapar al destino.
El golpe inicial de la IA cae sobre el trabajo cognitivo rutinario. Una larguísima lista de tareas como redacción, traducción, programación básica, análisis documental, atención al cliente, informes nos viene a la mente. Diseño, marketing, administración, soporte técnico, contabilidad, recursos humanos, tareas legales repetitivas, producción audiovisual elemental, investigación preliminar. La lista crece todos los días y parece ya infinita, pero no siempre aparece bajo la forma brutal del despido masivo, es más: rara vez suena una alarma, excepto cuando una gran empresa elimina algunos miles de trabajadores de un plumazo. Pero hay otra forma más silenciosa y funciona como un goteo constante, una vacante que no se cubre, un junior que no se incorpora, un equipo que queda reducido, una función que se absorbe, una tarea que pasa a ser ejecutada por una herramienta, una persona que empieza a hacer el trabajo de varias mientras se le dice que debe sentirse afortunada por seguir dentro. Sutil y efectivo, el agua se calienta pero la rana se siente confortable y no salta como haría si fuera arrojada en agua hirviendo directamente.
El daño más serio se produce en la base de la pirámide laboral. Si desaparecen los puestos de entrada también desaparece el camino por el cual una persona aprende un oficio, se equivoca, corrige, madura y asciende. Nadie nace senior y el conocimiento profesional no baja del cielo ni se descarga como una aplicación. Se transmite, se observa, se practica y se hereda dentro de una cadena de experiencias. Cuando se destruyen los puestos iniciales, se rompe esa cadena y eso es lo que produce el sistema en su ansiedad por reemplazar al trabajador novato, termina serruchando la rama donde se formaba el trabajador experto del futuro. Igual, en el fondo, confía que la propia IA también reemplazará al experimentado a su tiempo, cuando sea el momento adecuado.
La IA no es la escala final, después vendrá la segunda fase del proceso con la robotización. La inteligencia artificial, aislada, opera sobre todo en el mundo digital, pero cuando se une a sensores, visión artificial, drones, brazos industriales, genera cosas como vehículos autónomos, sistemas logísticos, maquinaria agrícola, robots de asistencia, vigilancia automatizada y dispositivos militares. Así deja de limitarse a una pantalla y empieza a actuar sobre el mundo físico. La sustitución ya no afectará por ello solamente a empleados de oficina, administrativos, programadores básicos o productores de contenido, alcanzará al transporte, la logística, el almacenamiento, la agricultura, la manufactura, la construcción, la seguridad, la limpieza, el reparto, el mantenimiento, la asistencia sanitaria elemental y la guerra.
Primero caerá lo repetitivo de la mente y posteriormente lo repetitivo del cuerpo. Luego quedará una zona cada vez más estrecha de trabajos humanos vinculados al juicio, al liderazgo, al cuidado profundo, al vínculo personal, a la creatividad verdadera, es decir, a todos aquellos espacios donde la presencia humana todavía conserve un valor que la máquina no pueda imitar sin empobrecer el sentido de la acción.
Conviene despejar una confusión habitual que lleva a conclusiones erróneas: el problema no es la tecnología. La tecnología, en sí misma, no trae escrito su destino moral. La inteligencia artificial podría servir para liberar al hombre de trabajos degradantes, reducir jornadas, mejorar diagnósticos médicos, ordenar sistemas educativos, aumentar la producción de alimentos, y una infinidad de tareas habituales y necesarias. Podría ser una herramienta extraordinaria de emancipación material pero eso exigiría una condición previa ausente que es que la técnica estuviera subordinada a una decisión política superior orientada al bien común y no al apetito inmediato de quienes ya concentran poder.
Tristemente hoy ocurre exactamente lo contrario. La inteligencia artificial se incorpora bajo la lógica del mercado concentrado de reducir costos, aumentar productividad, reemplazar trabajadores, debilitar la dependencia respecto del trabajo humano y concentrar el excedente en pocas manos. No se discute seriamente cómo distribuir la productividad generada por la automatización solo cómo ser “más competitivos”. Con esas palabras, tan repetidas y festejadas en congresos empresarios y documentos oficiales, ya revela la orientación del proceso. Cuando el objetivo es competir, el ser humano aparece como costo y cuando el objetivo es elevar la vida de una comunidad, la productividad se convierte en riqueza social.
Si realmente se pensara en la población, la agenda sería otra hablándose de reducción de jornada, participación social en la productividad automatizada, soberanía tecnológica, propiedad pública de infraestructuras críticas, de manera de distribuir la renta extraordinaria que genera la tecnología. No obstante, el discurso dominante no habla de eso, solo se enfoca en la adaptación individual porque hábilmente cuando el sistema cambia, la culpa de no sobrevivir recae sobre el individuo.
La política, mientras tanto, llega tarde, si es que algún día llega. La derecha liberal mira la transformación como una evolución espontánea del mercado. Si algunos empleos desaparecen, otros aparecerán, si alguien queda afuera, deberá capacitarse, quienes se hundan es porque no supieron adaptarse. Es la vieja superstición en el mercado como providencia secular. Mientras tanto la socialdemocracia responde con subsidios, regulaciones blandas y programas de formación que suelen llegar cuando el daño ya fue hecho y que no aportan soluciones de fondo, solo suavizar el golpe para evitar la reacción popular. Qué decir de la izquierda tradicional que continúa atrapada en categorías industriales del siglo XX: capital y trabajo, fábrica y obrero, sindicato y salario. No termina de comprender la magnitud del cambio cuando el capital ya no necesita trabajo humano masivo para producir, simplemente está fuera de época y propone soluciones para un mundo que ya no existe mientras ignora la realidad.
Los nacionalismos y movimientos populares tampoco han elaborado todavía una doctrina completa de soberanía tecnológica. Hablan de territorio, industria, energía, alimentos, defensa, moneda y recursos naturales, pero muchas veces siguen tratando la inteligencia artificial como un asunto técnico, secundario o reservado a especialistas, muchas veces con la idea de que el cambio no sucederá así, que es una exageración alarmista que no atiende los problemas inmediatos y reales. Ese error puede ser fatal porque en el mundo que se viene, un país que no controle su infraestructura de inteligencia artificial no controlará plenamente su economía, su educación, su defensa, su administración pública ni su sistema de comunicación. La dependencia industrial del siglo XX puede convertirse, en el siglo XXI, en dependencia cognitiva, pero esto es algo que no comprenden y siguen nadando en aguas con categorías pasadas.
Los medios cumplen su papel habitual fragmentando el problema para impedir que se vea el cuadro completo y así mantener la masa calma y distraída, hasta esperanzada. Un día hablan de una aplicación curiosa, otro de un estudiante que copió con IA, después de un robot simpático, como mucho de un despido en una empresa tecnológica, pero rápidamente la alarma baja cuando se destaca una imagen falsa, de una voz clonada o de una herramienta que promete ahorrar tiempo. Todo aparece como una secuencia de noticias sueltas, desconectadas, casi anecdóticas que no unen los puntos. Inteligencia artificial, desempleo, robotización, caída salarial, concentración empresarial, crisis fiscal, dependencia estatal, control digital, destrucción de la clase media, debilitamiento familiar, crisis demográfica y administración de poblaciones sobrantes, todo es un solo gran hecho que ya está mostrándose con claridad si se quiere ver.
La academia, por su parte, mide, clasifica, calcula y nombra. Poco proclives a salirse del marco de los colegas, solo habla elípticamente de exposición laboral, automatización parcial, complementariedad, productividad, transición de habilidades, impacto sectorial y cambios en la estructura ocupacional. Todo eso puede ser útil, pero muchas veces falta la conclusión política porque se describe el incendio con precisión técnica, pero se evita decir que la casa se está quemando. Sobre todo no quieren llegar a la conclusión incómoda que es que si la productividad generada por la inteligencia artificial queda concentrada en pocas empresas, estaremos ante una transferencia histórica de poder desde trabajadores, pequeñas empresas y Estados hacia conglomerados tecnológicos que no responden ante ninguna comunidad política concreta.
El capitalismo salarial entra, entonces, en una contradicción profunda. Una empresa puede beneficiarse individualmente automatizando y despidiendo, pero si todas hacen lo mismo, el sistema destruye su propia base social. Menos empleo significa menos salarios, menos salarios significan menos consumo y eso se traduce en mayores crisis. Menor recaudación es el resultado agravando la situación de los Estados más débiles o más endeudado, que con más y más población desplazada significa que deberá más subsidios para frenar más conflictividad, necesitando más vigilancia y contra para mantener raya la degradación social. El sistema puede ganar eficiencia por arriba mientras pierde estabilidad por abajo, y así volverse técnicamente brillante y socialmente invivible.
Las categorías clásicas ya empiezan a quedar cortas. Trabajador, empresario, consumidor, salario, mercado laboral, movilidad social: todas estas pertenecen a un mundo donde el trabajo humano era indispensable, incluso las categorías marxistas tradicionales necesitan ser repensadas. El conflicto entre capital y trabajo partía de una premisa cierta, el capital necesitaba al trabajador para producir valor, pero si la producción automatizada reduce al mínimo la necesidad de trabajo humano, la contradicción cambia de naturaleza. Ya no se trata solamente de capital contra trabajo, se trata de propiedad de la infraestructura automatizada contra derecho de acceso a la vida material.
El viejo poder controlaba fábricas, bancos, tierras, puertos, rutas comerciales y crédito. El nuevo poder controlará modelos de inteligencia artificial, datos, chips, energía, centros de datos, robots, plataformas, sistemas de pago, identidad digital y logística. La pregunta decisiva y que el sistema evita que se haga, será quién es dueño de la inteligencia productiva. No quién tiene una fábrica, sino quién controla la arquitectura invisible sin la cual las fábricas, los hospitales, las escuelas, los comercios, los Estados y los ciudadanos no podrán funcionar.
La clase dominante del sistema que viene no será simplemente una burguesía industrial o financiera. Será naturalmente una oligarquía tecno-infraestructural. Su poder no vendrá solo del dinero acumulado, sino de controlar los sistemas que ordenan la vida cotidiana porque quien controle la IA, los datos, la nube, la energía, los pagos, la identidad, las plataformas y los robots podrá decidir quién accede a trabajo, salud, crédito, educación, circulación, información, visibilidad, consumo y reconocimiento social. El viejo capitalista necesitaba obreros, mientras que el nuevo necesita infraestructura automatizada y una población administrable.
Ese pasaje es decisivo. Una clase obrera explotada podía organizarse porque era necesaria y así parar una fábrica, bloquear un puerto, interrumpir una línea de producción, negociar colectivamente, constituirse en sujeto político. Una población considerada sobrante enfrenta un problema más grave porque puede ser vista como carga, riesgo, gasto fiscal, exceso biológico, masa improductiva o amenaza potencial. La explotación antes era dura, pero reconocía una utilidad, la prescindibilidad abre una zona moral mucho más peligrosa y sutil.
Durante siglos, las masas fueron explotadas porque eran necesarias. En una economía automatizada, una parte creciente de la población puede dejar de ser necesaria para producir. Allí aparece la mutación más inquietante: el poder puede dejar de mirar al pueblo como fuerza de trabajo y empezar a mirarlo como excedente. Y cuando una sociedad acepta esa mirada, aunque no lo diga abiertamente, empieza a cambiar el sentido de sus políticas porque ya no se pregunta cómo integrar, formar, elevar o proteger, solo se interesa en cómo administrar.
La administración de poblaciones sobrantes puede adoptar formas diversas. Subsidios mínimos, control digital, endeudamiento permanente, entretenimiento embrutecedor, precarización crónica, abandono sanitario, zonas degradadas, drogas, migraciones caóticas, guerras periféricas, reducción de natalidad, eutanasia normalizada, aborto facilitado, hambre administrada o represión selectiva. No siempre hace falta una eliminación directa, a veces alcanza con dejar que la vida se vuelva inviable, administrando la decadencia.
La cuestión demográfica encaja en este proceso, aunque no pueda reducirse a una sola causa. Una sociedad que ya no necesita tantos trabajadores empieza a mirar la natalidad de otro modo. Lo que antes era continuidad familiar, fuerza comunitaria, futuro nacional y renovación histórica pasa a ser presentado como carga económica, amenaza ambiental, obstáculo personal o decisión postergable hasta que la propia vida ya no permite decidir. La vivienda inaccesible, la precariedad juvenil, los salarios insuficientes con el combustible necesario para el proceso. El individualismo hace el resto, impulsando el retraso de la maternidad, la banalización del aborto, la relativización de la vida vulnerable, la normalización de la eutanasia, el desprestigio de la familia y la cultura de la vida sin hijos, todo forma parte de una misma matriz de desarraigo.
La familia es una estructura de resistencia, por eso molesta. Transmite memoria, valores, religión, identidad, hábitos, cuidado, propiedad, disciplina y solidaridad, entonces una familia fuerte reduce la dependencia del individuo frente al Estado, el mercado y las plataformas. Es decir, frente al Poder. En cambio, el individuo aislado consume más, depende más, se defiende menos, se organiza menos y acepta con mayor facilidad que toda su vida sea mediada por sistemas externos. La destrucción de la familia no es solamente un fenómeno moral sino también es un hecho político. Una sociedad sin familias fuertes se vuelve más fácil de administrar.
En este panorama, el escenario más probable, si no existe una reacción política seria, es una forma de tecnofeudalismo corporativo. Las grandes tecnológicas controlan la inteligencia artificial, los datos, la nube, los pagos, la energía, las plataformas, la identidad digital y, progresivamente, la robotización mientras los Estados dependen de ellas para funcionar. La población accede a servicios básicos bajo condiciones cada vez más opacas. Las elecciones pueden seguir existiendo, los parlamentos pueden seguir sesionando, los ministros pueden seguir declarando, los jueces pueden seguir firmando sentencias, pero el poder real se desplaza hacia quienes controlan la infraestructura.
No sería entonces un capitalismo clásico. Sería una economía de rentas, permisos y accesos, una sociedad organizada por niveles de élites con servicios humanos, privacidad, medicina avanzada, educación personalizada y seguridad. Seguramente acompañada de capas técnicas necesarias para sostener el sistema y una población subsidiada, vigilada y entretenida, tal vez sectores directamente abandonados. No haría falta abolir formalmente la libertad, bastaría con condicionar el acceso a la vida material.
Otro escenario más benévolo posible es el capitalismo automatizado con renta mínima. Las empresas automatizan, el empleo se reduce y el Estado intenta sostener el consumo mediante transferencias. A primera vista, algunos podrían ver allí una solución pero la diferencia política es enorme. Una renta social soberana, financiada por la productividad automatizada y vinculada a derechos reales, podría liberar tiempo humano y elevar la vida. Una renta mínima condicionada, administrada digitalmente y sujeta a obediencia, puede convertirse en una correa de control. Una cosa es ciudadanía económica, otra muy distinta, es pacificación de población sobrante.
También puede emerger una tecnocracia estatal autoritaria. El Estado recupera control sobre IA, datos, energía y automatización, pero lo hace desde una lógica vertical, centralizada, vigilante. Puede prometer orden, seguridad, eficiencia, planificación y servicios públicos, especialmente en sociedades cansadas del caos. Pero el riesgo es evidente: reemplazar la oligarquía tecnológica privada por una burocracia tecnológica estatal sin control comunitario real. Cambia el dueño del sistema, pero no necesariamente cambia la condición del hombre frente al sistema.
El mundo, además, puede fragmentarse en bloques civilizatorios tecnológicos. Estados Unidos, China, Rusia, India, Europa y otros polos buscarán controlar sus propias cadenas de IA, chips, energía, telecomunicaciones, defensa, datos y robótica. La globalización abierta será sustituida por soberanías tecnológicas en competencia y los países sin capacidad propia quedarán como periferias dependientes: proveedores de recursos, consumidores de tecnología importada o territorios subordinados a infraestructuras ajenas. Ya no bastará con tener alimentos, litio, petróleo, gas o territorio. La soberanía pasará también por controlar la inteligencia que organiza esos recursos.
Existe, por supuesto, un escenario deseable: un postcapitalismo soberano y comunitario. Pero para eso haría falta una fuerza política que hoy apenas existe. En ese modelo, la inteligencia artificial y la robotización serían tratadas como infraestructura estratégica al servicio de la comunidad. Habría soberanía tecnológica, control público de datos críticos, infraestructura nacional de IA, participación social en la productividad automatizada, reducción de jornada, fortalecimiento de servicios públicos, defensa de la familia, protección de la natalidad y distribución del excedente. La máquina no vendría a declarar inútil al hombre, sino a liberarlo de trabajos degradantes para devolverle tiempo, cultura, arraigo, formación y vida familiar.
Pero nada de eso ocurrirá por inercia. La tecnología no se ordena sola hacia el bien común. La máquina no tiene patria, no tiene familia, no tiene memoria, no tiene piedad y no tiene sentido de justicia, solo obedece a quien la diseña, la financia, la posee y la gobierna. Por eso la pregunta decisiva no es si la inteligencia artificial será buena o mala, sino algo mas compleja. Quién la controla, con qué finalidad, bajo qué autoridad, con qué límites y en beneficio de qué comunidad será la clave.
La imagen de fondo es inquietante. El barco navega, podemos pensar que sin capitán. pero no está exactamente sin capitán. El problema es bastante peor, el capitán político abandonó el timón y permitió que lo tomaran los dueños de la maquinaria. Los Estados reaccionan tarde y los partidos repiten consignas viejas mientras los medios distraen y la academia describe sin alarmar. Los sindicatos defienden estructuras que ya están siendo desfondadas junto a los ciudadanos que miran la pantalla del celular. Todavía nadie advierte que detrás de esa comodidad empieza a reorganizarse el poder mundial.
El peligro mayor no es económico. Es antropológico. Una civilización puede usar la inteligencia artificial para elevar la vida humana pero también puede usarla para declarar innecesario al hombre común. Si el ser humano deja de ser visto como miembro de una familia, de una comunidad, de una nación y de una historia, pasa a ser tratado como dato, costo, consumidor, riesgo, carga o excedente. Ese es el núcleo oscuro del problema, una sociedad automatizada sin límite moral puede dejar de preguntarse cómo mejorar la vida de los hombres y empezar a preguntarse cuántos hombres necesita conservar.
La inteligencia artificial y la robotización no son solamente una revolución productiva, son una revolución del mando. Durante dos siglos, el trabajo organizó la vida social, el salario ordenó el consumo, la familia, el Estado y la política. Pero si la producción puede funcionar con una fracción mínima de trabajo humano, ese edificio empieza a resquebrajarse. Y cuando un edificio se resquebraja, no alcanza con pintarle las paredes.
El problema no es que la IA sea inteligente o mala. El problema es que está siendo apropiada por estructuras de poder que no tienen obligación moral, nacional ni comunitaria con la mayoría de la población. Si esa tecnología queda en manos de una oligarquía tecnológica, el futuro será una forma sofisticada de servidumbre con acceso condicionado, vigilancia permanente, renta mínima, población sobrante y concentración extrema del poder. Si la política recupera el mando, la misma tecnología podría servir para reducir el trabajo degradante, elevar la vida material, fortalecer la salud, la educación, la producción, la familia y la comunidad.
La diferencia entre liberación y servidumbre no está en la máquina. Está en quién la controla y para qué. La discusión de fondo no es tecnológica sino política, moral y civilizatoria. O la humanidad gobierna la inteligencia artificial, o una minoría usará la inteligencia artificial para gobernar a la humanidad.
Marcelo Ramírez
Analista geopolítico | AsiaTV – Humo y Espejos
Analista geopolítico, escritor y conferencista argentino especializado en análisis geopolítico y militar, conflictos contemporáneos y dinámica del mundo multipolar. Fundador y director de AsiaTV y creador de la plataforma de análisis estratégico Humo y Espejos. Autor del libro La OTAN contra Rusia. Propaganda y guerra híbrida (Editorial Letras Inquietas, 2022). Cofundador de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI), iniciativa orientada a fortalecer el diálogo estratégico entre el mundo ruso y la comunidad iberófona.

